No faltan autores que intentan apoyarse en lo que ellos consideran incertidumbre del comienzo de la vida humana para justificar el aborto. Si en esos primeros compases del desarrollo embrionario no hay certeza de que exista vida humana, ¿qué impide eliminarla si existen motivos para ello?

   Pero se trata de un planteamiento superado. En la Edad Media se introdujo la cuestión filosófica-teológica del momento de la infusión del alma en el cuerpo. Surgieron dos teorías: la animación inmediata (el feto está animado desde la concepción) y la animación retardada, defendida por Santo Tomás de Aquino, apoyado en San Agustín, según la cual el alma se infundiría en el cuerpo a los 40 días en el varón y a los 80 en la mujer; existiría, pues, una etapa de feto inanimado, en la que no sería persona hasta los 40 u 80 días. Este modo de pensar es debido a que no disponían de los conocimientos científicos actuales y a que estaban muy influidos por la física aristotélica, que consideraba sólo al varón principio activo. Por lo demás, hay que decir que el tomismo proporciona instrumentos conceptuales para resolver también esta cuestión.

   Sobre el momento de la infusión del alma en el cuerpo, aunque no existe una definición solemne del Magisterio (1), nos basta con saber que “la vida humana existe desde la concepción” (2) y esto no es tanto una cuestión filosófica, sino un hecho de orden biológico, genético.

   Los más recientes avances de la Citología, de la Genética y de la Biología Molecular, han puesto de manifiesto el verdadero carácter dinámico de la naturaleza de la vida individual. La vida de cualquier individuo viviente, en cualquier especie animal o vegetal es el desarrollo de un minucioso programa. Las instrucciones de ese programa están escritos en su ADN, en lenguaje cifrado. Precisamente, el descubrimiento de la cifra, el código genético, se considera uno de los más brillantes logros alcanzados por la ciencia moderna. Pues bien, es justamente en la fecundación de los seres pluricelulares, hombre incluido, cuando se constituye dicho programa que inmediatamente pasa a ser ejecutado. Ese programa único, original, y distinto de los programas del padre y de la madre, funcionará sin solución de continuidad desde ese momento hasta la muerte senil del individuo, dictando las órdenes para la constitución de órganos y la puesta en marcha de funciones según una precisa cronología.

   Es curioso que las experiencias sobre fecundación in vitro llevan a la misma conclusión. Cuando Edwards y Steptoe lograron transferir la minúscula Louise Brown -el primer bebé concebido por fecundación artificial- al útero de la señora Brown fue porque la Genética y la Biología aseguraban que ese pequeño ser no era un tumor, ni un parásito, sino un ser humano, maravillosamente joven. La conclusión a la que llega Lejeune es ésta: “Después de millares de niños concebidos de la misma manera, se puede afirmar ya, como un hecho experimental, que el ser humano comienza con la fecundación” (2).

   Miguel Ángel Monge. Mecidina pastoral. EUNSA

   Notas:

(1) La doctrina de la animación inmediata se contiene de modo indirecto en la definición del Concilio Lateranente IV sobre el alma humana (año 1513) y en un Breve del Papa Alejandro VII (año 1661) que sirvió de base para la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen (1854). Esta idea viene también expresada en un texto de Juan Pablo II, donde al comentar que María ha sido preservada del pecado original, afirma: “De esta manera, desde el primer instante de su concepción, es decir, de su existencia, es de Cristo” (Enc. Redemptoris Mater, 25 de marzo de 1987, n. 10).

(2) Concilio Vaticano II, Const. Gaudiun et Spes, n. 51.

(3) “Sentido de la vida humana”, Dolentium Hominum 7 (1988), 20. Cfr. Scola, A., “El estado biológico del embrión humano”, ¿cuándo comienza elk ser humano=, en Comentario interdisciplinar a la “Evangelium vitae”, o.c., pp.573-597; Academina Pontificia para la Vida, Identidad y Estatuto del embrión humano: cfr. Ecclesia, 2830 (1997), 311.

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