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    La intolerancia frente a los débiles ha adquirido con frecuencia a lo largo de la historia una dolorosa forma social e institucionalizada de legalidad.

    Son muchas las voces que se han atrevido a denunciar con firmeza esos atropellos de la dignidad humana. Atropellos que llegan a veces a constituir una auténtica cultura de la muerte que en todas las épocas se ha manifestado en la muerte legal de inocentes.

    La historia reciente nos lo muestra con crudeza en el genocidio hebreo, en las limpiezas étnicas de tantos conflictos bélicos, o en el más sutil y solapado quitar la vida a los seres humanos antes de su nacimiento, o antes de que lleguen a la meta natural de la muerte.

    Son siempre los miembros más débiles de la sociedad quienes corren mayor riesgo frente a esta peligrosa manifestación de intolerancia: las víctimas suelen ser los no nacidos (aborto y manipulaciones genéticas), los niños (comercio de órganos), los enfermos y ancianos (eutanasia), los pobres (abusivas imposiciones de control demográfico), las minorías, los inmigrantes y refugiados, etc.

    —¿Y por qué crees que se ha impuesto este error en el mundo en tantas ocasiones? ¿De dónde le viene su atractivo?

    El atractivo del error no proviene del error mismo, sino de la verdad –grande o pequeña– que en él palpita. Por eso,

un error es tanto más peligroso 

cuanta más verdad encubre. 

    Y la modesta verdad que subyace en la cultura de la muerte –y a la que ésta debe de prestado su atractivo– es la pequeña ganancia (deshacerse del anciano o del enfermo incómodos, eliminar una nueva vida que nos parece inoportuna, mejorar la calidad de vida de los que permanecemos con vida), que satisfaciendo fugaz y brevemente las pasiones humanas, oscurece la inteligencia hasta incapacitarla para percatarse del error que comete.

    Curiosamente, la tolerancia ha sido muchas veces la bandera que han tomado quienes imponían esos errores. Pero detrás de la defensa que hacen de los derechos y de las libertades, se esconde siempre un brutal atropello de los derechos y libertades más elementales.

Detrás de una máscara de tolerancia, 

se esconde la más cruel y macabra 

muestra de intolerancia: 

la de no dejar vivir al inocente

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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