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   En contra de la opinión general, el descenso de la tasa de natalidad depende más de factores culturales que económicos.    El DIARIO VASCO nos servía la información del Instituto Vasco de Estadística, según la cual el País Vasco tiene el índice de natalidad más bajo de Occidente. El comentario que hacía de estos datos el sociólogo, Javier Elzo, era muy esclarecedor: “En contra de la opinión general, el descenso de la tasa de natalidad depende más de factores culturales que económicos. Si el descenso estuviese ocasionado por razones económicas, serían las parejas con más medios económicos las que tendrían mayor número de hijos, cuando en realidad sucede lo contrario”. 

   Como el mismo Elzo recuerda, en el País Vasco “estamos viviendo un proceso de secularización fortísimo”, que condiciona la visión de la familia, y genera una fuerte mentalidad antinatalista. Me adhiero a esta valoración, aunque matizaría que allí donde él habla de “factores culturales”, yo añadiría “factores morales”. Me dispongo a describir algunos de los principales valores morales cristianos, cuya crisis está teniendo una especial incidencia en el descenso de la natalidad: 

   A) Primacía del tener sobre el ser: “Resulta muy caro criar un hijo con el nivel de vida actual. No nos lo podemos permitir”. Una sociedad que valora a la persona por lo que tiene, más que por lo que es, fácilmente caerá en la tentación de limitar la natalidad, en base al argumento económico. El materialismo nos lleva a considerar como necesarias muchas cosas que no son sino superfluas y hasta inapropiadas para la buena formación de los hijos. Amparándose en la supuesta “buena intención” de que al hijo no le falte de nada, se le priva de una de las cosas más necesarias para su educación: los hermanos. En definitiva, se prefiere tener más cosas, a tener más hijos. 

   B) Mentalidad hedonista: “¿Un hijo? ¡Ahora tenemos que disfrutar de la vida!”. El hedonismo es una filosofía de vida, muy extendida entre nosotros, que busca el máximo placer con el mínimo esfuerzo. Los sacrificios que la paternidad y la maternidad exigen, hacen que muchas personas perciban la natalidad como enemiga de su bienestar. Mientras que el hedonismo piensa que la felicidad se consigue evitando responsabilidades y compromisos, la visión cristiana nos recuerda que la felicidad no es un fin en sí misma, sino la consecuencia lógica de la entrega a un ideal. Es feliz aquel que tiene unos valores por los que merece la pena entregar la vida. La falta de hijos -y no me refiero a los casos de infertilidad- es sin duda una de las causas principales de infelicidad. 

   C) ¿Vida programada?: “Ya veremos si nos decidimos a traer un hijo”. Los hijos se “programan”, como quien hace sus cálculos para acceder a un préstamo hipotecario; se “encargan” al laboratorio médico, como quien compra un producto; o, sencillamente se “rechazan” cuando nos incomodan y vienen a romper nuestros planes. 

   Por el contrario, los cristianos entendemos que la vida no es un derecho de los hombres, sino que es un don de Dios. Para nosotros no tiene sentido hablar de “hijo deseado” o “no deseado”; en todo caso cabría hablar de “hijo buscado” o “no buscado”, pero ésta es una distinción menor para quien entiende que “el hombre propone, pero Dios dispone”. 

   D) La filosofía de la contracepción: “¡Qué más dará el método elegido!” Será muy difícil que la tasa de natalidad despunte mientras que los métodos naturales del control de la natalidad sigan siendo discriminados frente a los métodos artificiales contraceptivos. Es cierto que, en pura teoría, también los métodos naturales podrían utilizarse al servicio de una mentalidad antinatalista, máxime cuando científicamente han demostrado una precisión similar e incluso superior que muchos métodos artificiales. Pero las diferencias entre ambos no se circunscriben a una cuestión de método o de medio, sino que afectan y configuran la mentalidad con la que son utilizados. Los métodos naturales de la regulación de la natalidad son más acordes con una filosofía de vida en la que el hombre es el intérprete y colaborador del plan creador de Dios; frente a los métodos artificiales que pretenden erigir al hombre en dueño y señor de la vida. 

   En resumen, la superación de la mentalidad antinatalista no podrá producirse solamente en base a unos incentivos fiscales a la familia numerosa, o por una legislación laboral que fomente ventajosamente la maternidad, aun cuando estas medidas sean necesarias y urgentes. Además de todo esto, es imprescindible una rearme moral que permita revalorizar la familia y el don de la vida.

   José Ignacio Munilla / EL DIARIO VASCO  

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