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    No sé si ustedes han tenido alguna vez –se preguntaba Josep M. Lozano en un artículo en La Vanguardia– la misma sensación que yo cuando han seguido algún debate.

    A veces, cuando alguien se dirige a su interlocutor diciendo: “yo respeto mucho su opinión, pero…”, lo hace con un tono que parece más bien estar queriendo expresarle algo así como “usted puede decir lo que quiera, que a mí no me interesa lo más mínimo”.

    Lo malo es que quizá esas personas piensan que con esa entradilla del “yo respeto mucho su opinión, pero…” realizan ya un brillante ejercicio de tolerancia.

    Hay quien confunde ser tolerante con una curiosa forma de arrogancia: le permito a usted que hable, pero no cometa el error de creer que va a servir de algo. Y reducen así la tolerancia a una simple cortesía, o a respetar un turno de palabra: hable usted, aunque no me interesa lo que vaya a decir, que después me toca a mí.

    Otros utilizan la tolerancia, reclamando indulgencia para los demás, con la secreta intención de que les beneficie a ellos mismos, como una especie de blindaje para el propio comportamiento moral personal: ¿no decimos que vivimos en una sociedad plural y tolerante?, pues que nadie se meta conmigo, que yo no tengo por qué cuestionarme nada de lo que hago.

    La tolerancia, así entendida y practicada, constituye una magnífica coartada para el encastillamiento intelectual, para la mediocridad, para el relativismo moral más absoluto. Hace que los debates públicos convocados en nombre del pluralismo queden reducidos a una colección de monólogos en compañía. En nombre de la tolerancia y del pluralismo, esas personas imposibilitan cualquier debate medianamente serio, cuando supuestamente se trataba de potenciarlo y enriquecerlo.

    Con esa actitud, el supuesto respeto a los demás no expresa una actitud de respeto hacia sus planteamientos, sino más bien una engreída afirmación de los propios: como nada ni nadie me puede hacer cambiar de opinión, por eso le permito hablar. El diálogo que así se produce queda vacío de contenido, porque falla un supuesto indispensable:

Estar realmente dispuestos
a escuchar.

    Otros, más groseros, se escudan en la tolerancia para no respetar las normas de cortesía y convivencia más elementales.

    Otros, por último, utilizan la palabra tolerancia y la palabra respeto para maquillar algo mucho más prosaico: la indiferencia mutua, el “vive y deja vivir” de la vieja tolerancia liberal vienesa. El problema es que, como decía Alfred Polgar, fácilmente puede convertirse en cínica indiferencia, en el “muere y deja morir”.

    La opinión como obstinación

    Alemania, que tras el nazismo instauró un sistema educativo pensado para impedir que pudiera resurgir la intolerancia, se pregunta ahora con perplejidad de dónde han salido esos jóvenes violentos –los skin-heads o cabezas-rapadas– que atacan de forma tan salvaje a los inmigrantes.

    Como señala Rafael Serrano, el fenómeno es complejo y no admite una explicación única. Pero cabe preguntarse si, en medio del gran relativismo ambiental, es posible inculcar eficazmente en las nuevas generaciones las convicciones que sustentan el respeto por la dignidad de la persona.

Para respetar la libertad de opinión
es preciso tener la modestia
–mejor sería decir el
realismo
de no creerse con el monopolio de la verdad,
ni pensar que esta puede imponerse por la fuerza. 

    Pero una cosa es reconocer que caben múltiples puntos de vista, y que la verdad a menudo no es inmediata, y otra pensar que no la hay en absoluto y que el acuerdo es imposible. Si no se acepta que hay verdades universales, ¿con qué fundamento opinamos? Si cada uno no sostiene lo que considera que es objetivamente verdadero, lo que diga ¿son juicios o son caprichos?

    El riesgo del clima relativista es que, al instalar las creencias en el reino de la pura subjetividad, y no tener así que responder ante instancias objetivas, tiende a convertir las opiniones en obstinaciones. Entonces, el entendimiento mutuo se torna más difícil, y el fanatismo puede surgir inesperadamente, clamando por sus fueros perdidos.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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