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    El fundamentalista –explica Rafael Navarro-Valls– racionaliza una verdad, que considera universal, y de esa racionalización deduce el derecho a imponerla a los demás.

    Los relativistas, por el contrario, dicen que la libertad no tiene el deber de reconocer la verdad, por considerar que no hay nada inequívocamente verdadero o falso.

    —¿Y cuál crees que la solución válida?

    Una tan distinta del fundamentalismo como del relativismo: la unidad entre libertad y verdad, de la que ya hemos hablado. La verdad metafísica es una verdad universal, pero una verdad que nadie puede pensar para otros: debemos pensarla nosotros mismos.

La libertad debe buscar la verdad,
pero no debe luego
imponerla,
sino
proponerla,
que es algo bien distinto.

    Aunque, lógicamente, eso no quita que haya algunas verdades que uno pueda querer imponer. Por poner un ejemplo, nadie diría que el derecho a defender la propia vida frente al ataque de un agresor injusto es una simple opinión, sino una verdad que estamos dispuestos a imponer a cualquiera que intente negarla (sobre todo si lo hace en la práctica, intentando quitarnos la vida).

    Pero el fundamentalismo va mucho más lejos. El fundamentalista pretende tener el monopolio de la verdad (como esos profesores a los que les molesta que los niños sepan algo que no les ha enseñado él mismo), y sobre todo el fundamentalista se considera luego con derecho a imponer esa verdad a los demás.

    Para el fundamentalismo –explica Jorge Vicente Arregui–, la religión es el fundamento único del sistema social: la sociedad es religiosa, los vínculos sociales son religiosos y, por tanto, el sistema cultural entero es religión.

    En el fundamentalismo religioso no hay ningún espacio social que no acabe por confundirse con la religión, ni diferencia alguna entre las esferas de la vida humana: cultura y religión se identifican en una única esfera que todo lo abarca. El fundamentalismo es siempre crispado, es miedo a la libertad, dejación absoluta del hombre en el sistema.

    La instrumentalización que el fundamentalismo hace de Dios es absoluta: es un simple fundamento del sistema. No es un Dios vivo, sino como una especie de cimiento de hormigón armado. Como ha señalado Frossard,

los fundamentalistas son personas
empeñadas en hacer la voluntad de Dios,
lo quiera Dios o no lo quiera.

    El concepto fundamentalista de la religión es, en el fondo, profundamente ateo, puesto que no considera a Dios siquiera como un interlocutor, sino como una simple pieza de cierre, como la clave de la bóveda de su impenetrable sistema cultural.

 

    ¿Busca la Iglesia un nuevo mundo católico bajo su dominio?

    —Se ha acusado a veces a los católicos de estar buscando, con lo de la nueva evangelización, un retroceso en la historia para reedificar un Occidente dominado por ellos, con idea de hacer así una especie de nuevo mundo católico bajo la guía del Papa.

    No digo que no haya algún católico que lo haya pensado, porque hay gente para todo, pero la Iglesia católica en absoluto tiene esas intenciones. Por el contrario, ha afirmado repetidamente la importancia de respetar la libertad religiosa y de aceptar las reglas y los riesgos de la dialéctica social de la libertad, la tolerancia y el pluralismo.

    —Pero esto no ha estado siempre así de claro a lo largo de la historia del cristianismo, me parece.

    La defensa de la tolerancia religiosa es patente en los orígenes del cristianismo. Era algo, además, muy fácil de entender para los primeros cristianos, que habían sufrido en su carne toda la crueldad de la intolerancia religiosa del Imperio Romano.

    Cabe citar, por ejemplo, la famosa frase de Tertuliano no es propio de la religión obligar a la religión: para los primeros cristianos, la convicción de tener la verdad no les hacía pensar en imponerla coactivamente, sino todo lo contrario: como el acto de fe es libre, lo propio es la tolerancia, y eso no por simple conveniencia social, sino desde la raíz misma de la religión. Según la clásica distinción que acuñaron los primeros Padres de la Iglesia, no hay dificultad alguna en rechazar el error y, al tiempo, tratar con la mayor cordialidad al que yerra.

    Es verdad que, como dices, la historia, con bastante frecuencia, no siguió luego esos derroteros. El error no tiene derechos, se decía; y por tanto, tampoco el errante. Y como el error es malo, se puede utilizar la fuerza para reducir al errante al verdadero camino.

    —Y parece que fueron los católicos quienes más olvidaron la tolerancia religiosa.

    El empleo de la fuerza para combatir la heterodoxia –continúo glosando ideas de Rafael Gómez Pérez– no fue un hecho particular del catolicismo, sino algo corriente en todas las partes, culturas y confesiones hasta bien entrado nuestro tiempo.

    Baste pensar en la intolerancia de Lutero contra los campesinos alemanes, que produjo decenas de miles de víctimas; o en las leyes inglesas contra los católicos, cuyo número era aún muy elevado al comienzo de la Iglesia anglicana; o en la suerte de Miguel Servet y sus compañeros quemados en la hoguera por los calvinistas en Ginebra.

    Hay que decir, para ser justos, que ese era el trato normal que se daba en la época a los delitos, y el de opinión era considerado como el más grave. En esto coincidían Lutero, Calvino, Enrique VIII y Carlos V o Felipe II. En una época en que todo el mundo se sentía y confesaba cristiano –con influencia en casi todas las manifestaciones de la vida– la herejía (o lo que se suponía tal) era un grave delito contrario a los mismos cimientos de la convivencia.

    No se puede olvidar que, para bien o para mal –probablemente, para mal– política y religión estuvieron bastante confundidas durante la mayor parte de la historia de Occidente. Y fuera de Occidente ocurría algo muy parecido.

    Además, las posturas heréticas iban con frecuencia dirigidas a la conquista del poder. Así sucedió, por ejemplo, con el luteranismo, cuyo rápido avance se debió en buena parte a la habilidad con que Lutero logró el apoyo de algunos príncipes alemanes que, de ese modo, conseguían distanciarse del emperador Carlos V.

    En los primeros siglos, sin embargo, los cristianos fueron extraordinariamente tolerantes en materia religiosa. La historia dio luego muchas vueltas –en algunos vericuetos se llegó a prácticas que avergüenzan–, pero teológicamente nunca ha estado cerrado el camino de la tolerancia. Y, afortunadamente, hace ya mucho tiempo que es rara la intolerancia en países de mayoría católica.

    Es más, echando un vistazo a la situación mundial en este siglo, puede decirse que la tolerancia ha germinado fundamentalmente en los países de mayor tradición cristiana. En cambio, la intolerancia se ha mostrado con gran crudeza en los países gobernados por ideologías ateas sistemáticas (Tercer Reich nazi, la URSS y todos los países que estuvieron bajo su dominio, China, etc.). También la violencia del integrismo islámico sigue bastante presente en los países donde su religión aún no ha alcanzado el poder político (Senegal, Níger, Mauritania, Chad, Egipto, Marruecos, Tanzania, Argelia, etc.); y donde ya lo han alcanzado (Arabia, Irán, etc.), la tolerancia religiosa es prácticamente inexistente. Y otros países asiáticos no islámicos (India, China, etc.) no parecen mejorar mucho la situación.

    Sin embargo, curiosamente, se sigue hablando más de la Inquisición, desaparecida hace ya mucho tiempo, que de las actuales persecuciones religiosas, dolorosamente actuales en tantos lugares.

    Alfonso Aguiló.Con la autorización de:  www.interrogantes.netOtros temas relacionados:
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