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    Quejarse de la juventud es una tendencia recurrente de todas las épocas (se encuentra ya en los griegos, y en Cicerón, por ejemplo), quizá olvidando un poco que cada generación es, en buena medida, lo que de ella ha hecho la anterior.

    Es cierto que la juventud va un poco contra lo que hay establecido, pero así es como cada generación hace que la historia avance. Y es probable –como apunta Jiménez Lozano– que detrás de muchas de esas quejas de los mayores contra la juventud haya un poco de envidia, de recuerdo nostálgico, y se afirma que se vivía mejor en épocas pasadas cuando lo que ocurre es que antes se era más joven.

    Esas quejas no son nada nuevo. Sin embargo, sí hay ahora algunas cosas nuevas que nunca ha habido en la historia.

    Por ejemplo, unos omnipresentes medios de comunicación. Todos estamos hoy extraordinariamente influidos por los medios de comunicación. Y si las nuevas generaciones se tragan sin sentido crítico todo lo que les cuentan, se exponen a una seria manipulación, les pueden hacer creer lo que quieran, y eso es peligroso para el sentido de la realidad.

    Es verdad que esos medios de comunicación suelen recoger opiniones de gentes muy diversas, pero también en eso hay muchas veces manipulación, porque primero se nos dice una temporada cómo debemos pensar y luego nos lo preguntan.

    Es preciso suscitar un sano sentido crítico ante los medios de comunicación, procurarse otras fuentes de información y de formación, leer, pensar, hablar, procurar dar profundidad a la vida.

    Otro ejemplo de novedad de nuestra época es el importante aumento de la desintegración familiar, caldo de cultivo de multitud de tendencias antisociales. Quizá no valoramos suficientemente el hecho de que todo lo que fortalece la familia previene la delincuencia, porque

Será difícil que en la calle impere
la ley y el orden
si en casa no se aprende
un orden de valores.

    Un tercer ejemplo podría ser la nueva dimensión que ha adquirido el problema de la droga.

    —¿Y no crees que es problema sobre todo de dar una mejor información?

    En casi todos los países se han realizado grandes campañas informativas relacionadas con los efectos negativos de las drogas (dependencia, autodestrucción física y psíquica, inducción a la delincuencia y a la búsqueda de nuevos consumidores, etc.). Esas campañas son necesarias, pero –como señala Gerardo Castillo– tampoco han servido, por sí mismas, para disminuir el consumo. Con ellas se ha logrado impresionar a los padres y a los profesores, pero a quienes no han logrado impresionar es a la mayoría de los adolescentes y jóvenes.

    La drogadicción no es solamente un problema de ignorancia, de falta de información. Esto último los adultos quizá no acabamos de comprenderlo: ¿cómo es posible que se droguen –decimos– sabiendo que la droga los va a destruir?

    Es necesario conocer cuáles son los factores que empujan a esos jóvenes a la toxicomanía, porque las drogas no son propiamente un problema, sino una mala solución a un problema. Hay que comprender mejor por qué algunos de ellos recurren a la droga. La droga es para ellos un paraíso artificial. ¿Por qué se drogan? “No nos interesa nada –dicen–, todo nos deja indiferentes. En mi estado normal veo las cosas tal y como son; una vez drogado, las veo como quisiera que fuesen”.

    Hay factores de siempre, relacionados con la crisis propia de la edad, pero los principales son de tipo social o ambiental, y están relacionados con el estilo de sociedad en que viven esos jóvenes.

    Es preciso analizarlos y buscar soluciones. Si la sociedad responde con indiferencia al derecho a la diferencia, los valores se acaban ahogando en un clima de permisivismo y relativismo moral.

    Es fundamental que haya –en la familia, en la enseñanza, en los medios de comunicación, en la calle– un ambiente que estimule, que prestigie los valores, que ayude a la gente joven a enfrentarse a la realidad, a tomar las riendas de su propia vida, a encontrarle un sentido.

    Una salida en falso

    —¿Y no crees que pueden tener parte de razón quienes defienden que sería mejor legalizar la droga?

    Es un debate que surge periódicamente en los medios de comunicación. Se aduce que son muy escasos los frutos de la represión del narcotráfico y que, por el contrario, su legalización –con el correspondiente control gubernamental– haría caer los lucrativos negocios que florecen clandestinamente en su entorno y, como consecuencia de ello, disminuiría también la delincuencia que la droga produce. Algunos añaden, además, que el Estado no es quién para dictar a la gente lo que debe o no consumir.

    Sin embargo, los diversos ensayos realizados en esta línea en diversos países occidentales han ido fracasando uno tras otro. Si se administra metadona al adicto, no se logra rehabilitación, pues la metadona también crea dependencia. Si se legalizan solo unas pocas drogas, sigue manteniéndose el mercado negro de las no legales, con la desventaja de que las legales sirven de iniciación al consumo de las otras. Si se despenaliza solo el consumo, tiene efectos deseducativos y no elimina los inconvenientes de la represión del tráfico.

    Si se piensa en la legalización completa mediante un régimen de distribución pública, parece inevitable pensar en medidas restrictivas: control de calidad, prohibición de publicidad y de venta a menores, restricción de su consumo a conductores u otros profesionales de especial riesgo, etc. Al final, se vuelve a lo de siempre: cada restricción daría lugar a un mercado negro para quienes no tienen acceso totalmente libre a esa droga.

    Además, los grandes traficantes saldrían beneficiados con la legalización. Empezarían por inundar el mercado con droga muy barata: pueden hacerlo, ya que funcionan con márgenes gigantescos. De ese modo conseguirían millones de nuevos adictos, y con esa expansión del mercado se resarcirían con creces de la reducción de precios. Los gobiernos tendrían que reaccionar con controles más severos, lo que llevaría a la subida de precios y a un nuevo aumento del negocio ilegal.

    Quizá disminuyeran los delitos motivados por la necesidad de obtener droga cara, pero aumentarían los cometidos bajo sus efectos –habría muchos más drogadictos–, y crecerían por tanto los costes sociales: las drogas –sean legales o no– son adictivas, producen intoxicaciones, provocan enfermedades o malformaciones congénitas a los hijos, suelen acarrear desintegración familiar, etc.

    En suma, parece demostrado que la legalización de la droga estimula su consumo. Son sustancias peligrosas, y por tolerante que se quiera ser, legalizar la droga no es quitar el negocio a los criminales, sino poner al Estado a competir con ellos. Y en esta competencia, la salud pública tiene todas las de perder.

    La droga tiene unas gravísimas consecuencias sociales. Aunque la represión no solucione por sí sola el problema, parece imprescindible. Sin ella, las medidas educativas –que son las más básicas– perderían gran parte de su eficacia.

    Alfonso Aguiló.Con la autorización de:  www.interrogantes.netOtros temas relacionados:
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