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   Cuando Edmund Burke, el gran político irlandés y primer crítico de la Revolución francesa, que vivió en el siglo XVIII escribió que “lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”, sin duda dijo una gran verdad. No parece que se requiera una inteligencia especialmente despierta para hacerse cargo de que si el mal no encuentra oposición ni resistencia acaba por imponerse. Tomemos el clásico ejemplo del cesto de manzanas. Si en un cesto de manzanas sanas y apetitosas ponemos una en mal estado, sometida a un principio de putrefacción, ésta contaminará su corrupción ineludiblemente a todas las demás. Esta es una ley física que en lo material se cumple siempre inexorablemente y ello porque las manzanas en buen estado no tienen, a diferencia de la putrefacta,  ningún principio de vida activo, carecen de anticuerpos o bacterias positivas para neutralizar la acción de las bacterias corruptoras de la manzana en mal estado. Pero también se cumple en el mundo espiritual, si los buenos no hacen nada, o hacen muy poco o hacen el mal creyendo que hacen el bien.   Los buenos son pocos, comodones o equivocados    Nos encontramos en una época postmodernismo la llaman algunos dominada por una parte por el capitalismo materialista del poseer bienes, riquezas y todo lo que éstas llevan consigo como el poder y el placer, como finalidad principal y casi única de la vida humana, que es actitud contraria a la fe en Dios; por otra parte, por el subjetivismo religioso del protestantismo que consiste en adaptar la doctrina de Jesucristo, la palabra de Dios a nuestros gustos, a nuestros criterios o a nuestras conveniencias humanas. Y por otra, por un liberalismo absoluto, oculto algunas veces bajo una capa de justicia social o de apariencia de bien común. Con estas premisas, extendidas y dominantes en el mundo civilizado occidental de Europa y América, que producen el oscurecimiento de la razón en la mente de tantos hombres, no es difícil aceptar que en el mundo el mal domina al bien y los medios de comunicación social: radio, cine, televisión, etc. son testigos imparciales y evidentes de ese dominio. Por supuesto que hay que evitar que el mal triunfe, y en esto hay conformidad general; pero ¿qué es el mal, qué es lo malo?. Objetivamente está muy clara su definición: “es malo todo aquello que nos produce daño, ofensa, sufrimiento o injusticia”. Pero subjetivamente, desde el punto de vista de cada persona, la consideración del mal ya no está tan clara, porque depende del sentido y finalidad que dé cada uno a su vida, según que piense que todo termina en ésta al morir, o cree y espera ser juzgado al final de esta vida y tiene la esperanza puesta en la vida eterna después de la muerte, anunciada por Jesucristo, si se ha sido fiel a sus enseñanzas. Hoy por ejemplo, no se acepta universalmente que el divorcio, la homosexualidad, el aborto, la fornicación y la eutanasia, sean un mal desde todos los puntos de vista; tan no se acepta, que hay gobiernos que han legislado en el sentido de hacer que la práctica del divorcio, de la homosexualidad, el aborto o la eutanasia sean tan legales, y por lo tanto ajustados a derecho, como la práctica de la fidelidad conyugal al vínculo matrimonial hasta que la muerte los separe, el uso natural del sexo en el matrimonio o el respeto total a la vida del no nacido o del moribundo.   Claro está que esto es un hecho que ya de por sí tiene un alto valor demostrativo de lo actual que resulta la afirmación de Burke. Si ha sido posible el triunfo del mal hasta el punto de ser elevado al mismo nivel que el bien de modo tan extensivo en tantos países a la vez, es sin duda porque los “buenos” no han sabido, no han querido o no han podido hacer por evitarlo gran cosa de su parte o quizás nada o incluso les ha parecido aceptable el mal hábilmente presentado como bien, o porque no se han enterado.   ¿Es posible el triunfo del bien en este mundo?

   Si viviera hoy, en estos tiempos, el gran estadista español Juan Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas, consejero de la Reina María Cristina, viuda de Fernando VII mientras ésta fue regente de España durante la minoría de edad de Isabel II (1833-1840) y pudiera contemplar el panorama que ofrece el mundo: la corrupción de los políticos y altos cargos de los Estados, la exaltación de la violencia en los espectáculos y juegos, el divorcio generalizado, la alabanza de la desfachatez, lo provocativo, soez y grosero, el orgullo de la homosexualidad “gay”, el fomento del consumismo de bienes innecesarios, el tráfico de drogas, la publicidad estimulante del placer del sexo libre sin responsabilidades ni ataduras, el desprecio de los valores morales y un largo etcétera, si contemplara este descorazonador espectáculo, es muy probable que no se asombrara demasiado, si bien me temo que se afligiría mucho. El había afirmado hace más de un siglo, que “en el mundo el mal vence naturalmente al bien, pues el triunfo del bien sobre el mal en este mundo, no es natural, sino sobrenatural”.

   Y aunque su afirmación cause hoy, probablemente, tanto escándalo como el que causó en su tiempo a hombres que apenas creían en nada, excepción hecha del progreso indefinido basado en la ciencia, sin embargo, él podría defenderla con un cierto fundamento no desprovisto de importancia. Pues si la naturaleza real del hombre está herida por el pecado original, de modo que los efectos de ésta herida persisten en el hombre aun después de que aquel pecado haya desaparecido por la recepción del bautismo, y estos efectos siguen actuando como un peso en el alma de cada hombre, de manera análoga a como lo hace la ley de la gravedad respecto a los cuerpos físicos, entonces el hombre abandonado a su naturaleza caída propende al pecado por su inclinación al mal, y es la gracia, la sobrenaturaleza,  la que corrige el defecto innato de la naturaleza.

   No es que sea imposible, absolutamente hablando, al hombre sin vida sobrenatural obrar el bien, algún bien. ¡Claro que es posible! El peor malvado es capaz de compadecerse de un niño, y nadie, ni el más vicioso y mendaz de los hombres puede pasar mucho tiempo sin hacer algo naturalmente bueno como decir una verdad. Pero no se trata de eso, sino de lo contrario. Es decir, sin un especial auxilio de la gracia divina ningún hombre puede permanecer mucho tiempo sin caer en alguna especie de pecado, siquiera sea venial. Sólo la Virgen María, enseña la Iglesia, fue, por especial y singular privilegio de Dios, la única criatura que jamás cometió pecado alguno. Así que, después de todo, no dejaba Donoso Cortés de apuntar en dirección correcta cuando atribuía el triunfo del mal en el mundo a la ausencia de gracia sobrenatural en los hombres.

   En última instancia, esa indudable ausencia de gracia sobrenatural, es consecuencia de la falta de fe en Dios y en su Providencia. En la vida actual hay por desgracia numerosos ejemplos que apoyan esta afirmación, como lo manifiestan constantemente los medios de comunicación de ocio como el cine y la televisión, los cuales presentan espectáculos marcadamente eróticos, pornográficos y violentos, que incitan al espectador a ejercitar el sexo y la violencia, sin ninguna clase de fundamento, responsabilidad o limitación moral que advierta acerca de la inmoralidad de tales acciones. Además, en general, todos los medios de comunicación humana como el teatro, la novela, las revistas, etc. tienen a gala presentar personajes, ideas o actuaciones manifiestamente inmorales incluso como algo muy humano, natural y positivo procurando adelantarse a la consideración de que quien los pueda rechazar por considerarlos inmorales se debe a su estrechez de miras, su anquilosamiento en épocas pasadas o su propia mentalidad retrógrada, y no aceptan ninguna condena de esas imágenes o expresiones presuntamente artísticas, movidos por el egoísmo que intentan ocultar o justificar, puesto que la moralidad es cosa de todas las épocas y de todos los seres humanos. Ese egoísmo hace que, en lugar de enfrentarnos con nuestros defectos, nuestros fallos o nuestras debilidades, tratemos de justificarlos, usando nuestra inteligencia con mayor o menor habilidad para conseguirlo, con variados argumentos.

   La oposición de los buenos suele ser débil y timorata

   Sin duda Donoso Cortés era menos optimista que Edmund Burke. Este al menos hacía depender el triunfo del mal de la pasividad de los buenos, con lo que parece indicar que si éstos se opusieran al mal decididamente, éste no triunfaría. Bien es verdad que tampoco afirmó el triunfo del bien, ni siquiera el triunfo de los buenos. Donoso en cambio, no dejaba ninguna puerta abierta en el ámbito de lo natural al triunfo del bien, ni aun mediante la acción o la actividad de los buenos. Posiblemente ambos Burke y Donoso, tienen su parte de razón. Partiendo de la base (poco discutible por cierto) de que es más fácil destruir que edificar, ceder ante la tentación que combatirla, dejarse llevar por la corriente que nadar contra ella, o lo que es lo mismo, hacer el mal que el bien, no resulta gran dificultad comprender y aceptar que Burke tenía razón: el mal siempre triunfa si los buenos no hacen nada… o hacen muy poco o hacen cosas equivocadas.

   Evidentemente, para que los buenos hagan algo lo primero que es imprescindible es que, sean verdaderamente buenos. No convencionalmente buenos, con esa clase de bondad bienpensante que poseen los que presumen de no hacer mal a nadie, porque no roban, no matan, no violan, no engañan, etc. No “buenos” según un patrón superficial que la sociedad en la que se desenvuelven reconoce como tales, ni bondadosos como los que están siempre dispuestos a contentar a todos y a no llevar la contraria nunca a nadie, sino buenos de verdad. Pero, ¿Qué es ser bueno de verdad?. Veamos primero el lado negativo de lo que no es ser bueno de verdad. Para no ser bueno no es preciso estar dominado por todos lo vicios de los que es capaz el ser humano: basta con estar dominado por uno solo y que éste sea lo suficientemente importante. Por ejemplo, un hombre intachable en su actuación pública y adúltero en su vida privada, no es un hombre bueno. Un hombre leal con sus amigos y mendaz en los negocios, no es un hombre bueno. Un hombre difamador, o avaro o codicioso, o injusto o desleal o perjuro, no es un hombre bueno; y tampoco un hipócrita que aparenta ser lo contrario de lo que en realidad es, o un envidioso o un borracho, o un jugador, o un drogadicto o un lujurioso. Ninguno de éstos es un hombre bueno, ni está en camino de serlo mientras no se decida a cambiar de modo de ser y de vivir.

   Entonces, ¿Quién es el hombre del que puede afirmarse que es verdaderamente bueno? Verdadera-mente bueno solamente es Jesucristo el Hijo de Dios; los demás hombres corrientes, mortales, a lo más que podemos aspirar es a hallarnos en camino de serlo. ¿Y qué hemos de hacer para lograr estar en camino de ser hombres verdaderamente buenos? Varias cosas, que se resumen en las siguientes:
   1º. Tener fe en Dios, y comprometerse con él, llevando a la práctica de nuestra vida diaria los consejos, enseñanzas y recomendaciones que nos hace Jesucristo en los Evangelios.
   2º. Orar, tratar a Dios que es el único verdaderamente bueno, tomárselo en serio.
   3º. Rechazar todos los vicios y luchar por conseguir todas las virtudes humanas y cristianas

   Este programa supone una verdadera revolución personal e interior y es el que han seguido los hombres que más se han acercado al ideal de tratar de ser lo más verdaderamente buenos que han podido, y con sus obras han conseguido que el bien triunfe sobre el mal aunque sea parcialmente (no se puede intentar matar o asesinar al demonio como cuentan que intentó San José de Calasanz). Han conseguido con ello influir y cambiar una parte del mundo, porque al buscar, escuchar y comprometerse con Dios, y rechazar los vicios y vivir las virtudes, han atraído sobre sí la gracia de Dios, han ayudado a cambiar la mentalidad y el modo de ser (la conversión) a millares y millares de otros hombres y no por la fuerza natural de convicción que poseyeron, ni por sus cualidades personales o dotes intelectuales, sino por la eficacia de esa cualidad sobrenatural que se llama gracia y que muestra el poder de Dios. Son aquellos que la Iglesia denomina y venera como santos.

   La cooperación al bien: lo principal es comprometerse con Dios.

   Aquí es Donoso Cortés quien acierta. Pues si el mal, todo aquello que perjudica a los hombres y les hace sufrir, es una consecuencia del pecado, de la desobediencia y la ofensa humana a Dios que cometemos constantemente los hombres a lo largo de los siglos hasta el fin del mundo sólo comprometiéndonos de verdad con Dios, siendo radicalmente rebeldes ante el mal y combatiendo sin tregua al pecado, sólo oponiéndose a él en todo momento y circunstancia y a toda conducta que contribuya o favorezca el pecado, es el único modo adecuado y eficaz de impedir el triunfo del mal o que el mal, en lugar de crecer, disminuya en el mundo; y si no se puede llamar verdaderamente buenos a los hombres que hayan decidido obrar así, al menos será posible afirmar en justicia, que procuran estar en camino de serlo con todas sus fuerzas. Y no se puede olvidar que al pecado que continuamente introduce el mal en el mundo, no se le vence o rechaza sólo con medios naturales, sino con la ayuda de la gracia de Dios, que es el medio sobrenatural por excelencia.

   También acertó Burke al señalar la pasividad, la dejadez, la nula combatividad, y el desinterés de los “buenos”, los que todavía no han perdido del todo la percepción de la distinción entre el bien y el mal y desean que aquél triunfe sobre éste,  como una de las causas y no de las menos importantes de que el mal vaya inundando, como la marea negra y viscosa que produce el derramamiento de petróleo en el mar, zonas cada vez más amplias de la mentalidad de las personas y del ambiente de la sociedad. Pienso que el pesimismo natural de Donoso no es injustificado, ni la acusación de Burke se limita tan sólo a una aguda ingeniosidad. Desde la aparición del primer hombre sobre la tierra, hay un promotor incansable del mal, que con gran lucidez está empeñado en desbaratar la acción y la ayuda de Dios en las almas de los hombres que es el demonio y hay hombres que, impulsados por su egoísmo no desean dejar de ofender a Dios con el pecado, porque lo pasan bien de momento (como la confesión del viejo marinero en la novela de Chesterton: “El mundo, la carne y el Padre Brown”, en la que, sintiendo cercana la muerte al final de su vida, afirma que se arrepiente de todo el mal que ha hecho, menos de haber tenido una “novia” en cada puerto, porque lo ha pasado muy bien) o se contentan con lo poco que hacen, o se dejan llevar por la corriente sin hacer nada por evitar el triunfo del mal, porque no están dispuestos a comprometerse con Dios, porque éste les exige abandonar su poltronería y complicarse la vida, y no se deciden a pedirle que les ayude para llegar a estar en camino de ser verdaderamente buenos, y estar bien preparados cuando éste les llame a dar el salto definitivo hacia la otra vida.

   No debemos reducir nuestra vida a desarrollar con competencia nuestro trabajo profesional, y a sacar adelante una familia con la innumerable serie de dificultades y problemas que estos ideales de nuestra vida conllevan. Esto es lo básico, lo importante en la vida del hombre, pero no es todo lo que debe hacer. El hombre cristiano debe tomarse cada vez más en serio su fe, orar y tratar a Dios, formarse una conciencia recta, luchar contra el pecado que es el origen de todos los males y, consecuentemente, actuar honestamente en la vida familiar, social y política aportando todo lo que uno puede y sabe, para cooperar con el bien y evitar todo el mal que pueda… confiando en la gracia de Dios.
   Roberto Grao Gracia
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