7.gif

    Desde que Malthus se equivocara, hace ya muchos años, al pronosticar que Inglaterra jamás podría soportar una población superior a diez millones de habitantes, han sido muchos los que continúan repitiendo periódicamente sus mismas y agoreras predicciones. El argumento siempre ha sido el mismo: si la población mundial continúa creciendo, el planeta camina inexorablemente hacia su ruina.

    Sin embargo, si echamos una mirada a la historia, deberíamos ser comprensivos con Malthus. Hagamos un supuesto, remontándonos veinticinco o treinta siglos.

    Si a los íberos que poblaban la ribera del río Manzanares antes de la llegada de los romanos, alguien les hubiera preguntado por la población máxima que podrían admitir aquellas tierras que ellos ocupaban, es muy probable que hubieran asegurado que allí no había caza para alimentar más que a unos pocos miles de personas; y que si hubiera más, se exterminaría a los elefantes y bisontes de que se alimentaban; y no habría madera para construir sus viviendas; y los pequeños campos cultivables serían insuficientes; etc.

    Y si les hubieran dicho que allí, en esa zona en la que apenas había unos cuantos asentamientos dispersos a la orilla del río, tres mil años después iba a haber una ciudad de cuatro millones de habitantes –la actual Madrid–, lo más probable es que pensaran que les estaban tomando el pelo. Pensarían que habría que estar loco para pensar que de aquellas tierras pudiera salir carne, frutas y cereales para alimentar a esa ingente multitud.

    Y sin necesidad de remontarnos tanto, si en 1950 le hubieran preguntado a alguien qué ocurriría si se duplicara la población mundial, probablemente habría dicho que sería una tremenda catástrofe.

    Sin embargo, eso es lo que ha sucedido, y se supone que vivimos algo mejor que entonces. Es más –paradojas de la vida–, resulta que muchos de los problemas de occidente provienen ahora de los enormes excedentes alimentarios, y es frecuente que se subvencione a los agricultores para que no cultiven sus tierras o para que disminuyan el número de cabezas de ganado.

    Los pronósticos aterradores han sido moneda corriente durante los últimos treinta o cuarenta años. Se han vaticinado catástrofes tremendas a la vuelta de la esquina, si alguien no hacía algo para contener el amenazador boom demográfico.

    Una de las más famosas predicciones fue la de los hermanos Paddock, que aseguró que veríamos millones de muertos de hambre en los Estados Unidos. Sin embargo, se topó con una superproducción agraria sin precedentes.

    Tampoco parece que se cumplieran los cálculos de Paul Ehrlich –cuyas tesis fueron durante años un auténtico dogma en todo el mundo–, cuando predijo que en los años setenta estallaría un conflicto a escala mundial, provocado por el agobiante avance de la superpoblación, que causaría cientos de millones de muertes, provocando guerras y violencia, y destruyendo los recursos necesarios para mantener la vida sobre el planeta.

    Todas esas negras profecías han demostrado tener una fuerte carga de ciencia-ficción, pero muy poco de ciencia. Por ejemplo –como señala Robert L. Sassone–, es curioso que los veinte países con mayor escasez de alimentos son países con poca población; o que la mayor parte del terreno potencialmente agrícola siga sin utilizarse; o que las grandes fases de desarrollo de los países hoy más industrializados hayan coincidido con fuertes crecimientos de población.

    Frente a tantos progresos innegables que han acompañado al crecimiento de la población, los profetas del desastre sólo pueden esgrimir riesgos futuros. Pero los fallos de pronósticos anteriores nos advierten de lo poco fiable de esas profecías. No se puede negar que hay bolsas de pobreza en torno a las grandes ciudades del mundo, y que hay regiones en las que hay hambre, desnutrición, problemas de salud, mortalidad infantil, etc. Lo que se trata es de comprender que es algo bastante complejo, y que las causas de esa situación son muchas más que la sola presión demográfica.

    El resultado de muchas victorias sobre la muerte

    Hace diez mil años, el planeta sólo podía mantener a 4 millones de personas, y su esperanza de vida al nacer era de tan solo 20 años.

    En el siglo XIX, nuestro planeta era capaz de mantener a 1.000 millones de personas, y su esperanza de vida rondaba los 30 años.

    Ahora, viven 6.000 millones de personas en la tierra, y viven más tiempo y con más salud que nunca. La esperanza de vida alcanza casi los 80 años en los países desarrollados, y oscila entre 45 y 60 años en los países más pobres.

    Este avance ha sido posible sobre todo gracias a la reducción de las tasas de mortalidad, que se deben fundamentalmente a las grandes mejoras en la agricultura, la sanidad y la medicina.

El incremento de la población mundial 

es el resultado de muchas victorias 

de la humanidad sobre la muerte. 

    Lo normal –afirma Julián L. Simón– sería que todos los filántropos dieran saltos de alegría al presenciar este triunfo de la mente humana y de la organización sobre las fuerzas de la naturaleza causantes de la muerte. En cambio, muchos se quejan de que hay demasiada gente viva para disfrutar de ese don, y se empeñan en implantar duras campañas de control de natalidad.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

Otros temas relacionados:
Pinceladas pedagógicas 
La indisciplina escolar 
Otros artículos sobre la TOLERANCIA 

Enviar a un amigo