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   “Es necesario vencer la dificultad de un temor al rechazo” al anunciar el Evangelio sobre el matrimonio y la familia, escriben los obispos españoles en la presentación del Directorio de Pastoral Familiar que acaban de publicar. Pero quizá no esperaban que una referencia de paso a los resultados de la “revolución sexual” hiciera que se rasgaran las vestiduras muchos que no han leído nada más del amplio texto. Ofrecemos una selección de párrafos sobre algunas cuestiones concretas que permitan hacerse una idea del propósito del documento.

   Frutos amargos de la revolución sexual.

   El tiempo ha mostrado lo infundado de los presupuestos de esta revolución y lo limitado de sus predicciones, pero, sobre todo, nos ha dejado un testimonio indudable de lo pernicioso de sus efectos. (…) Es manifiesto que nos hallamos ante una multitud de hombres y mujeres fracasados en lo fundamental de sus vidas que han experimentado la ruptura del matrimonio como un proceso muy traumático que deja profundas heridas. Del mismo modo nos hallamos ante un alarmante aumento de la violencia doméstica; ante abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores en la misma familia; ante una muchedumbre de hijos que han crecido en medio de desavenencias familiares, con grandes carencias afectivas y sin un hogar verdadero.

   El matrimonio, fundamento de la familia.

    “Al principio… los creó hombre y mujer” (Mt 19,4). “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Gen 2,24). Con estas palabras se nos manifiesta una gran verdad: el matrimonio es el fundamento de la familia. La realidad del mutuo don de sí de los esposos es el único fundamento verdaderamente humano de una familia. Se ve así la diferencia específica con cualquier otro pretendido “modelo de familia” que excluya de raíz el matrimonio. La preparación al matrimonio

   Educación sexual.

   Es más necesaria en nuestros días en cuanto la cultura ambiental extiende formas degeneradas de amor que falsean la verdad y la libertad del hombre en su proceso de personalización: son maneras teñidas de individualismo y emotivismo que llevan a las personas a guiarse por su simple sentimiento subjetivo y no son conscientes siquiera de la necesidad de aprender a amar.

   Cursos prematrimoniales.

   Los encuentros o catequesis de preparación al matrimonio, también llamados cursos prematrimoniales, son una ocasión privilegiada de evangelización. (…)

   Es esencial crear un clima de libertad en el que los novios puedan expresar su propio proyecto de vida, pues sólo así se habla desde la verdad de la vida. Por desgracia, con frecuencia se constata que los novios vienen a “cubrir el expediente” y a salvar las apariencias; aunque, gracias a Dios, muchas veces acaban abriéndose a la buena nueva que se les presenta en los cursos y aceptando la presencia de Dios en su proyecto matrimonial. A pesar de la brevedad de la mayoría de los cursos, deben presentar con integridad y claridad la doctrina de la Iglesia que, de otro modo, es difícil que la reciban en un futuro. Celebración del matrimonio

   El matrimonio de los bautizados no creyentes.

   Es la situación de aquellos que se acercan al sacramento del matrimonio llevando una vida claramente incoherente con la fe, o manifestando que no son practicantes por convicción, o que declaran explícitamente no tener fe, o que acuden al matrimonio exclusivamente por motivos sociales, de conveniencia, etc. (…) Sin embargo, los motivos de carácter más bien social que pueden llevar a los novios a pedir casarse en la Iglesia no pueden, por sí solos, interpretarse como expresión de la falta de fe necesaria para la celebración sacramental del matrimonio. (…)

   Para la celebración del matrimonio como sacramento es requisito indispensable que los contrayentes tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, al menos de una manera genérica. (…) Para que se dé el matrimonio-sacramento los únicos requisitos son que sea celebrado entre dos bautizados, y que quieran casarse de verdad.

   Matrimonios con musulmanes.

  Un cuidado muy particular se deberá tener con los matrimonios que se quieran celebrar entre parte católica y parte musulmana. Se ha de tener constancia documental de su libertad, de que no está impedida por la existencia de otro vínculo conyugal. Además será necesario examinar atentamente cuanto se refiere a la naturaleza y propiedades esenciales del matrimonio: muy especialmente sobre la unidad e indisolubilidad, y sobre el papel que se atribuye a la mujer en la familia, en la relación con el esposo y en la educación de los hijos. Se debe hacer consciente a la parte católica de las dificultades que, para el matrimonio, presentan los usos, las costumbres y las leyes islámicas por su concepción sobre la mujer (por ejemplo, la aceptación de la poligamia). Por eso, habrá de considerarse siempre la legislación matrimonial del Estado de donde proviene la parte musulmana y también (si es el caso) la que tiene aquél en el que fijarán su domicilio o residencia habitual.

   Pastoral del matrimonio y la familia

   Servicio a la vida. Dada la extensión de una mentalidad anticonceptiva que llena de temor a los esposos, cerrándoles a la acogida de los hijos, no puede faltarles el ánimo y el apoyo de la comunidad eclesial. Es más, debe ser un contenido siempre presente en los cursos prematrimoniales, en donde se debe incluir una información sobre los efectos secundarios de los métodos anticonceptivos y los efectos abortivos de algunos de ellos. (…) Debe quedar claro que en ningún caso se puede considerar la concepción de un niño como si fuese una especie de enfermedad. (…)

   Las familias numerosas.

Las familias numerosas son una auténtica riqueza para la comunidad eclesial, y su testimonio de vida puede ser de mucha ayuda para otros esposos y para los que van a contraer matrimonio. Son una manifestación de la bendición de Dios. Son un punto de referencia para toda pastoral familiar.

   Familias en situaciones difíciles o irregulares

   Divorciados vueltos a casar civilmente. Hay que diferenciar, entre otros, a “los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados injustamente”; “los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido”; “los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de sus hijos”; y “los que están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido”. (…) Para un bautizado, pretender romper el matrimonio sacramental y contraer otro vínculo mediante el matrimonio civil es, en sí mismo, negar la alianza cristiana, el amor esponsal de Cristo que se concreta en el estado de vida matrimonial. Existe una incompatibilidad del estado de divorciado y casado de nuevo con la plena comunión eclesial. Por ello, al acceder al matrimonio civil, ellos mismos impiden que se les pueda administrar la comunión eucarística.
  

 Católicos casados solo civilmente.

   Es una situación que supone la aceptación de una estabilidad en su relación, por lo que no puede equipararse sin más a los que conviven sin vínculo alguno. Aunque, algunas veces, procede de la voluntad de dejar abierta la posibilidad a un futuro divorcio.

   La adecuada acción pastoral comenzará por identificar los motivos que les han llevado a casarse sólo por lo civil. Si se ha producido un primer acercamiento puede ser signo de una fe incipiente que hay que fomentar, muchas veces puede deberse a ignorancia o a un temor de contraer un compromiso excesivo. Este primer paso conducirá a un mayor conocimiento y profundización en la vida cristiana, para hacerles descubrir la necesidad de la celebración del matrimonio canónico.

   Uniones de hecho.

 Son muy diversos los motivos que han llevado a tomar esa decisión de formar una “unión de hecho” sin contraer matrimonio: falta de formación, falta de fe, ruptura con la familia, desconfianza en el futuro, estrecheces económicas, una mal entendida libertad que rechaza todo vínculo jurídico, etc. En todo caso se trata de una situación irregular que no permite su acceso a los sacramentos mientras no exista una voluntad de cambiar de vida, porque faltan las disposiciones necesarias para recibir la gracia del Señor. Saldos de la revolución sexual

   La pastoral familiar de los obispos desafía lo políticamente correcto

   El ruido de vestiduras rasgadas ante el Directorio de Pastoral Familiar publicado por los obispos españoles revela que muchos abanderados del pluralismo son adeptos del pensamiento único cuando de sexo se trata. Cabría esperar que en una sociedad que admite diversos “modelos familiares” no extrañara que la Iglesia propusiera el suyo, con la misma legitimidad que cualquier otro grupo. Mucho más cuando se trata de un programa para la actividad evangelizadora de la Iglesia, que ella decide en ejercicio de su autonomía. Pero aquí hasta los laicistas más acérrimos no se conforman con la indiferencia, sino que aspiran a dictar a la Iglesia lo que tiene que decir, so pena de linchamiento mediático. Este tipo de respuesta sigue un guión que empieza a ser habitual. En vez de informar del contenido de un documento para que el lector pueda juzgar, se aísla una frase que infringe algún tabú de lo políticamente correcto. Una vez creada la piedra de escándalo, se piden opiniones a portavoces de lobbies que estarán en contra por oficio, y se provocan “reacciones” de grupos sociales y políticos sobre un texto que casi nadie ha tenido tiempo ni ganas de leer. Todo ello se utiliza como ariete contra la enseñanza de la religión en la escuela: ¿vamos a permitir que se enseñe eso a los niños? Finalmente, se puede concluir que una vez más los obispos han despertado la indignación del pueblo soberano con un documento que “da la espalda a la realidad social”. Pero de lo que podemos estar seguros es de que los opinadores han dado la espalda al texto. En este caso se ha buscado un motivo de alarma social de efecto seguro: la violencia doméstica. Quien se haya guiado por las informaciones publicadas estos días, habrá pensado que los obispos han elaborado un documento sobre este tipo de violencia, con una doctrina escandalosa que propugna la sumisión de la mujer y prácticamente justifica al maltratador. En realidad, nada de eso se justifica en el documento de 250 páginas. Se trata de un texto que da directrices sobre la ayuda que pueden prestar los organismos de la Iglesia a las parejas que quieren vivir su matrimonio y su vida familiar conforme a la doctrina católica.

   La única referencia específica a los malos tratos afirma que cuando en la convivencia familiar surjan estas dificultades, “los Centros de Orientación Familiar pueden ofrecer consultas e intervenciones adecuadas para restablecer la armonía. Si se llega a situaciones graves de malos tratos ha de aceptarse la separación como un mal menor. Además, puede estudiarse si ha habido causa de nulidad” (del matrimonio). Pero lo que más ha irritado ha sido la falta de respeto de los obispos a la sacrosanta “revolución sexual”, de feliz memoria. Hay que reconocer que no se han cortado un pelo al decir que “el tiempo ha mostrado lo infundado de los presupuestos de esta revolución y lo limitado de sus predicciones”, así como lo “pernicioso de sus efectos”. Entre ellos, señalan los traumas de las rupturas matrimoniales, “un alarmante aumento de la violencia doméstica”; abusos sexuales de todo tipo, también con menores… Este párrafo es una mera enumeración, sin pretensiones de un análisis sociológico de fenómenos complejos. Pero ha bastado para crear el cliché: los obispos atribuyen la violencia doméstica a la revolución sexual, cuando todos sabemos que el problema es el machismo (¿y por qué subsiste el machismo tras la la liberadora revolución?). Tiro por la culata

   Se comprende la irritación mediática, porque la revolución sexual es el último saldo que nos queda de los años en que creíamos hacer la revolución. La revolución política fue un fiasco desde China a Cuba; la revolución económica dio paso a un capitalismo más engreído; la revolución social no ha visto disminuir las diferencias de clase. ¡Pero que no nos toquen la revolución sexual, que está al alcance de todos los bolsillos! Como Fidel con “¡Patria o muerte!”, aquí estamos atrincherados cantando las glorias de la revolución sexual. Es verdad que, según noticias de estos mismos días, España registró más de 50.000 denuncias por violencia doméstica en 2003; que, según la ONG Save the Children, España se sitúa entre los cinco primeros países del mundo en las prácticas de turismo sexual con menores; que más del 50% de los anuncios por palabras de diarios nacionales tienen que ver con la prostitución; que el morbo sexual sigue siendo el reclamo de la telebasura… Revolución, sin duda, ha habido; lo que está menos claro es que haya traído más felicidad que las otras revoluciones.

   Aquí se ha producido eso que Octavio Paz llamaba uno de los “tiros por la culata de la modernidad”. Como escribía el poeta mexicano en su obra La llama doble: “Se suponía que la libertad sexual acabaría por suprimir tanto el comercio de los cuerpos como el de las imágenes eróticas. La verdad es que ha ocurrido exactamente lo contrario. La sociedad capitalista democrática ha aplicado las leyes impersonales del mercado y la técnica de la producción en masa a la vida erótica. Así la ha degradado, aunque el negocio ha sido inmenso”. Hay quien ha quedado anclado en una visión de la liberación sexual años sesenta, cuando implicaba riesgo y ruptura frente a los convencionalismos, cuando tenía un aire fresco de novedad y prometía goce sin traumas. Pero lo que entonces era transgresión hoy es industria y costumbre mostrenca. Hoy lo audaz, con riesgo, es defender una idea del matrimonio y de la familia como la que han propuesto los obispos.
   Ignacio Aréchaga. 11/02/2004.-Con la autorización de: www.aceprensa.com.

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