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   El origen del pacifismo está en el cristianismo, como una de tantas cosas. Instalado como movimiento social en Europa en el siglo XIX, creció en el XX, proporcionando su elemento utópico – el progresismo – a las ideologías, especialmente a las socialistas. El marxismo soviético lo fomentó en el mundo no soviético en los años veinte de este último siglo y, sobre todo, lucrándose del temor a las nuevas armas atómicas de destrucción masiva, durante la guerra fría, utilizando como símbolo la paloma de Picasso. El pacifismo actual sigue vinculado a estos difusos antecedentes, a pesar de haberse constituido centros científicos de investigaciones sobre la paz.

   Sus raíces son empero muy antiguas: se remontan al movimiento de los espirituales, ligado a la aparición de la orden franciscana, ampliamente difundido en el siglo XII. Su justificación intelectual se debe al monje cisterciense calabrés Joaquín de Fiore (¿1130?-1202), influido por el espiritualismo franciscano, cuyas ideas, interpretadas abusivamente de infinitas maneras, coincidentes casi siempre en la superación de Cristo y su Iglesia, fueron un fermento de la posterior secularización del cristianismo.   La idea de las tres edades, los tres reinos o los tres estados sucesivos en la historia de la salvación de la humanidad correspondientes a las tres personas divinas, presentaba, siguiendo a San Pablo, como reino del Padre los ocho «días» de la creación, como reino del Hijo el transcurrido desde la promesa de la redención tras el pecado de Adán y como reino del Espíritu Santo todo el tiempo que durase la Iglesia hasta el fin del mundo.

   Mezclando simbolismo y profetismo, el místico Joaquín de Fiore reinterpretó el esquema sin intención heterodoxa. Pensaba que si el Padre y el Hijo han intervenido cada uno preferentemente en el tiempo de la creación y en el de la salvación, lógicamente también tiene que haber un tiempo en el que intervenga decisivamente el Espíritu Santo. En consecuencia, reajustó el esquema de la historia de la sa1vación según el dogma trinitario dividiéndola en tres etapas sucesivas – las tres «dispensaciones» – , correspondientes al predominio en el mundo de cada una de las personas de la Trinidad. El primero, el de la creación, es la dispensación del Padre, caracterizada por el predominio del conocimiento; durante él dominó la ley, por lo que se vivió en el temor, existiendo la servidumbre y los azotes; duró hasta la venida de Cristo. Con la Encarnación comenzó el estadio o dispensación de la redención, caracterizado por el predominio de la sabiduría, la fe, la sumisión filial y la acción; duró más o menos hasta Joaquín, pues, aunque él mismo sólo se consideraba acaso «precursor del precursor», anunció el tercer estadio o dispensación, el de la perfección, en el que reinaría el Espíritu Santo; caracterizado por el predominio de la libertad y la verdad, transcurrirá en la contemplación. Durante esta última etapa se impondría, según Joaquín, el Evangelio eterno, bajo cuya inspiración prevalecería el amor, alcanzando los hombres su plena liberación; pues en este reino espiritual se transfigurarían los cuerpos, las almas y aún la misma tierra estableciéndose la felicidad universal. Y, por supuesto, la Iglesia sería objeto de una profunda reforma en el sentido de una completa espiritualización. Todas las cosas serían purificadas y reconciliadas, desapareciendo sin duda el mal y el pecado. Bajo la inspiración de esas ideas ocurrencia convertidas en difusas ideas creencia unidas al gnosticismo, se desarrolló la poderosa corriente de pensamiento que, sin contar la revolución francesa, descrita por Hegel como «reconciliación del cielo y la tierra», tuvo su momento álgido en las filosofías de la historia – por ejemplo, las de Saint Simon, el mismo Hegel, Comte o Marx – inspiradoras, a su vez, de las ideologías que han dominado el panorama intelectual como religiones políticas desde 1848. En éstas desempeña un papel fundamental esa idea de reconciliación definitiva entre los hombres y, con ella, las de la fraternidad, igualdad y libertad, con el resultado del establecimiento definitivo de la paz universal.

 Dalmacio Negro. La Razón. 6.V.2003. Con la autorización de: www.conoze.com

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