Una nueva forma de estudiar

   En un mundo sometido a cambios acelerados, lo rural parecía ser el refugio de lo estable y tradicional. Pero tampoco lo rural es ya lo que era ni es solo sinónimo de agricultura. Las funciones de los profesionales del medio rural se sitúan en la intersección entre la producción, la gestión de la naturaleza y la ordenación del territorio. Las nuevas funciones exigen también un nuevo tipo de formación. Este es el empeño de la Asociación Internacional de Movimientos Familiares de Formación Rural, que imparte formación a jóvenes en ámbitos rurales de 29 países de los cinco continentes, a través del modelo pedagógico de alternancia.

   Roberto García Marirrodriga
  

 Antes, lo rural indicaba ciertas partes del territorio de baja densidad de población y determinadas características socioeconómicas, centradas en la producción agrícola. En cambio, como señala la Comisión Europea, hoy “la noción de mundo rural no implica únicamente la simple delimitación geográfica. Evoca también todo un tejido económico y social, con un conjunto de actividades de lo más diverso: agricultura, artesanía, pequeñas y medianas industrias, comercio y servicios. Además, sirve de amortiguador y de espacio regenerador, por lo que resulta indispensable para el equilibrio ecológico, al tiempo que se ha convertido en un lugar privilegiado de reposo y de ocio” (1).     Nuevas funciones del agricultor 

   Sin embargo, la población activa agraria ha caído en Europa vertiginosamente. De casi el 30% en 1950, hemos pasado al 6% como media en 1990. Además, en ese mismo periodo, el nivel de productividad agraria se incrementó en un 750%, con la consiguiente pérdida de empleos. 

   En la Unión Europea, con las sucesivas reformas de la PAC (Política Agrícola Común), el objetivo inicial de la máxima producción por unidad de superficie ha pasado, en la Agenda 2000 (2), a considerar metas más diversificadas. Entre las nuevas prioridades están garantizar la inocuidad y la calidad de los productos alimenticios; atender los objetivos medioambientales, fomentando una agricultura sostenible; garantizar a los agricultores un nivel de vida digno, no solo por unos adecuados precios agrícolas, sino buscando también otras fuentes de ingresos para sus familias. 

   Queda claro, por tanto, que –al menos en Europa– el agricultor tiene asignadas nuevas funciones, que resultan de la mejora en los niveles de bienestar y de las transformaciones económicas, sociales y culturales de la sociedad. A su función de producir alimentos, vocación primera e indispensable, debe añadir la no alimentaria y la de producción de servicios y bienes no materiales.  La perspectiva en los países en vías de desarrollo es bien distinta. La agricultura tiene allí unas deficiencias enormes en cuanto a tecnología y competitividad, y da trabajo a un elevado porcentaje de población que realiza su labor en condiciones precarias. 

   Escuelas específicas para el medio rural 

   A los grandes desafíos para la agricultura mundial en el siglo XXI –la seguridad alimentaria mundial, la reducción de la pobreza y la gestión sostenible de los recursos naturales– habría que añadir otro que condiciona los demás: el de la educación y la formación.  En este campo desarrolla su labor la Asociación Internacional de Movimientos Familiares de Formación Rural (AIMFR), que representa a instituciones promotoras de centros de promoción rural y escuelas de formación en alternancia para jóvenes del medio rural. Estas escuelas (casi 1.000 y que involucran en procesos de desarrollo local a más de 150.000 familias) están distribuidas por 29 países de los cinco continentes. 

   En el Congreso de la AIMFR, celebrado del 21 al 24 de noviembre en Bruselas, en la sede del Comité Económico y Social, 400 personas de 14 países de todo el mundo debatieron sobre “Ruralidad, formación y desarrollo”. Este Congreso, que ha conmemorado el XXV aniversario de la Asociación, fundada en Dakar en 1975, ha contado con jóvenes –en su mayoría antiguos alumnos– de Brasil, Argentina, Uruguay, Filipinas, Camerún, Ruanda, Francia, Portugal, Italia y España, así como representantes –miembros de los Consejos de Administración de las diferentes asociaciones que forman la AIMFR– de estos países y de Colombia, Chile, Bélgica y Congo.     La alternancia, un modelo peculiar 

   La pedagogía de la alternancia –seguida en los movimientos de formación rural– supone, básicamente, alternar periodos de formación en el aula con otros en la explotación familiar o en la empresa, sea ésta agraria o no. De esta manera, el contacto con la realidad hace que el joven reflexione sobre el entorno, analice sus problemas y saque conclusiones prácticas que se discuten no solo con los profesores, sino también con los padres y responsables del medio.  De este modo, la formación adquirida en la escuela –que se convierte en foco de desarrollo de la comarca– repercute también en las familias de los alumnos y en otras personas del medio. La responsabilidad real de las familias, que suelen agruparse en asociación, así como de otras personas –especialmente empresarios– en el proceso educativo de los alumnos, juega un papel muy importante en el correcto funcionamiento del modelo pedagógico.  En una encuesta de inserción profesional de las promociones de 1996, llevada a cabo por la Federación Regional de MFR de Bretaña (Francia) tres años después de la graduación de sus alumnos, encontramos que, sobre 1.062 encuestados, el 78,5% tenía empleo y el 11% continuaba en formación. Solo el 5% no tenía trabajo. En Filipinas, el estudio de situación de los 100 primeros graduados de la primera FFS, Dagatan, demostró que, tres años después de la graduación, 92 de ellos trabajaban y 2 de ellos continuaban en formación. En este caso, la encuesta fue realizada por el Departamento de Educación, Cultura y Deportes del gobierno filipino. 

   Pero lo más sorprendente es que, en ambos casos, Francia y Filipinas, esta inserción laboral tiene lugar en el medio rural. La contribución a la vertebración del equilibrio territorial –y, por tanto, el freno al éxodo rural– es, pues, muy importante con este tipo de formación.    

Roberto García Marirrodriga es ingeniero agrónomo y consultor de proyectos de cooperación al desarrollo.
   www.aceprensa.com

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