Importancia de la verdad

   En la lucha por el reconocimiento legal del derecho a la enseñanza religiosa en la escuela pública no hay que quedarse instalados en la satisfacción producida por la consecución de lo exigido, como si por el simple hecho de asistir los niños, adolescentes y jóvenes a la clase de religión estuviese asegurada su formación religiosa. Hay muchos ejemplos que avalan lo contrario.

   Todo derecho implica algún deber. El derecho reconocido a recibir enseñanza religiosa en la escuela y el hecho de ser impartida o recibida exigen de todos agentes intervinientes en ello – padres, Iglesia, profesores de religión, escolares, etc-, unas ,actitudes y unas obligaciones que garanticen una auténtica formación religiosa. La enseñanza religiosa tiene que ser de calidad. Entre los elementos que pueden contribuir a ello están la verdad y la objetividad en la exposición de la doctrina y en el análisis de los hechos religiosos.

   La enseñanza de la religión ha de estar presidida no sólo por la sinceridad, sino también por la objetividad. No basta que el profesor o el catequista estén bien dispuestos a transmitir lo que ellos creen verdadero; conviene que busquen    constantemente la verdad religiosa. El uso de un libro de texto religioso, por muchas que sean las aprobaciones conque esté avalado, no exime de dicha obligatoriedad. La actualidad de los estudios bíblicos, teológicos, históricos y litúrgicos ha de estimular sin cesar la sinceridad del profesor de religión y del catequista.

   Hay que ofrecer una enseñanza religiosa clara, exacta, precisa, despojada de personalismos y subjetivismos, menos teórica y más existencial. Es preciso que el alumno distinga entre lo que es Fe y lo que es ganga histórica. No se debe dar mezclado el Dogma y la opinión, la Liturgia y el sentimentalismo religioso, las cosas inmutables y las mudables. No hay que
decirle al educando que ha de creer en algo por el solo hecho de que esto le agrade.

   Para que la doctrina se haga sensible y concreta, y se incruste en palabras hay que aprender y repasar el catecismo a todo lo largo de la escolaridad. El alumno ha de tener a mano el instrumento que expresa el objeto de su fe. El Catecismo tiene este valor instrumental que, aun siendo secundario, es muy impor­tante.

   Es frecuente oír que la sociedad actual está descristianizada. A veces esto se presenta ante los alumnos como un mal y como un hecho indiscutible. Ante esto habría que precisar al alumno el concepto de “cristianización” y “descristianización”; sólo después se le podría hablar de hechos discutibles e indiscutibles del mal y del bien.

   Si por “cristianización” se entiende el hecho por el cual la Iglesia, como realidad temporal dominaba en otros tiempos a la sociedad, de modo que las conciencias le estaban sometidas, la descristianización consistente en el desentendimiento de la Iglesia del poder temporal, no es ningún mal, sino una corriente de aire fresco que la rejuvenece y libera.

   Si por “cristianización” se entiende la instrucción dada a los bautizados, la práctica de los sacramentos, el comportamiento moral y la fidelidad a los preceptos de la Iglesia, creo que hay que negar dicha descristianización y reconocer que la cristianización en la segunda acepción dada esta palabra ha mejorado con res­pecto a épocas pasadas, aunque sean todavía muchos los bautizados que adoptan una actitud pagana ante la vida. Algo parecido sucede con el problema del ateísmo.

   Sabemos que ha surgido un nuevo tipo de hombre totalmente ateo, a quien no preocupa la inmoralidad, que se contenta con las certezas de la tierra, que vive plenamente sumergido en el tiempo, Este nuevo tipo de hombre ha creado una cultura y una civilización nuevas. Decir al alumno mayorcito y al creyente adulto que este fenómeno no tiene importancia  y que los ateos son una generación de personas poco inteligentes, es señal de falta de seriedad científica y de desconocimiento del ser humano. El problema que se esconde en el ateísmo de  algunas personas tiene su origen en quienes no supieron enseñarles la religión en la verdad, tanto en la exposición doctrinal como con su comportamiento religioso. Muchos actos cristianos vienen de fuera, se realizan desde fuera, no vienen de dentro, no son fruto de una actitud tomada ante la vida. Los pecados y las debilidades se explican en una actitud cristiana. pero es inadmisible la actitud pagana forrada de modos cristianos. Conviene recordar que los hechos
convencen más que las palabras.

   El alumno que acude a clase de religión y quien solicita
formación religiosa no necesitan tópicos, frases estereotipadas sino verdad.

   Todas las mentiras piadosas con que se intente ocultar los defectos de la Iglesia visible en el transcurso del tiempo, todo comportamiento religioso que no se ajuste a lo profundo de las creencias es una ofensa a la verdad. Todo alejamiento de la verdad y de la clarividencia en materia religiosa es funesto y hay que evitarlo.
   José María Arroyo

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