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    La noción de derechos humanos implica que hay una dignidad natural inherente al hombre, que se impone a todos, hasta tal punto que los hombres no pueden, arbitrariamente, negarle la humanidad a uno de sus semejantes, ni privarle de ninguno de esos derechos.

    Conviene reflexionar acerca de esa singular dignidad. El hombre es irrepetible, es un fin en sí mismo y no un medio, y nunca puede considerarse un simple elemento de una especie. ¿Por qué el hombre es de una condición distinta a la de los animales? ¿Por qué tiene esos derechos inalienables? ¿Por qué no puede tener precio?

    Se han dado a esta pregunta muchas respuestas, pero pienso que el único fundamento inquebrantable de los derechos humanos está en el hecho de que Dios ha conferido al hombre esa dignidad.

    —Pero esa referencia que haces a Dios supone creer en Dios, y no todos los hombres son creyentes.

    No pido a nadie que crea si no quiere o no puede creer. Simplemente doy una posible respuesta desde la fe. No es necesario creer, pero creer permite proteger mucho mejor el enunciado de estos derechos: el creyente –si es coherente con su fe– espera descubrir en todo ser humano a un semejante, o más bien a un hermano, precisamente por tener un padre común.

    Es una respuesta desde la fe que, por otra parte –y afortunadamente–, está en las raíces de nuestra civilización y de cuanto concedemos a la dignidad de las personas. Echando una mirada a la historia, da la impresión de que muchos aspectos de la naturaleza humana estarían probablemente sumidos en la penumbra si la tradición cristiana no los hubiera proclamado.

    Siempre habrá más respeto al hombre desde una concepción trascendente que cuando se ve la vida como un simple suceso en el tiempo que se disuelve un día con la muerte.

    Si el hombre no es más que un animal extraordinariamente desarrollado, ¿qué razón de peso habrá para no llegar a convertirlo un día en un animal de laboratorio? ¿Qué impedirá considerarlo como un conglomerado de moléculas, modificable al capricho de los manipuladores, que se creerán dueños de su futuro?

Una referencia trascendente 

es decisiva 

para dotar al hombre de inviolabilidad. 

    —¿Y no es demasiado estricta la Iglesia católica en estas cuestiones relativas a la manipulación genética?

    Podría decirse, estableciendo una sencilla comparación, que en este punto nos encontramos ahora como las naciones europeas del siglo XIX en el campo social del trabajo y de la condición obrera frente al descubrimiento de la herramienta industrial.

    El precio que en su día se pagó por el progreso técnico y económico, hasta que los mecanismos racionales lograron controlar algunos de sus excesos, fue enorme y de muy dolorosas consecuencias.

    Los extraordinarios poderes actuales de la ciencia sobre la vida y la procreación humana hacen necesaria una seria reflexión para que el coste humano no acabe siendo tan terrible como en su día lo fue el de la revolución industrial.

    Como ha señalado Jean-Marie Lustiger, los actuales avisos de la Iglesia católica pueden parecer a las generaciones contemporáneas tan arcaicos como parecieron las advertencias de los hombres de la Iglesia europeos a comienzos de aquel desarrollo industrial.

    Hay que insistir en que los valores morales deben presidir este nuevo poder que el hombre adquiere sobre la vida, sobre su propio cuerpo y sobre su sexualidad. La vida –derecho fundamental de todo individuo, base de todos los demás derechos– no puede ser tratada como una mercancía que se puede organizar, comercializar y manipular a gusto personal.

    Es deber de la Iglesia poner a la sociedad en guardia frente a algunos peligros, pidiendo que la técnica se subordine al hombre y a su vocación. Se trata de una tarea de capital importancia, aunque su voz no siempre sea bien escuchada o comprendida.

    Alfonso Aguiló.Con la autorización de:  www.interrogantes.netOtros temas relacionados:
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