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   Observando la vida familiar nos encontramos con madres y padres que no consiguen que sus hijos les obedezcan. Una madre se quejaba de que su hijo le contestaba, le respondía con palabrotas y no hacía nada de los que le decía. Otra madre le preguntó: ¿Qué edad tiene el chico? Pues tres años -le contestó. A lo que interpuso: Pues si ahora no logras educar a tu hijo, ¿qué pasará cuando tenga catorce o dieciséis años?


   Este mismo problema de falta de autoridad también se da entre los profesores. ¿Por qué unos son respetados y consiguen una clase silenciosa donde se trabaja y se estudia con aprovechamiento y otros profesores no consiguen hacer callar a sus alumnos, se insultan entre ellos, hacen ruidos y apenas puede dar la clase en condiciones aceptables?
   Hay una serie de factores que desembocan en la pérdida de autoridad tanto de los padres como de los profesores. Una de ellas es dar muchas órdenes, sin esperar que se cumplan. Alguien decía que la escuela es el lugar donde más órdenes se dan y donde menos se cumplen. Los alumnos o los hijos adquieren el hábito de no hacer caso a lo que se les dice.

   Otro factor que perjudica la autoridad es mostrarse dubitativo, son convicciones personales fuertes con poca seguridad en sus razonamientos.

   Pero el aspecto más negativo es imponer la dictadura familiar. Empeñarse en que los chicos obedezcan “porque si”, sin darles las necesarias razones para ello. En este caso se confunde el poder con la autoridad. El poder se recibe, por la gracia de estado, ya sea por ser padre o profesor. Pero usar ese poder para conseguir “a la fuerza” que los pequeños obedezcan siempre sin rechistar es mala estrategia.

   La autoridad, por el contrario, hay que ganarla y se puede adquirir y mejorar. Los chicos han de aprender a obedecer en un clima de libertad. Cuando son pequeños, ven a sus padres con toda su autoridad y es fácil obedecerlos. Pero cuando llegan a la adolescencia hay mayor contestación y se rebelan cuando se les mandan cosas que no entienden. Si los padres han abusado de imposición, el fracaso educativo está asegurado.

   A lo largo de la infancia y adolescencia habrá que prepararlos para que puedan elegir libremente lo mejor. Es difícil en un clima de libertad, pero es el único camino.

   Unos padres, llevados por una falsa idea de la tolerancia, dejan caer a los hijos en el permisivismo y otros padres, abusando de su poder (no de su autoridad), se empeñan en convertir su casa en un cuartel. Ambos extremos son igualmente equivocados.
   Arturo Ramo

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