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     El Libro de los Muertos es el nombre dado en general, a una amplia colección de textos funerarios de la antigua civilización egipcia, muy anterior a la actual dominación árabe, redactados en diferentes épocas y que contienen fórmulas mágicas, himnos y oraciones que, recitaban los sacerdotes egipcios en nombre de los muertos,  que tenían por objeto ayudar, guiar y proteger el alma (Ka) durante su viaje a la región de los muertos (Amenti).  La declamación de estos textos, permitía al alma protegerse de los malos espíritus que intentaban impedirle su progresión y pasar las pruebas establecidas por 42 jueces en la antesala de Osiris, dios de los muertos. En estos textos se indica que la felicidad en el más allá de la muerte, dependía de la vida que hubiera llevado el difunto en este mundo. Los primeros textos religiosos conocidos de carácter funerario, se encontraron en jeroglíficos esculpidos en los muros interiores de las pirámides de los faraones de la V y VI Dinastía del Imperio antiguo, a los que se conoce como Textos de las Pirámides. 

        Un famoso ejemplo se encuentra en la pirámide de Unas (faraón que reinó entre los años 2.428-2.407 antes de Cristo), último de la V Dinastía. Durante el primer periodo intermedio y en el Imperio Medio, algunos individuos tenían estos textos pintados en sus ataúdes, de ahí que se conocieran al principio como Textos de los Ataúdes. Hacia la XVIII Dinastía los textos empezaron a escribirse en papiros, que se colocaban dentro de los sarcófagos en los que se colocaban los cadáveres cuidadosamente embalsamados. Estos papiros, solían medir entre 15 y 30 metros y tenían ilustraciones en color.

         Esta completa colección de textos mortuorios ha superado tres revisiones o recensiones críticas: la recensión Heliopolitana, editada por los sacerdotes de Heliópolis, con textos redactados entre la V y la XII Dinastía; la recensión de Tebas, de textos utilizados entre la XVIII y XXII Dinastía, y la recensión Saite, de textos utilizados desde la XXVI Dinastía, hacia el año 600 antes de Cristo, hasta el final de la época Ptolemaica, en el año 31 a. C. El título de Libro de los Muertos, puede inducir a confusión, ya que los textos no forman un trabajo único que tenga una continuidad, ni pertenecen a un solo periodo. Los egiptólogos a menudo citan esta obra para referirse a las dos últimas recensiones. Algunas de sus partes han sido traducidas con diferentes títulos.

        Osiris fue una de las principales divinidades de la mitología egipcia. Originalmente fue el dios local de la ciudad de Abidos. Representaba a las fuerzas masculinas productivas de la Naturaleza y se identificaba con la puesta del sol. Era considerado el soberano del reino de los muertos en la misteriosa región del más allá de la muerte de los hombres. Osiris era hermano y marido de Isis, diosa de la tierra y la luna, que representaba las fuerzas femeninas productivas también de la Naturaleza. Según la mitología, Osiris, como rey de Egipto, encontró a su pueblo sumido en la barbarie y le enseñó la Ley, la Agricultura, la Escritura, la Religión, y sentó las bases de la civilización egipcia. Fue asesinado por su malvado hermano Set, quien cortó su cuerpo en pedazos y dispersó los fragmentos. Isis, sin embargo, encontró y enterró sus fragmentos y llegó a venerarse después cada lugar de enterramiento como suelo sagrado. Su hijo Horus, que nació de Osiris transitoriamente resucitado, vengó la muerte de su padre matando a Set y después ascendió al trono (obsérvese la similitud con la historia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, obra del dramaturgo inglés W. Shakespeare). Osiris vivió en el submundo como soberano de los muertos, pero gracias a Horus, se le consideraba también como fuente y origen de la vida renovada.

        En la Bridgeman Art Library de Londres, existe una ilustración del Libro de los Muertos, que es el ejemplo más antiguo que se conoce de un texto ilustrado  y representa las escenas del recorrido del alma después de la muerte. La hora de la verdad llegaba para lo egipcios, cuando después de la muerte, el alma, representada por la figura de un egipcio, es llevada de la mano por el dios chacal Anubis (un ser humano con cabeza de chacal), para ser pesada en una balanza (el alma tenía que ser tan ligera como una pluma) y ser presentada después ante Osiris, quien, acompañado de su esposa Isis, dictaba la sentencia del alma, según las obras buenas o malas pesadas en la balanza, de su vida anterior en la tierra, antes de su muerte.

        Un fragmento del Libro, capítulo 125 del Imperio Nuevo, del siglo XIII antes de Cristo, dice así: “Traigo en mi corazón la verdad y la justicia, pues he arrancado de él todo mal. No he hecho sufrir a los hombres. No he tratado con los malos. No he cometido crímenes. No he hecho trabajar en mi provecho con abuso. No he maltratado a mis servidores. No he blasfemado de los dioses. No he privado al necesitado de lo necesario para su subsistencia. No he hecho llorar. No he matado ni mandado matar. No he tratado e aumentar mis propiedades por medios ilícitos, ni de apropiarme de campos de otro. No ha manipulado las pesas de la balanza. No he mentido. No he difamado. No he escuchado tras las puertas. No he cometido jamás adulterio. He sido siempre casto en la soledad. No he cometido con otros hombres pecados contra la naturaleza. No he faltado jamás al respeto debido a los dioses”.

        Sorprende y asombra comprobar, en este texto del Egipto milenario, (alrededor de 1.300 años antes de Cristo) la lucidez con que se expresa el conocimiento del bien y del mal, que consiste en que, sin referirse a ninguna ley escrita, el corazón de los egipcios sabía distinguirlos claramente en sus acciones. Es lo que nosotros, ya en siglos posteriores, denominamos Ley Natural, que es la participación de la Ley Eterna, impresa en el corazón de cada hombre que, sin ningún conocimiento previo, sabe desde su interior cuándo obra bien y cuándo obra mal. Esta Ley, no es un invento de la cultura humana, sino un descubrimiento que cada hombre realiza dentro de sí, que aunque intente a veces ocultarlo, no puede menos que reconocerlo cuando recapacita serenamente. Este reconocimiento es evidente y por lo tanto, no necesita demostración. Por eso decía Aristóteles que, si alguien dijese que se puede matar a la propia madre, no merece argumentos sino azotes.

Roberto Grao Gracia

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