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   Preocupados por los aspectos legales y por su situación de pareja, los padres suelen relegar a un segundo plano las repercusiones emocionales que produce la separación de los hijos. 

   Niños y adolescentes, que han sido testigos de peleas y conflictos, se encuentran repentinamente con la determinación de los adultos. Y, casi siempre, sin demasiadas explicaciones a cambio. 

   Las secuelas que puede dejar un proceso de divorcio son difíciles de generalizar. Cada niño es un mundo, pero generalmente de tres a cinco años, los pequeños tienen miedo a ser abandonados por sus padres, se vuelven más caprichosos, se dejan llevar por rabietas, se hacen pis, empiezan a dormir mal; se seis a doce años, su carácter es más retraído, agresivo, pueden tener problemas escolares, añoran al padre con el que no conviven y fantasean con que su familia vuelve a estar unida.

   En la adolescencia, lo más frecuente es que adopten un papel de adulto que no les corresponde o que tomen partido y rechacen a uno de sus progenitores. El niño que antes era sociable, se vuelve huraño; el que llevaba un buen rendimiento escolar, repentinamente sufre un bajón… Es en estos momentos cuando hay que sospechar que nuestro hijo puede estar atravesando un cuadro depresivo. 

   En los casos más conflictivos, la separación puede conducir al chaval a una grave pérdida de autoestima y hacerle afrontar la vida adulta con una precariedad de ánimo y temor ha hacerse mayor, lo que se denomina el síndrome de Peter Pan. 

   Psicólogos y psiquiatras coinciden en que la mejor forma de evitar estas situaciones es comunicarse abiertamente con los hijos. Aunque sean pequeños, hay que contarles lo que va a pasar y tranquilizarles sobre su futuro. Y sobre todo, dejarles muy claro que la separación de la pareja no significa la separación como padres. 
   N. Ramírez. ABC 30-I-2000

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