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    Cuando Macbeth se da cuenta de que no hay ningún obstáculo entre él y la corona de Escocia, salvo el cuerpo durmiente de Duncan, piensa que con sólo realizar un acto cruel podrá ser feliz para toda la vida.

    Y decide que compensa hacer ese mal para lograr un bien que considera muy grande.

    Sin embargo, el efecto del crimen fue desconcertante e insoportable: un solo acto contra la ley introdujo a Macbeth en un ambiente mucho más sofocante que el de la ley.

    Como señala Chesterton, hay una lección en Macbeth que es también el fondo sobre el que se desarrolla toda tragedia: el hecho de la unidad de la vida humana, y el hecho de que el ser humano acaba pagando siempre el precio de las consecuencias de sus propios actos.

    Macbeth nos enseña que no se puede hacer una locura con la idea de alcanzar la cordura. Haciendo un mal, jamás el hombre puede hacerse a sí mismo más grande. Al revés, se encuentra más atrapado. Destroza una puerta, pero en lugar de huir se encuentra en una habitación todavía más pequeña. Y cuanto más destruye, más se estrecha esa habitación.

    Algo así sucede con el aborto. Muchas personas son conscientes de que es algo abominable. No lo quieren a priori. Pero, ante un problema concreto, se ven a un solo paso de alcanzar –mediante el aborto– un objetivo codiciado, un señuelo de libertad.

    Si por desgracia deciden, como Macbeth, que compensa hacer ese mal para lograr lo que desean, encontrarán al otro lado de esa puerta algo muy distinto de la libertad.

    La parte débil del litigio

    Nosotras parimos, nosotras decidimos. La reclamación parece, en principio, incontestable. Y habría que decir –glosando a Miguel Delibes–, que efectivamente así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, ser parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión.

    Se discute sobre si el feto es o no es un portador de derechos desde el instante de la concepción. Una cosa parece clara: el óvulo fecundado es algo vivo, con un código genético propio, y que con toda probabilidad llegará a ser un hombre hecho y derecho si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente su proceso de viabilidad.

    Lo trágico de este dilema es que el feto aún carece de voz. Y parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio. Los abortistas apelan a la libertad de la madre, pero habría que preguntarse por qué negar al feto tal derecho, en nombre de qué libertad se le puede negar la libertad de nacer.

    Las partidarias del aborto piden libertad para su cuerpo. Eso está muy bien, pero parece razonable pedir que su uso no vaya en perjuicio de tercero. Porque su libertad es la misma que exigiría el feto si dispusiera de voz: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres.

El derecho a tener un cuerpo 

debería ser el que encabezara 

el más elemental código de derechos humanos. 

    —¿Y no puede suceder que el feto sea una vida humana, pero todavía no sea un ser humano individual?

    El concepto de vida humana no existe más que encarnada en seres individuales. La vida humana, así, en general, es sólo una idea abstracta.

    Sin voz ni voto

    El caso es que el abortismo ha venido, curiosamente, a incluirse entre los postulados muchas modernas progresías.

    El progresismo, en su origen, respondía a un esquema muy sugestivo: apoyar al débil, pacifismo, tolerancia, no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, la mujer frente al varón, el negro frente al blanco, la naturaleza virgen frente a la industria contaminadora. Había que tomar partido por el indefenso, y era recusable cualquier forma de violencia. Todo un ideario claro y atractivo.

    Pero surgió el problema del aborto y, ante él, el progresismo vaciló. No pensó ya que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y era políticamente irrelevante.

    Y empezó a ceder en sus principios: contra el feto, una vida humana desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad, si su eliminación se efectuaba mediante una violencia silenciosa. Los demás fetos callarían, no harían manifestaciones callejeras, no podrían protestar.

    El feto pasó a ser considerado como un intruso inoportuno, como si fuera una verruga desagradable que hay que hacer desaparecer, como un mal que no se está dispuesto a tolerar.

    Así fue manifestándose la crueldad de la historia. La tolerancia de los progresistas se fue tiñendo de intolerancia crispada, de exigencia de derechos en contra del indefenso. Y como si no quedaran aún miles de campos en los que falta tanto hasta alcanzar la plenitud de derechos de la mujer, la legalización del aborto pasó a ser una de las grandes metas de un amplio sector de la progresía feminista.

    Sin embargo, para los progresistas que aún defienden indefensos, y que buscan una verdadera tolerancia rechazando la violencia inicua,

la muerte cruel de un inocente 

siempre producirá náuseas, 

sea en una explosión atómica, 

en una cámara de gas 

o en un quirófano esterilizado; 

y sea legal o ilegal.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net 

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