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   La familia, uno de los bienes más preciosos de la humanidad, es un tema que preocupa a toda la sociedad. Otra cosa es que esa preocupación se dirija a su defensa o que se tienda a su deformación e incluso a su destrucción sistemática.


   El Papa Juan Pablo II, al abrir la exhortación apostólica “Familiaris Consortio” (1981), señala que “La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura”. En el año 2004 la situación no ha mejorado. La vida de las personas está decisivamente condicionada por la cultura de la sociedad en que vive, y en España esa cultura, surgida de un planteamiento que ignora o rechaza el valor trascendente de la persona humana, va adquiriendo progresivamente unas características del todo paganas.
   En el mundo no faltan voces positivas, como lo expresado recientemente por un grupo de parlamentarios del PAN mejicano: “La familia es el elemento más íntimo e importante de la sociedad y constituye el núcleo central para lograr el desarrollo integral de sus miembros, es el sitio donde se adquieren las bases para convertirse en ciudadano. El mejoramiento integral de la familia representa, por sí mismo, el avance cualitativo de toda la sociedad”.   Pero tampoco faltan voces ni hechos negativos. Desde la falsedad en la noticia del contenido del Directorio pastoral del Episcopado español, recién publicado, falseado por “opinadores profesionales” que seguramente no han leído su contenido; hasta algunas medidas legales – tales como la equiparación de las uniones homosexuales al matrimonio -, que no solo van contra la familia y los hijos, sino también contra la misma sociedad, minándola en su fundamento. Pasando por “lobbies” que presionan, el totalitarismo de determinadas ideologías y grupos que controlan las instituciones, o una sociedad en la que, en demasiados ambientes, la sola mención al cristianismo se valora negativamente como algo sin vigencia.   En una sociedad en la que se apela a los poderes públicos para que atiendan todas las circunstancias que pueden presentarse problemáticas, y aun simplemente incómodas, lleva – lo que es un grave error – a que la persona se inhiba de la responsabilidad moral que tiene de contribuir personalmente a la atención de esos problemas en la medida de sus posibilidades. La defensa de la vida en todo el ciclo vital, la defensa del matrimonio tradicional como institución no aplicable a cualquier otra forma de unión, ha de comenzar desde la persona.   La disolución del matrimonio conlleva la marginación de los ancianos, quiebra la identidad de los niños, al faltarles su conexión con el pasado, y siembra la semilla de lo que será su futuro de soledad. La vida familiar, como transmisora de experiencias generosas se trastoca.

   Ante esta situación, en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, y ante la duda o ignorancia de muchos respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar, responder con el silencio es irresponsable y suicida, y menos con una adaptación a las costumbres y valores culturales que tratan de imponerse, que supondría aceptar un grave error moral.

   Diagnosticar un mal no es suficiente. Por ello, se hace sentir la necesidad de la valentía para anunciar la verdad del hombre, audacia para nadar contra esa corriente que algunos llaman signo de los tiempos. Es una llamada al “Duc in altum” que hace el Papa en su carta “Al comienzo del nuevo milenio”, expresión puede traducirse por: “sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial”; es la llamada que tantas familias siguen para vivir la cultura del amor; para, mediante el testimonio de su vida, crear un ambiente que favorezca la educación integra personal y social de los hijos, comenzando desde el inicio de la vida. El derecho educativo de los padres es esencial, insustituible e inalienable, por tanto no puede ser delegado ni usurpado por ningún poder político.

   El matrimonio cristiano es un camino de santidad en la Iglesia, es decir, camino a la plenitud del amor y al compromiso por la extensión de Reino de Dios. El Papa ha repetido en diversas ocasiones “pido que por parte de todos se desarrolle una acción pastoral específica más enérgica e incisiva”. En esta línea, la Conferencia Episcopal Española emitió la Instrucción Pastoral del año 2001, que proyecta una mirada a nuestra sociedad y nuestra cultura, desde la fe en Dios y el aprecio por el ser humano; una proclamación de la verdad y la belleza del matrimonio, de la familia y de la vida humana. Por último, está el Directorio hecho publico en los primeros días de febrero.

   Esas indicaciones son ayuda que no mengua nuestra responsabilidad como miembros de una familia para salir en su defensa. Este año, con la conmemoración del décimo aniversario del “Año Internacional de la Familia” de la ONU, volverá a ser una buena ocasión para empeñarse en que se reconozcan y tutelen los derechos de la familia y conseguir que se irradie en la sociedad una cultura y un consenso más favorable a los valores de la vida, del matrimonio y de la familia, como se señala en la ”Carta de los Derechos de la Familia”.
   AGUSTÍN PÉREZ CERRADA 
DOCUMENTOS DE INTERÉS 
– “Familiaris Consortio”, Exhortación apostólica de Juan Pablo II, de 22 noviembre de 1981- Carta de los Derechos de la Familia, presentada por la Santa Sede el 22 de octubre de 1983.
– Carta a las Familias, Juan Pablo II, del 2 de Febrero de 1994
– Al Comienzo del nuevo milenio, carta apostólica de Juan Pablo II, del 6 de enero de 2001.- La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, del 22 abril 2001 – Directorio de la pastoral familiar de la iglesia en España, de la Conferencia Episcopal Española, 21 de noviembre de 2003

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