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    Chesterton decía que el interior del hombre está tan lleno de voces como una selva: caprichos, locuras, recuerdos, pasiones, temores misteriosos y oscuras esperanzas. La correcta educación, y el correcto gobierno de la propia vida –decía–, consisten en llegar a la conclusión de que algunas de esas voces tienen autoridad, y otras no.

    En la educación neutra, sin embargo, se insiste en no conceder autoridad previa a ninguna de esas voces (unas veces buscando que preste igual atención a todas, y otras evitando que oiga ninguna).

    La neutralidad es una curiosa forma de comprometerse, vincularse y autodeterminarse. Lo que subyace detrás de esa actitud no es, probablemente, un profundo amor por la libertad, sino más bien un profundo miedo a la libertad, que lleva habitualmente a una espiral de progresivo empobrecimiento.

    Por el contrario, las personas que aceptan el riesgo de usar la libertad, es cierto que quizá renuncian a muchas cosas, pero, a cambio, se enriquecen con las consecuencias de lo que han elegido y, en el caso de los padres, enriquecen con ellas a sus hijos. Cuanto mejor eligen los padres, y más se comprometen con los valores que han escogido, tanto más enriquecen a sus hijos al educarles en ellos.

    Por esa razón, sería lamentable que a la hora de pensar en los valores en que los hijos deben educarse, o en la religión, unos padres dijeran que han decidido educar en la neutralidad, que desean en este punto ser independientes, con idea de que ya luego él o ella decidirán por sí mismos cuando sean mayores.

    —Pero es lógico que sean él o ella quienes decidan cuando sean mayores, ¿no?

    Por supuesto, pero para poder decidir a dónde se camina hay que haber aprendido a caminar. O, siguiendo con el ejemplo anterior, si un creyente educa a sus hijos en el agnosticismo, es muy difícil que luego ellos puedan decidir con libertad respecto a la religión.

    Si una persona piensa que Dios realmente existe, y cree que su fe es la verdadera (porque si no piensa eso, el problema es que no tiene fe), parece claro que si no educa a sus hijos en esa fe, está orientando erróneamente sus vidas, puesto que les educa de espaldas a lo que considera verdadero.

    Y si espera mucho tiempo, comprobará que hay situaciones que cuando llegan ya es demasiado tarde para salir de las redes del engaño que han tejido a su alrededor, y que las cosas no son luego revocables a nuestro gusto, como una fácil retórica de las buenas intenciones quisiera hacernos creer.

    Además, nadie se enfrenta igual con su existencia si piensa que es una criatura de Dios, que si cree ser un simple fruto del azar evolutivo. Una persona no encara los problemas derivados de la responsabilidad moral de la misma manera si se considera a sí mismo que es mero fruto de un determinismo biológico, que si es consciente de su libertad y dignidad como persona creada y querida por Dios.

    Es importante educarse desde muy pronto en el esfuerzo por hacer el bien y con ello agradar a Dios. Esa lucha es importante, porque ningún hombre conoce el mal que hay en él, hasta que no ha tratado de esforzarse por vencerlo. Solo los que resisten la tentación conocen su fuerza.

Los primeros pasos en el bien
son muy importantes,
de la misma manera que quizá
los primeros pasos en el error
son aquellos de los que
más deberíamos guardarnos.

    —Pero si se les educa en una religión, tampoco serían libres luego los hijos para dejarla…

    En la práctica no sucede así. Adquirir un valor positivo es una tarea no siempre fácil; sin embargo, abandonarlo –ocasional o habitualmente– es bastante más sencillo.

    Por ejemplo, educar a un hijo en la sinceridad requiere una serie de esfuerzos educativos por parte de padres y profesores. Si finalmente el chico o la chica adquieren la virtud de la sinceridad, eso no hace que dejen de ser libres para mentir siempre que quieran. Sin embargo, si no llegan a adquirir esa virtud, difícilmente serán en el futuro libres de mentir o no: estarán terriblemente condicionados por la tendencia a la mentira, y serán –en ese sentido– mucho menos libres.

    O –poniendo una comparación automovilística–, por muchos miles de veces que uno haya frenado ante un semáforo en rojo, el día que le dé la gana puede llegar a su altura y pisar el acelerador. Sigue siendo libre. Lo que esclaviza y hace perder la libertad es la servidumbre del vicio y del error.

    Educar con profundidad en unas determinadas creencias es una labor constructiva de verdadera artesanía, un reto para la familia y la escuela. Pero abandonar luego esas creencias, o actuar puntualmente en contra de ellas, no es cosa muy difícil (esto es fácilmente constatable), y es evidente que apenas restringe la libertad.

    Sin embargo, si a un chico o una chica se le inculca desde su infancia el agnosticismo, y se hace que relativice todas las creencias religiosas, será realmente difícil luego abrir su mente a la trascendencia.

    —Pero a muchos de los que tenemos cierta edad nos quedan todavía muchos recuerdos de autoritarismo riguroso en materia de religión, de formalismo minucioso, que nos han dejado una profunda actitud de rechazo.

    Estoy de acuerdo. Pero ese rechazo no debe llevarnos al otro extremo, igualmente erróneo.

    Cada matrimonio tiene una forma de entender la vida que le ha de llevar a hacer un proyecto sobre la educación de sus hijos que englobe todos los aspectos y valores, también los religiosos. Y si educan a sus hijos comunicándoles esas creencias, con ello no les privan de su libertad; es más, les privarían de ella si les abandonaran y les dejaran a merced de las circunstancias sin la debida educación.

    Unos padres sensatos harán todo lo que esté en su mano para que sus hijos aprendan a administrar bien su libertad. Y no pensarán para ello en una escuela neutra, aséptica, desdibujada, que corre el peligro de dejarlos sumidos en el escepticismo o sometidos a las cadenas de su propia debilidad.

Los padres han de buscar una escuela
donde se vivan unas convicciones
que sean congruentes con su
propio proyecto personal de vida.

    De lo contrario, mucho me temo que la opción por la neutralidad, en su afán de formar un adulto neutral, concluya más bien formando un adulto en buena parte neutralizado por el escepticismo. No es nada infrecuente, por esas ironías del destino, que el tan ansiado independentismo permanezca lejano, a años luz del triste resultado que finalmente se alcanza.

 

    Una fina escultura dentro de un bloque de mármol

    Como asegura Bloom, el profesor, lo quiera o no, se halla guiado por el conocimiento, o al menos la intuición, de que existe algo que podría llamarse naturaleza humana, y que su tarea como educador consiste precisamente en ayudar a su realización en sus alumnos.

    El profesor sabe que su propia visión de lo que es la naturaleza humana puede hallarse quizá un poco velada, y que su capacidad como educador puede ser más o menos limitada, pero comprende que su misión está encaminada hacia algo que le trasciende, que se encuentra por encima de él y que le suministra una pauta para juzgar el nivel de logro en su trabajo.

    El profesor, como cualquier madre o padre de familia, corre el peligro de caer en diversos reduccionismos en su tarea de educador:

·         el peligro de adoctrinar, en vez de enseñar;

·         el de solo instruir, en vez de educar;

·         el de troquelar, en vez de desarrollar la personalidad.

    Educar no es meter a los hijos, o a los alumnos, en un molde a presión. La verdadera labor del educador es mucho más creativa. Es como descubrir una fina escultura dentro de un bloque de mármol, quitando lo que sobra, limando asperezas y mejorando detalles.

    Se trata de ir ayudando a quitar defectos para desvelar así la riqueza de una personalidad irrepetible, una forma muy personal de ser y de entender las cosas. Educar en la libertad significa, entre otras cosas:

·         ayudar a preguntarse a uno mismo qué significa ser libre, y a adquirir conciencia de que la respuesta no es ni evidente ni inalcanzable;

·         entender que no hay una vida sensata si uno no tiene mínimamente presente esa pregunta y reflexiona sobre las alternativas que se le presentan; y

·         saber que muchas de esas alternativas serán contrarias a las propias inclinaciones o apetencias, o a las de la época en que uno vive.

    La persona educada en la libertad es aquella capaz de rechazar las respuestas fáciles y acomodaticias, y no porque sea persona obstinada, o por el simple deseo de ser original, sino porque busca otras respuestas de más digna consideración.

    Por eso, el buen educador:

·         observa y escucha a sus educandos –los alumnos, los hijos, etc.– con sumo interés;

·         procura conocer cuáles son sus intereses, sus pasiones, sus curiosidades, sus anhelos, su experiencia en la vida;

·         se esfuerza en conocer y comprender a una generación que no es la suya; y

·         al final de su tarea, si es buen educador, sentirá un sincero agradecimiento hacia quienes ha tenido el privilegio de educar, porque habrá aprendido mucho de ellos.

Para educar bien
hay que tener una sana pasión
por encontrar verdades sobre la vida.

    Y para hacerlo es preciso muchas veces bucear en otros lugares y otros tiempos, reservar un tiempo para leer, escuchar, pensar y hablar sobre estos temas.

Alfonso Aguiló.Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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