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   Después de la aprobación por los diputados holandeses de un marco legal para la eutanasia, la Academia Pontificia por la Vida ha publicado una declaración sobre “El respeto a la dignidad del moribundo” (L’Osservatore Romano, 12 diciembre 2000).


   La Academia sale al paso de la campaña para legalizar la eutanasia, la cual se apoya en dos ideas fundamentales: “el principio de autonomía del sujeto, que tendría derecho a disponer de manera absoluta de su propia vida; y la convicción más o menos explícita del carácter insoportable e inútil del dolor que a veces puede acompañar a la muerte”. 
   Respecto al principio de autonomía, la Academia mantiene que “no puede justificar la supresión de la vida propia o ajena”. El individuo “solo logrará afirmarse a sí mismo reconociendo (incluso en una perspectiva meramente racional) que ha recibido la vida como un don, por lo cual no puede disponer de ella como dueño absoluto; suprimir la vida, en definitiva, supone destruir las mismas raíces de la libertad y de la autonomía de la persona”.

   En cuanto al dolor, el documento recuerda que “hoy más que nunca es un dolor tratable con los medios analgésicos adecuados y con los cuidados paliativos proporcionados”. El hecho de que un enfermo grave pida que se anticipe su muerte “casi siempre constituye la traducción extrema de un angustioso deseo de recibir más atención y acompañamiento humano, junto a las curas proporcionadas, elementos que a veces faltan en los hospitales de hoy”. 

   A este respecto, la Academia cita un anterior documento vaticano: “El enfermo que se siente rodeado de una presencia amorosa humana y cristiana no cae en la depresión y en la angustia de quien se siente abandonado a su destino de sufrimiento y de muerte y pide que acaben con su vida. Por eso la eutanasia es una derrota de quien la teoriza, la decide y la practica” (Carta a los agentes sanitarios, n. 149).

   La Academia se pregunta si “bajo la justificación del carácter insoportable del dolor del paciente no se esconde la incapacidad de los sanos para acompañar al moribundo en su difícil tránsito de sufrimiento, para dar sentido al dolor humano –que nunca es totalmente eliminable de la experiencia de la vida humana aquí abajo–, y una especie de rechazo de la misma idea de sufrimiento, rechazo cada vez más difundido en nuestra sociedad del bienestar y del hedonismo”.

   “La línea de comportamiento hacia el enfermo grave y el terminal deberá inspirarse en el respeto a la vida y a la dignidad de la persona; deberá utilizar las terapias proporcionadas, sin incurrir en ninguna forma de ‘encarnizamiento terapéutico’; deberá saber cuál es la voluntad del paciente cuando se trata de terapias extraordinarias o arriesgadas –a las cuales no se está moralmente obligado–; deberá asegurar siempre las curas ordinarias (incluidas la nutrición e hidratación, aunque sean por medios artificiales) y centrarse en los cuidados paliativos, sobre todo en la adecuada terapia del dolor, favoreciendo siempre el diálogo y la información del enfermo”. 

   Cuando la muerte es ya inminente e inevitable, “es lícito tomar en conciencia la decisión de renunciar a tratamientos que procurarían solo una prolongación precaria y penosa de la vida, porque hay una gran diferencia ética entre ‘provocar la muerte’ y ‘permitir la muerte’; la primera actitud rechaza o niega la vida, la segunda acepta su final natural”.

   La Academia apela a las formas de asistencia del enfermo a domicilio, al apoyo psicológico y espiritual de los familiares, de los profesionales sanitarios y de los voluntarios, con la convicción de que “la atmósfera de la solidaridad fraterna disipa y vence la atmósfera de la soledad y la tentación de la desesperación”. En particular, “si es acogida la asistencia religiosa –que es un derecho y una ayuda preciosa para cada paciente y no solo en la fase terminal de la vida–, trasfigura el propio dolor en acto de amor redentor y la muerte en apertura hacia la vida en Dios”.(c) Aceprensa (www.aceprensa.com). Reproducido con autorización. Otros temas relacionados:
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