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 El libro de Armand Nicholi, La cuestión de Dios, confronta a ambos autores: el padre de la psicología moderna y el gran difusor del “mero cristianismo”.   En conocimiento del alma y la psique humana, C.S. Lewis no le iba a la zaga a Sigmund Freud. Tanto en teoría como en experiencia práctica.  

 Famosísimo desde los años 50 en el mundo anglosajón, C. S. Lewis dará el salto a la fama en España estas Navidades con la primera película basada en sus cuentos de Crónicas de Narnia. Padres y maestros tendrán que conocerlo, como conocen a J.K. Rowling por su Harry Potter y a J.R.R. Tolkien por El Señor de los Anillos. Pero Lewis se diferencia de estos autores en que ya hace años que circulan con éxito en España sus libros de apologética y de reflexión cultural y literaria. Creemos no equivocarnos al augurar que muy pronto puede ser tan popular en España como en el mundo anglosajón, donde tiene talla de gigante… y donde nadie se escandaliza de que se le ponga en contraste con el mismísimo Sigmund Freud. Un encuentro improbable   ¿Se encontraron alguna vez C. S. Lewis y Freud? El psiquiatra vienés vivió 15 meses en Inglaterra, y quizá pudieron haberse encontrado en 1939. Para entonces, Lewis tenía 40 años y hacía unos 10 que era cristiano, la mayor parte de sus obras más populares aún no estaban publicadas. En cambio, Freud ya tendría 82 años y su fama y obra estaban consolidadas.

   Pero si este encuentro no sucedió en vida, Armand Nicholi lo ha llevado a cabo en el papel, en su libro La cuestión de Dios (en España editado por Rialp), en la que contrapone a Lewis y Freud y sus visiones de la moralidad, la verdad, el amor, el sexo, Dios… Nicholi ha enseñado sobre Freud unos 30 años en la Universidad de Harvard, y su curso contrastando a Freud y Lewis ha sido siempre muy bien valorado por los estudiantes.

   Freud fue al comportamiento humano lo que Darwin a la biología y Marx a la economía, un padre de la sospecha y un gurú del materialismo. Para Nicholi, sin embargo, C. S. Lewis resulta un pensador capaz de contrarrestar los argumentos freudianos. “Cuando Lewis era ateo leyó las obras de Freud y usó sus obras filosóficas como una defensa de su ateísmo; tras su conversión, muchos de los argumentos que respondió eran aquellos mismos que Freud había formulado y que el mismo Lewis había usado como ateo”, explica Nicholi.

   Se trata de personas y de sus experiencias
   Una clave de este libro es que no trata de argumentos, sino de personas. Como psiquiatra, Nicholi se pregunta por el itinerario, las experiencias vitales que moldearon a ambos pensadores. Sigismund Schlomo Freud fue un niño judío ortodoxo criado por un aya católica, cariñosa, que le fue arrebatada a tierna edad. A los 10 años vio lo que el antisemitismo hacía sufrira  su padre, a quien empezó a ver como un cobarde. Siendo adolescente leyó a Feuerbach y su argumento de que “la religión es simplemente la proyección de una necesidad humana, el cumplimiento de deseos profundamente asentados”. Según Nicholi, pasó el resto de su vida enlazando las heridas emocionales de su relación con su padre con las implicaciones de la idea de Feuerbach.

   A su vez, “Jack” Lewis era un irlandés del norte, avergonzado por los sermones llorosos y emocionales de su padre. A los 9 años, cuando murió su madre, Lewis y su hermano fueron enviados por el padre, ya siempre triste, a un internado dirigido por un sádico. Siendo joven vio los horrores de las trincheras en la Primera Guerra Mundial y allí perdió su mejor amigo. Su infancia dura lo alejó de Dios y en  su adolescencia adoptó un ateísmo beligerante. Intelectual, introspectivo, crítico con los demás, tendiente a la depresión, pesimista y hostil a la autoridad, el Lewis pre-cristiano se parecía mucho a Freud.

   Pero al pasar de los años encontramos un Lewis creyente y feliz, sin necesidad de méritos humanos (rechazó la Orden del Imperio Británico, condecoración que aceptó, por ejemplo, su amigo Tolkien… pese a ser igual de crítico con el Imperio). Mientras tanto, el Freud anciano es un hombre agrio, que ve a sus antiguos discípulos como enemigos, y molesto porque no recibe condecoraciones como el Premio Nobel, que cree merecer.

El escritor de fantasías, un realista

   Los argumentos sobre el significado del sexo, el amor, el sufrimiento y la vida, siempre tienen que ver con nuestra propia experiencia. Freud, que luchaba contra la religión que le parecía una ilusión, aparece en el libro como un buscador de sentido y aceptación, pero siempre cegado y distraído. Lewis, autor de cuentos para niños y fantasías, aparece como un hombre realista, con gran capacidad para analizarse y entenderse a sí mismo.

   Resulta curiosa su relación con el sexo. Freud, el “padre de la liberación sexual”, no se casó hasta los 30 años y vivió una perfecta abstinencia durante todo un noviazgo de 4 años. Ya casado, fue siempre fiel a su mujer y había temporadas en que el matrimonio Freud se abstenía de mantener relaciones. Por el contrario, Lewis insistirá como cristiano siempre en la necesidad de controlar los apetitos; ya antes de su conversión era consciente de dejarse llevar por la lujuria y la ira y en “Sorprendido por la alegría” explica que cometió todos los pecados menos la homosexualidad y el juego, por los que nunca se sintió tentado. Su conversión le aportó serenidad y se casó a los 50; el matrimonio fue tremendamente romántico y emotivo, también en lo sexual. “Parecíamos una pareja de luna de miel con 20 años”, escribiría muy contenta su mujer.

El trabajo y la felicidad

   Ambos fueron muy trabajadores y escritores prolíficos. Freud siempre quiso ser famoso, y ya con 17 años dijo a un amigo que guardase las cartas que Freud escribía, que algún día serían cartas de una persona importante. El joven Lewis también escribía pensando en llegar a la fama, pero tras su conversión le parecía que querer ser famoso como escritor era una falta grave. Descubrió que si se concentraba en escribir despreciando el reconocimiento obtenía buenos escritos y, sin esforzarse, también reconocimientos inesperados. Por otra parte, nunca dudó en poner su fama al servicio de otros amigos. Así, El Señor de los Anillos de Tolkien se benefició de las buenas críticas y recomendaciones públicas de Lewis que ayudaron a las ventas de la nueva, gorda y extraña novela de su amigo de Oxford.

   En cuanto a vivir la felicidad, los contrastes entre ambos son grandes. El joven Freud, en sus años veinte, afrontaba depresiones consumiendo cocaína. Relacionó siempre felicidad con placer y placer con gratificación instantánea. Como ésta siempre es limitada, dedujo que no es propio del ser humano vivir feliz, aunque no fue infeliz con su matrimonio y sus hijos. Lewis, por su parte, tras una juventud pesimista y desesperanzada, cambió con su conversión. Toda su autobiografía se centra en su descubrimiento de la “alegría”, del gozo. Dijo que la mitad de su felicidad venía de sus amigos (muchos, a los que atendía, perseguía y reunía en grupos literarios como los Inklings). La otra mitad consistía en disfrutar con placeres sencillos (pasear, leer, desayunar, charlar) a partir de su renovada relación de agradecimiento con el Creador.

   Sin duda, la ciencia de Freud y sus discípulos ha cambiado nuestro siglo XX y también parte del XXI, pero sólo ahora, en el mundo anglosajón y también en el hispano, estamos viendo cuál va a ser la influencia a medio y largo plazo del legado y pensamiento de C.S. Lewis… y las películas y novelas de las Crónicas de Narnia no vana  ser el menor.
   La cuestión de Dios,de Armand Nicholi, ahora que ya circula en español, también aportará su (gran) granito de arena.
Pablo J. Ginés. Con la autorización de:  www.forumlibertas.com 

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