La disciplina

    La violencia escolar, reflejo de una crisis social
   Al profesor de hoy en día se le quedan pequeños los modelos de Sidney Poitier en “Rebelión en las aulas”, Michelle Pfeiffer en “Mentes peligrosas” o el Glenn Ford que se enfrentaba a una jungla en el encerado de “Semilla de maldad”. Incluso la ilusión y el empeño de profesores ideales como Keating, Holland o el más clásico Mr.Chips tendrían muchas posibilidades de acabar en el médico de cabecera, con una receta de antidepresivos en el bolsillo.

   Al menos esa es la sensación que transmiten los datos acumulados recientemente en los medios de comunicación acerca de casos de violencia escolar e indisciplina y otros sacados de estudios y encuestas. ¿Nos encontramos efectivamente ante un aumento de la violencia escolar o este alarmismo es simplemente consecuencia de un interés coyuntural de los medios de comunicación?

   Un profesor de instituto de Alicante recibió una paliza a manos de un ex-alumno del centro mientras una alumna lo grababa con su teléfono móvil en un vídeo que puede verse en YouTube. Otras dos profesoras de primaria fueron agredidas por una madre. En febrero, un profesor también de primaria en Almería tuvo que ser operado después de que el familiar de un alumno le rompiese la mandíbula de un puñetazo. Se supo que tres alumnas de un instituto en Ponferrada rompieron tibia, peroné y tobillo a una compañera. Castelldefels, Elche, Santander, Zaragoza… Ex-alumnos a alumnos, padres a profesores, alumnos contra alumnos y profesores…

   ¿Incidentes aislados o habituales?

   El Consejo Escolar del Estado ha enviado a sus miembros un documento de trabajo acerca de la violencia escolar. En él se afirma que en los medios de comunicación los problemas de este tipo “se magnifican y se presentan de tal manera que parece que es habitual lo que sólo es ocasional, produciéndose una cierta alarma social y advirtiéndose un preocupante aumento de la sensación de indefensión”.

   Y, sin embargo, alrededor de mil profesores se manifestaron en Barcelona contra la violencia escolar y otros dos mil en Almendralejo se solidarizaron con un profesor que fue condenado por “insultos y vejaciones” a un alumno y pidieron “dar una respuesta al deterioro de la convivencia en las aulas, al desprestigio de la profesión docente ante la sociedad y la falta de soluciones reales por parte de la Administración Educativa”. Por otro lado, las administraciones tienen dificultad en algunos lugares de España para conseguir candidatos a la dirección de los centros.

   El Ministerio de Educación ha anunciado hasta el momento dos medidas: la creación de un Observatorio Estatal de la Convivencia Escolar, cuyo objetivo es analizar la dimensión exacta del problema y proponer soluciones, y la formación de “especialistas en convivencia”. Estos “especialistas” continúan la línea en materia de “prevención de conflictos”, que tanto subraya la LOE, ley que, en opinión de Agustín Domingo Moratalla, “no sólo se desentiende de estas patologías dándole el alta al enfermo, sino que evita cualquier diagnóstico que suponga esfuerzo para conseguir la salud. De hecho se hace una apología de la diversidad, de la diferencia, de la tolerancia y del casi todo vale que no tienen parangón en ningún país europeo” (“ABC”, 4-11-2006).

   Autoridad del profesor, bajo mínimos

   Los profesores y parte de las familias están de acuerdo en que una de las raíces más graves del problema –sea cual sea la dimensión de éste– está en la pérdida de autoridad por parte del profesor. Como escribe Moratalla, “hubo una época donde los padres decían a los maestros: ‘A mi hijo, no le pase usted ni una’. (…) Como querían que sus hijos fueran más libres y tuvieran oportunidades, estaban dispuestos a confiar ciegamente en el maestro y la escuela. Cuando estos hijos se convirtieron en padres no quisieron reproducir el modelo de escuela donde ellos se habían formado. Ya vivían en una sociedad abierta (…) donde los maestros no eran autoridades sino parte de la función pública”.

   Esta crisis de autoridad también afecta a los padres. “En lugar de aumentar el número de normas, directrices y reglamentos, las administraciones deberían promover una nueva alianza educativa donde las familias se implicaran más en la educación de sus hijos y lo hicieran confiando en el profesor, no sospechando de él y su palabra. No basta con una simple movilización educativa, es necesaria una revolución basada en el reconocimiento del mérito, la autoridad y la excelencia”.

   Pero resultaría incompleto el diagnóstico si no se buscase en la tarima causas de ese descenso de autoridad. Finlandia, el país que encabeza todas las clasificaciones en materia de resultados educativos, lo es, entre otros motivos de carácter sociocultural, por la calidad de su profesorado, que conlleva un prestigio social e intelectual ajeno a otros países. El ingreso a las carreras de pedagogía se hace según rigurosa selección: sólo el 10% de los candidatos lo logra. Sus sueldos están en un término medio, pero el 26% de los alumnos que terminan el bachillerato aspiran a ser docentes. Un modelo lejano al español.

   La escuela no está peor que la sociedad

   El documento elaborado por el Consejo Escolar del Estado dice que “el clima de convivencia y las relaciones entre los miembros de la Comunidad Educativa son sustancialmente mejores en los Centros Escolares que en los entornos sociales en los que se ubican y el clima escolar no es peor que el de los Centros Escolares de los países de nuestro entorno cultural”. O sea, que éste no es un problema creado en la escuela, sino social, y no es de España sino de toda Europa. Pero, en cualquier caso, no cabe duda de que dificulta la tarea escolar.

   Si el entorno social es muchas veces un obstáculo, no es de más ayuda la industria que alimenta ciertas diversiones juveniles. Una encuesta elaborada con chicos y chicas entre 7 y 16 años de la Comunidad Valenciana (www.avacu.es) sobre uso de videojuegos ofrece datos preocupantes. Ya desde los 7 años, en los juegos que usan algunos chavales hay “drogas, asesinatos y atropellos”. El asunto se agrava después con violaciones, agresiones a mujeres, venta de drogas, personas descuartizadas o prostitución. Este contacto con la violencia más salvaje debe de influir en la agresividad de los jóvenes consumidores.

   En Suiza, las autoridades han lanzado una alerta ante el aumento de las agresiones sexuales cometidas por menores de edad, un 62% entre 1999 y 2004, según la dirección de justicia y policía. El último caso ha sido el de una docena de jóvenes que violaron a una chica de 13 años mientras tres de ellos lo grababan con el teléfono. El rosario de abusos de este tipo impide considerarlo un hecho aislado para las páginas de sucesos. Lo novedoso es que hay cierto consenso en que la proliferación de la pornografía y su fácil acceso a través de Internet está entre las causas fundamentales de esta plaga.

   Inestabilidad familiar, otra causa del problema

   La influencia de la inestabilidad familiar en la agudización de los problemas juveniles y de la conflictividad escolar ha sido comprobada en numerosos estudios. Sin embargo, en España, todavía reina un silencio políticamente correcto sobre esta cuestión. En cambio, en Gran Bretaña, donde el problema es mucho mayor – tanto el juvenil como el familiar – un informe elaborado por una organización de centro-izquierda ha señalado que los problemas de comportamiento juvenil vienen marcado, entre otras causas, por cambios en las familias, como las tasas crecientes de divorcios y de familias monoparentales (ver Aceprensa 129/06 )

   José María García-Hoz va en la misma línea cuando se pregunta de dónde salen esos padres a los que se acusa de faltar a su compromiso de educadores: “Semejante figura puede escandalizarnos, pero no sorprendernos: es el resultado de años de una legislación y una práctica social contraria a la familia. El divorcio, el divorcio exprés, las uniones de hecho y el «gaymonio» han conformado un escenario legal en el que la unión entre hombre y mujer es circunstancial y de fácil ruptura, mientras que el matrimonio de un hombre con una mujer para toda la vida, y el compromiso de los dos en la educación de los hijos, aparte de no ser específicamente reconocido por la legislación vigente, se presenta como un modelo caduco y retrógrado. No hay que engañarse: si un padre o una madre no admiten un compromiso estable entre ellos, ¿a santo de qué lo van a admitir con una criatura?” (“ABC”, 28-11-2006)

   Esquizofrenia social e ideológica

   Mientras no se acepte esa realidad, las soluciones no irán más allá de acumular parches. Pero el pensamiento dominante sigue cayendo en una notable esquizofrenia. Mientras se fomenta, por ejemplo, la más absoluta autonomía en el desarrollo de la actividad sexual desde joven –con la única barrera de no forzar la voluntad ajena–, se pretende que ese mismo joven limite su consumo de alcohol o evite los excesos en cualquier otra faceta del comportamiento, precisamente en la edad en la que las hormonas hacen el control sobre la conducta más difícil.

   Refiriéndose al interés de la LOE en fomentar un espíritu cívico mediante la asignatura de Educación para la ciudadanía, David Reyero (1) lo enfrenta a la exposición de razones de la ley del divorcio aprobada hace año y medio en España, donde se acude a la libertad como “valor superior del ordenamiento jurídico”. Y pone el dedo en la llaga de la esquizofrenia del sistema al preguntarse “bajo qué argumento debemos crear una asignatura que enseñe a los niños a comprometerse en la participación de la vida pública. ¿Exige más educación el compromiso en una ONG que el compromiso en la creación de una familia? ¿No es acaso el compromiso matrimonial, si se acepta, más importante para el mantenimiento de la vida social que el que hacemos a una ONG?”.

   Quizá el problema exija invertir más dinero en educación, desplegar más policías en torno a los colegios, aprobar normas que den más autoridad a los profesores, hacer más visibles las etiquetas que en los videojuegos dicen la edad a la que van dirigidos… Pero todo ello será secundario mientras falte coherencia y los mayores le digan al niño que no se pueden subir los pies al sillón, al tiempo que se tumban cómodamente en él disfrutando de su whisky.
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   (1) David Reyero García, “¿Pero todavía alguien cree que es posible la educación cívica?” en Educación y ciudadanía en una sociedad democrática, Concepción Naval y Montserrat Herrero (Eds.).
   Agustín Alonso-Gutiérrez
   Con la autorización de: www.aceprensa.com

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