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   Las propuestas de legalización de la eutanasia invocan el derecho a una “muerte digna”, argumento menos novedoso de lo que se cree. Pero si se trata de consagrar el principio de autodeterminación por encima de todo, cualquier criterio de racionalidad que establezca condiciones será una limitación insostenible. El conocido filósofo alemán Robert Spaemann analiza esta cuestión en un ensayo recogido en su libro recién traducido Límites. Acerca de la dimensión ética del actuar (1).


 
   Ofrecemos una selección de párrafos del capítulo dedicado a la eutanasia.

   12/11/2003.-
   Dos factores fortalecen hoy la reclamación de legalizar la eutanasia. En primer lugar, el enorme aumento de las posibilidades de prolongar la vida mediante aparatos. (…) La decisión de no hacer uso de estos medios o de dejar de usarlos en algún momento parece equivalente a matar por omisión, sobre todo si el paso de la acción a la omisión sólo puede llevarse a cabo mediante una nueva acción, por ejemplo desconectando una máquina. Pero puesto que una decisión así resulta a menudo plausible, y en ocasiones sencillamente inevitable, es natural que se pregunte en qué se diferencian entonces tal omisión y la “ayuda activa a morir”. ¿Qué diferencia hay –se pregunta Peter Singer– entre que una madre ahogue a su hijo con una almohada o lo deje morir de sed? Ahí se supone que dejar morir de sed y renunciar a la conexión a una máquina de respiración artificial es el mismo tipo de omisión sólo porque ambos llevan a la muerte.

   El otro y decisivo factor descansa en una tendencia fundamental de la civilización occidental que considera, por una parte, que divertirse, o al menos sentirse bien, es la meta suprema del hombre, y por otra que el deber moral supremo es optimizar el mundo mediante el aumento de la cantidad de sentimientos agradables. (…) El sufrimiento ha de ser eliminado a cualquier precio. Y cuando no puede ser eliminado de otra forma que mediante la eliminación del que sufre, esto último es lo indicado. (…)

   “Por favor, ahí tiene la salida”

   El intento de liberarse del sufrimiento tiene siempre por objetivo la vida liberada. Pero ¿quién es el sujeto de una “liberación de la vida”? Nadie puede impedir a los seres humanos que se consideren a sí mismos como meros medios. Y en la mayor parte de los casos el suicidio es de hecho expresión de una debilidad extrema y de una menguada conciencia de los propios actos. Cuando es considerado como una acción legítima, o incluso como expresión de la dignidad humana, se produce irremisiblemente una funesta consecuencia que la legalización de la ayuda activa a morir refuerza aún más.

   Cuando la ley permite y la moral aprueba que uno se mate o haga que le maten, de repente el viejo, el enfermo, el necesitado de cuidados se vuelve responsable de todos los esfuerzos, costes y privaciones que sus parientes, cuidadores o conciudadanos hayan de asumir por él. Ya no es el destino, la moral o la obvia solidaridad lo que exige de ellos ese sacrificio, sino que es la propia persona necesitada de cuidados la que se lo impone, puesto que podría fácilmente librarlos de ello. Hace a otros pagar el hecho de que es demasiado egoísta y cobarde para hacerse a un lado. ¿Quién querría seguir viviendo en tales circunstancias? Del derecho al suicidio surge inevitablemente un deber.

   Si hay algo apropiado para hacer que el que sufre observe su vida como vida que no merece ser vivida, eso es la insolidaridad de la sociedad mediante la rehabilitación moral del suicidio y la legalización de la muerte a petición, es decir, mediante la indicación tácita: “Por favor, ahí tiene la salida”.

   ¿Quién decide?

   El paso de la muerte a petición a la muerte no solicitada es, por lo demás, igual de consecuente que el paso de la aceptación social del suicidio a la legalización de la muerte a petición. La muerte a petición suele apoyarse en el inalienable derecho a la autodeterminación. Pero si esto se pensara en serio, entonces habría que cumplir cualquier deseo de morir de una persona adulta, consciente de sus actos e informada. No obstante, de hecho, esto no lo pide nadie. Siempre se establece la limitación de que la ayuda activa a morir sólo se puede otorgar cuando las razones del deseo de morir son “racionales”: racionales significa ahí comprensibles para quien debe prestar esa ayuda. Y para muchos únicamente es comprensible la razón de la enfermedad incurable.

   Pero una limitación como ésa no tiene nada que ver con el principio de autodeterminación, lo contradice incluso. ¿Por qué no debería tener toda persona derecho a determinar por sí mismo los criterios para valorar su vida? ¿Por qué debería discriminarse el “suicidio como resultado de un balance”? ¿O el suicidio por penas de amor? (…)

   ¿Y quién pretende decidir si es irracional considerar la suma de felicidad de la vida como negativa por principio, y matarse por tanto? Si no partimos de que el suicidio es siempre irracional, todo criterio de racionalidad que establezca diferencias y matices representará una injustificable tutela. Si lo que en último término importa no es la autodeterminación como tal, sino la racionalidad del deseo de morir y si sobre esa racionalidad pueden decidir terceros, entonces estos terceros, en caso de incapacidad para autodeterminarse del candidato a morir, pueden también decidir sobre su vida en salvaguarda subsidiaria de su “interés bien entendido”. De este modo se ha logrado ya el paso de la muerte a petición a la muerte no solicitada, ¡y que Dios se apiade de nosotros si perdemos la razón o nos quedamos demasiado débiles para defendernos!

   La ficción de la “decisión voluntaria”

   Hoy sabemos que en la inmensa mayoría de los casos el deseo de suicidarse no es consecuencia de daños corporales y dolores extremos, sino la expresión de la situación de sentirse abandonados. La medicina paliativa ha hecho tales progresos que los dolores son casi siempre controlables en todo estadio de la enfermedad y no alcanzan el umbral de lo insoportable. En la mayor parte de los casos también la dedicación intensiva cambia el deseo de suicidarse: la conciencia de que a alguien le importa que yo siga ahí. El médico representa ante el paciente la afirmación de su existencia por la comunidad solidaria de los vivos, aun cuando no se le fuerce a vivir. Precisamente en la situaciones de fragilidad anímica es cuando es catastrófica la conciencia de que el médico o el psiquiatra podrían especular con mi deseo de quitarme de en medio y esperar secretamente poder llevar a cabo ese deseo.

   En vista de las crecientes posibilidades de la medicina, la deontología médica ha de desarrollar criterios de normalidad, criterios de lo que debemos a toda persona, y precisamente a viejos y a enfermos, en dedicación, cuidados y asistencia médica básica; y criterios de lo que, por el contrario, hay que hacer depender de la edad, las perspectivas de curación y las circunstancias personales. (…) El movimiento hospice (centros para atención de enfermos terminales), y no el movimiento en favor de la eutanasia, es la respuesta humanamente digna a la situación en que nos encontramos. Cuando el morir no se entiende y se cultiva como parte del vivir, ese es el comienzo de la civilización de la muerte.
   Con la autorización de: www.aceprensa.com

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