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   Los hijos necesitan del cuidado material y la formación de sus padres, porque al nacer no tienen capacidad de valerse por si mismos ni para vivir con autonomía y responsabilidad. La educación nace del derecho de cada hombre a ser ayudado para lograr el pleno desarrollo de su personalidad y para los padres hay un amor debido a sus hijos que les hace responsables para ayudarles y comunicarles generosamente los bienes y valores necesarios para alcanzar su fin.


   El proceso educativo debe ser intencional buscando el logro de un más y de un mejor de la persona. Por ser intencional, los padres pueden concretar los objetivos educativos que quieren alcanzar, configurando un proyecto de familia. En este proceso los padres son conscientes de que han de ir por delante con su ejemplo, llevando a la práctica lo que quieren exigir. Los padres que se esfuerzan por mejorar su vida, que se autoeducan, son los más eficaces para educar a sus hijos. Estos necesitan ver el esfuerzo de sus padres, que aunque no son perfectos, luchan por mejorar. Los valores que se quieren transmitir a los hijos han de estar encarnados en sus padres, porque se propagan como por ósmosis, con la sola presencia, con el ejemplo.
   Para configurar el proyecto de familia es necesario que los padres hablen entre ellos de lo que quieren para sus hijos y cómo conseguirlo. Pero también es positivo hacer participar a los hijos en reuniones o tertulias en las que se hable de la familia y en lo que se puede mejorar. En otras ocasiones pueden contar la historia de la familia y de cómo se conocieron.   Una forma de participación muy interesante es la distribución de encargos que cada hijo hace con responsabilidad para el servicio de los demás. También los padres han de tener encargos y esforzarse por cumplirlos.

   Estos objetivos no son fáciles de conseguir pero los progenitores han de actuar con un talante optimista, aun contando con sus errores y debilidades, porque tienen la gracia de estado y el esfuerzo común de todos.
   Arturo Ramo.

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