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    Algunos reconocen que el embrión es un adulto en potencia, necesitado de cierto respeto, sí, pero apenas hacen nada por protegerlo. Utilizan la expresión en potencia como una curiosa pirueta del lenguaje, puesto que manipular un ser humano en potencia es manipular un ser humano, de la misma manera que manipular un bebé –es un adulto en potencia– es también manipular a un ser humano.

    El hecho de que un ser humano esté aún en proceso de formación no atenúa un ápice la responsabilidad de eventuales manipulaciones, sino más bien lo contrario: tiene el agravante de ser la violación de un indefenso.

Para llegar a unas normas éticas serias 

sobre la vida humana, 

es necesario precisar 

qué es el hombre. 

    Y ahí acaba siempre por plantearse una cuestión inexcusable: una de dos, o el hombre es digno del máximo respeto –y más cuando está comenzando a existir bajo la forma misteriosa y frágil de un embrión–, o no es más que un conglomerado de partículas, en cuyo caso no hay objeción alguna a que se manipule para un supuesto provecho y mejoramiento de la especie, como se hace con los animales o las plantas.

    Quizá corresponda a la presente generación, por el momento histórico actual, pronunciarse con vigor sobre la esencia misma del hombre. Defender aquello que lo hace diferente de los animales. Condenar las prácticas que pretenden manipularlo desde su concepción, o incluso antes, actuando sobre sus células reproductivas.

    No se trata de ciencia-ficción ni de pesadillas apocalípticas. La programación de abortos para trasplantes de células fetales mediante vivisección, el alquiler de vientres maternos, la utilización industrial de embriones, la clonación, la implantación de embriones humanos en animales para la gestación, la creación de híbridos de células animales y humanas, etc., son problemas hoy muy reales, como reales son las serias consecuencias que tienen y pueden tener más adelante para el hombre.

    Quizá se acuse a las normas éticas de que limitan la investigación y entorpecen el progreso de la ciencia. Pero nunca esa justificación será excusa para dejar campo libre a que una multitud de manipuladores se entregue a las experiencias más degradantes.

    De la clonación al fascismo científico

    La aplicación a embriones humanos de técnicas empleadas para conseguir clones de animales, ha levantado en los últimos años una gran polémica en torno a las prácticas con embriones.

    Se argumenta, con razón, que la clonación humana puede degenerar fácilmente en aberraciones asombrosas:

·         Los niños pueden ser elaborados en la probeta y luego congelados, hasta que a los padres –a la madre o al padre– les venga bien.

·         Se puede fabricar un solo niño, o varios en serie, lo cual proporciona indudablemente una mayor seguridad, puesto que así siempre se pueden tener niños de repuesto para el caso de que el primero elegido sufra algún lamentable accidente (o por si hacen falta piezas de repuesto, si el hijo resulta tener algún fallo de fábrica).

·         Evidentemente, los niños que en su desarrollo embrionario manifiesten algún defecto, son inmediatamente eliminados (la calidad es lo que cuenta).

·         Se puede elegir el sexo, y quizá dentro de poco, la estatura, el color del pelo o de los ojos, y hasta el coeficiente intelectual. Se podrían crear personas que carecieran genéticamente de algunas características, o que tuvieran otras: por ejemplo, una raza de personas dóciles, que se dedicaran a las tareas más desagradables de la sociedad.

    Algunos aseguran que mediante este tipo de técnicas se podría conducir a la raza humana a un tipo de perfección previamente programada. Pero los riesgos de semejantes manipulaciones son imprevisibles, sobre todo pensando en lo diversas que pueden ser en esos programadores las ideas particulares de lo que es la perfección.

    En todos estos procesos se vulnera un derecho humano fundamental: el derecho que cada uno tiene a su propio y original patrimonio genético, sin interferencias que puedan perjudicar su integridad.

    Todos esos groseros pragmatismos son insensibles al valor dignificante de ser uno mismo, diferente de los demás. Cada ser humano tiene derecho a una unidad genética no compartida con otro, tiene derecho a no venir al mundo con un código genético programado por los deseos o expectativas de sus padres o de la sociedad.

    En el niño a la carta, la voluntad de los progenitores –o de los productores, puesto que no siempre serán encargados por los progenitores– suplanta el legítimo interés de todo ser humano de ser él mismo, y de autodescubrirse en su propio proceso de desarrollo personal.

    Sobre la existencia de las personas nadie tiene derecho alguno, pues entonces serían cosas y no personas.

La técnica puede lograr muchas cosas, 

pero no todo lo que mediante ella 

se puede alcanzar es bueno. 

No se debe hacer todo lo que se puede hacer. 

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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