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   Juan Pablo II sigue mostrándose rico en iniciativas. A sus 82 años, al comenzar el vigésimo quinto de su pontificado, ha proclamado para toda la Iglesia un Año del Rosario. En su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (16-X-2002) hace una sonora llamada a la práctica asidua de esta oración. No es, ni mucho menos, el primer Papa que exhorta a rezar el Rosario; pero él lo hace a su modo característico, con una convocatoria concreta, apropiada para suscitar una respuesta activa. Y, para renovar esta devoción, la completa con cinco “misterios de luz”, que se añaden a los quince tradicionales. El Papa hace, así, una movilización general, sobre todo interior y silenciosa. Pero está convencido de que la plegaria continua del Rosario traerá frutos palpables: la promoción de la paz y la salud de las familias. 23/10/2002.-   El Rosario, señala el Papa al comienzo de la carta, es una «oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad». Su fuerza estriba en que, no obstante su carácter mariano, «es una oración centrada en la cristología», que «concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio». Rezando el Rosario, «el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor».

   Ahora que la carta apostólica Novo millennio ineunte (6-I-2001) ha señalado, como orientación básica para recorrer el milenio recién comenzado, mirar a Cristo y encontrarlo en la oración, el Papa entiende esta reflexión sobre el Rosario como la «coronación mariana» de aquel documento programático. Pues «recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo». Para que esta práctica contemplativa se difunda más entre los fieles, Juan Pablo II proclama un Año del Rosario, desde el presente octubre hasta el mismo mes de 2003. «Confío –dice– que sea acogida con prontitud y generosidad» esta indicación pastoral. Plegaria por la paz y por la familia

   ¿Por qué proponer de nuevo ahora el Rosario? El Papa señala varios motivos. Uno es «la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración», que «corre el riesgo de ser infravalorada injustamente» y «poco propuesta a las nuevas generaciones».

   Pero la razón principal consiste en que el Rosario es «un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia ‘pedagogía de la santidad’: “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”». Además, el Rosario es desde sus orígenes una plegaria a la que el pueblo cristiano ha recurrido para implorar de Dios los dones más importantes. También ahora es preciso continuar la súplica. «Hoy –declara Juan Pablo II– deseo confiar a la eficacia de esta oración la causa de la paz en el mundo y la de la familia». El Rosario, que ha sido siempre una manifestación principal de «oración por la paz», es particularmente necesario «al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001». Y cuando la familia se ve «amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras», «fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual». Oración contemplativa

   Considerado superficialmente, el Rosario parece un mero rezo vocal, repetitivo y sin espontaneidad. Por el contrario, afirma el Papa, en realidad «el Rosario es una oración marcadamente contemplativa». La Virgen sirve de guía al que lo reza: «Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ‘escuela’ de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje». De este modo, el fiel va siendo llevado a identificarse con aquel a quien contempla. «En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María–, este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir ‘amistosa’. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como ‘respirar’ sus sentimientos». Los tradicionales quince misterios del Rosario compendian la encarnación y la vida oculta de Jesús (misterios gozosos), su pasión y muerte (misterios dolorosos) y su resurrección y triunfo (misterios gloriosos). Originalmente se escogió esta estructura para que el número total de avemarías (150) fuera igual al de los Salmos.

   Con su carta apostólica, Juan Pablo II introduce una novedad: «Para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9, 5)». Así pues, el Papa escoge cinco «misterios de luz»: 1) el bautismo de Jesús en el Jordán; 2) su autorrevelación con el primer milagro en las bodas de Caná; 3) su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4) la Transfiguración; 5) la institución de la Eucaristía en la Última Cena. La adición requiere buscar un momento para la contemplación y rezo de los nuevos misterios de luz. Como puede no ser fácil recitar a diario todos los misterios, tradicionalmente se han distribuido en distintos días de la semana: el lunes y el jueves, los misterios gozosos; el martes y el viernes, los dolorosos, y el miércoles, el sábado y el domingo, los gloriosos. El Papa sugiere trasladar la segunda meditación de los misterios gozosos al sábado, el día mariano de la semana, pues en ellos la presencia de la Virgen es más destacada. Así también se evita que los misterios gloriosos se contemplen en dos días seguidos. El jueves, entonces, es el día reservado a los misterios de luz.

El Rosario en familia

   Al final de la carta, Juan Pablo II vuelve a insistir en el rezo del Rosario por la paz y por la familia. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro». El Rosario, «por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una ‘batalla’ tan difícil como la de la paz». También es enérgica la llamada a difundir el rezo del Rosario en familia, padres e hijos juntos. «Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima». Y no se debe pensar que esta oración no tendrá aceptación entre los hijos. «Una pastoral juvenil no derrotista, apasionada y creativa –¡las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena prueba de ello!– es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su edad». Por eso, subraya el Papa: «Pido a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario». La carta concluye con una invitación alentadora a todos los fieles: «Tomad con confianza entre las manos el rosario». «Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana».

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