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    Una de las claves más importantes para entender nuestra cultura –vuelvo a glosar ideas de Daniel Innerarity– es la progresiva sustitución de la imposición por la seducción, de la propaganda por la publicidad.

    La legalidad se puede exigir; la moralidad, no siempre. Hay muchas inmoralidades que no son perseguibles por los jueces. La seducción publicitaria tiene un aspecto positivo: lo que podríamos llamar una generalización de la amabilidad y del ofrecimiento, que no gusta del tono autoritario.

    ¿Por qué no plantear muchas veces la enseñanza moral como una publicidad del bien? Lo bueno, lo justo y lo bello no están condenados a perder en el mercado de la seducción, más bien al contrario. Pero se trata de un escenario que exige mucho a quien arriesga a invertir en él: no basta con decir la verdad; hay que decirla sin aburrimiento, con imaginación, con elegancia y buen humor.

    El miedo a entrar en el juego de la libre concurrencia de las ideas y los valores morales (que se decide más allá de los refugios de la decencia moral, es decir, en el mundo de la comunicación, la moda, los negocios, la política), esconde una desconfianza respecto a la fuerza atractiva de lo que se tiene por bueno.

    Es verdad que el éxito y la vigencia de esos valores son muchas veces azarosos, pero esto no puede servir como disculpa para la vagancia imaginativa o para la comodidad dogmática. Tampoco es válida la coartada conspirativa, consistente en pensar que todo mal es el resultado de alguna confabulación o ineptitud ajena, olvidando las torpezas propias.

    Nadie puede olvidar que, en principio, lo verdadero es razonable e interesante; lo bueno, amable; lo bello, seductor. Este nuevo registro comunicativo tiene una gran eficacia: es incompatible con la histeria agresiva y el lenguaje belicoso, favorece la autodisciplina en el discurso y la suavización de los conflictos, y evita el espíritu de cruzada y el autoritarismo.

    Las dificultades de muchos discursos moralizantes provienen quizá de que muchas veces no deja ver con claridad que

La ética es
una facilitación de la vida
y no su constante entorpecimiento.

    Ruina para padres desprevenidos

    Cuenta Victor Frankl cómo en California se ensayó hace unos años la inserción de electrodos en el hipotálamo de cerebros de ratas vivas. En cuanto se apretaba una tecla para cerrar un circuito eléctrico, las ratas recibían una pequeña descarga y experimentaban ya sea un orgasmo o bien una satisfacción de su necesidad de alimentarse. Luego, las ratas aprendieron a apretar la tecla por su cuenta.

    Al poco tiempo, se volvieron tan adictas a este sistema que se satisfacían hasta 50.000 veces por día de esta manera. Lo interesante del ensayo es que las ratas dejaban de lado la comida real y a sus parejas sexuales verdaderas.

    No me resisto, aunque parezca un poco fuerte, a hacer una comparación entre ese experimento con el fenómeno de los servicios eróticos a través de líneas telefónicas, de internet o de algunos canales de televisión. Es un hecho que muchos chicos y chicas pasan desde muy temprana edad muchas horas dedicados a esos entretenimientos, con la consiguiente tendencia a la adicción y a la obsesión, y con consecuencias nada desdeñables en su educación afectiva y sexual.

    ¿Qué debe hacer la sociedad ante esto? Porque la libertad es un elemento claro, pero también lo es el duro acoso que ese mercado supone para tantos menores de edad. Y de la misma manera que se regula el derecho a fumar en las aulas o en los aviones, o que se limita el consumo de alcohol por parte de menores en locales públicos, debería regularse el acceso público a semejantes instrumentos de deseducación juvenil.

    Conviene, por el bien de la sociedad, denunciar el atropello de quienes con estos servicios se entrometen con engaño en la educación de los hijos de los demás, muchas veces en su propio domicilio y sin conocimiento de sus padres.

    El sexo, la violencia descarnada y el sensacionalismo parecen haberse convertido en los pilares de esa gran industria, que no duda en revolver en los más bajos sentimientos de las personas con tal de incrementar su tráfico mercantil o sus índices de audiencia, sin respeto del tipo de destinatario ni de las franjas horarias juveniles. No hay que negarles que todo eso encierre algunos valores artísticos o de información: raro será que no proporcionen alguna observación ingeniosa o dato de interés; pero también podrían encontrarse elementos nutritivos –proteínas, hidratos de carbono, etc.– en un cubo de basura.

    Es preciso demandar en los responsables de los medios de comunicación un poco de ingenio para que encuentren el modo de salvar la competitividad sin que se produzca una carrera comercial a costa de la moralidad pública. No se trata de que los medios de comunicación se transformen en medios dedicados exclusivamente a la educación, pero sí han de ser conscientes de su responsabilidad en ese sentido, y las leyes deben regularlo en la medida que sea posible.

El valor de una sociedad
se muestra en los valores
que considera dignos de protección.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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