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    —De todas formas, lo propio de la educación no puede ser simplemente acostumbrar a la gente a que haga unas cosas, sin pensarlo más, y ya está. Quizá en épocas pasadas se forzaba demasiado a la gente, y me parece que eso es malo. Creo que hay que hacer pensar, y no formar personas de respuesta aprendida, no dárselo todo ya pensado. Hay que contar más con lo que desean ellos, y que prueben diversas posibilidades, y luego elijan lo que les parezca mejor.

    En lo de hacerles pensar, y en no ser pesados ni impositivos, estoy totalmente de acuerdo. Y en que hay que valorar en mucho sus deseos y sus aptitudes y no querer meterlos a presión en un molde educativo que no les deja desarrollar su personalidad, también, por supuesto.

    Pero hay que ser prudentes en eso de que pruebe un poco de todo y luego elija lo que le parezca mejor. Porque puedes hipotecar su libertad.

    —Será más bien al revés, ¿no?

    Por ejemplo, sin consultar al hijo, se le enseña a caminar, quiera o no quiera. ¿Por qué? Porque aprender a caminar es algo bueno, mejor que su contrario, independientemente de que más tarde quiera ejercitar o no esa habilidad, camine de una manera o de otra, vaya a un sitio o a otro, más rápido o más lentamente.

    En cambio, si no se le enseña a caminar, su futuro estará mermado por ese handicap. Y a partir de determinada edad, llegará incluso a ser una función difícilmente recuperable; y siempre más costosa y difícil que si hubiera aprendido a caminar a su debido tiempo.

Para educar en la libertad
hay que optar por el aprendizaje.

    Un aprendizaje debidamente programado en función de la edad y capacidades del sujeto. Porque si se opta por no enseñar a caminar, pensando que es la opción que deja mayor margen de libertad para en el futuro aprender o no, se opta en la práctica –bajo la bandera de la libertad– por la más lamentable pérdida de libertad.

    Los padres traen a sus hijos al mundo sin contar con ellos. Sin contar con ellos deciden el idioma que van a hablar, la alimentación que recibirán, dónde y cómo vivirán, el colegio al que irán, etc. Eso es lo natural, y renunciar a hacerlo sería como un triste tributo a una renuncia irreflexiva e injusta de la libertad.

    Es cierto que si los padres no tomaran esas decisiones –supliendo así la falta de discernimiento de sus hijos–, conseguirían que su infantil libertad permaneciera intacta. Pero pretender a todo trance mantener intacta la libertad produce siempre una fuerte devaluación de la misma libertad. Con su falta de uso, se marginan muchas de sus grandes potencialidades.

 

    La quimera de la “educación neutra”

    Creo que a casi todos hoy día nos gusta presentarnos como personas neutrales, en el sentido de personas independientes, objetivas, ecuánimes. Ser hombre neutral es hoy casi sinónimo de persona cuyas opiniones son las únicas que están varadas en la objetividad.

    Siempre me ha parecido que se trata de un deseo loable, que fomenta un buen entendimiento de la tolerancia y aleja las actitudes impositivas y prepotentes.

    Sin embargo, si no se tiene un cierto cuidado, se corre serio peligro de pensar que la objetividad se asegura desvinculándose de todo, no formando parte de nada, no defendiendo nada.

La obsesión por la neutralidad
es una de las mejores formas
de acabar sin ninguna idea propia
dentro de la cabeza.

    Y eso es lo que fácilmente sucede con los que propugnan con gran seriedad la llamada educación neutra, que consiste básicamente en una educación en la que a nadie se puede transmitir convicciones firmes ni valores bien asentados.

    ¿El motivo? Siempre el mismo. Dicen que inculcar esos valores y esas convicciones sería una manipulación, un adoctrinamiento. Aseguran que con ello se restringiría su libertad, puesto que siendo tan jóvenes no pueden aún saber si desean o no esos valores y esas convicciones, y tampoco saben si cuando sean mayores querrán ejercitarlos.

    En la educación neutra solo se inculca una firme convicción: la de no tener convicciones firmes. Y solo hay un valor intocable: la neutralidad. Hay un pequeño detalle que suele pasar inadvertido: no suelen explicar cómo saben que los niños sí desean esos sacrosantos principios de neutralidad que rigen inapelablemente su esquema educativo.

    Por otra parte, un análisis mínimamente profundo revela que tal neutralidad es contradictoria. Optar por la tal educación neutra supone siempre elegir. Es más, supone determinarse por un tipo muy concreto de educación, elegir un sistema educativo informado por el dudoso valor de la neutralidad, que se pretende destacar como valor supremo de entre todos los demás valores posibles.

    Uno de los puntos en que mejor se retrata la educación neutra es en todo lo relativo a las creencias religiosas. Escuela neutra significa tanto como educar en un sistema impermeable a la acción de cualquier principio religioso. Como ha señalado Aquilino Polaino, educación neutra y educación agnóstica se ensamblan bien, se superponen hasta casi la coincidencia, acabando por significar en este contexto una única y misma cosa. Neutralidad aquí es sinónimo de educar en el agnosticismo, y es dudoso que eso sea neutral.

    Hay que pensar que el educando tampoco ha sido consultado sobre si desea o no una educación diseñada de esta forma, cuya consecuencia inmediata, aparte de otras, es el escepticismo vital, la duda bien establecida respecto de qué es bueno y qué es malo, y un categórico agnosticismo desde la más tierna infancia.

    La quimera de la escuela neutra resulta en la práctica una falacia, puesto que detrás de cualquier comportamiento o modelo educativo siempre subyace –implícita o explícitamente– un código ético. Los profesores no se ocupan solo de instruir, sino de educar, y saben bien que hasta en el modo de dirigirse a un alumno subyace un significado, un sentido antropológico, y saben perfectamente que la tal neutralidad es imposible.

Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net 

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