septiembre 2008


    Dios le dijo a Jonás:

    -“Vete a Nínive, la gran ciudad, y predica en ella pues son muchos sus pecados”.

    Mas el profeta, para huir del mandato de Dios, bajó a Jope, pagó el pasaje y se embarcó en un navío que zarpaba para Tarsis (sur de España). Se desencadenó una tormenta tal que los marineros, por miedo a naufragar, arrojaron al mar la carga para aligerar la nave. Cada cual invocaba a su dios. Jonás se refugió en la bodega y dormía profundamente. Lo encontró el capitán y le mandó que se levantara e invocara también a su Dios. (más…)

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Una vez que Jesús te ha perdonado por medio del sacerdote, tu alma se llena de gracia y de alegría.  De nuevo te sientes tranquilo y sin agobios.  Ponte entonces de rodillas, mejor cerca del Sagrario, y habla con el Señor.  Dale gracias por haberte acogido con tanto cariño y haber perdonado tus faltas.  Cuéntale, después, el propósito que has hecho para mejorar y pídele fortaleza para lograrlo.  Por último, cumple, con amor, la penitencia que te haya impuesto el sacerdote.  Esta te ayudará a amar más a Dios y te quitará parte del tiempo de purgatorio, merecido por los pecados confesados.  Hazla cuanto antes para evitar que se te olvide. (más…)

    Jesús contó la parábola del buen samaritano. Dijo así:

    -Un hombre recorría el solitario camino de Jerusalén a Jericó y cayó entre salteadores, que lo despojaron de todo lo que tenía y lo aporrearon y se marcharon, dejándolo medio muerto. Sucedió que un sacerdote recorría ese camino, y cuando vio al hombre en el suelo, pasó por el otro lado. Y un levita, cuando llegó a ese mismo sitio, también siguió por el otro lado. Pero un samaritano llegó adonde yacía ese hombre, y en cuanto lo vio se apiadó de él. Se acercó al hombre y le vendó las heridas, vertiéndole aceite y vino. Luego lo levantó y lo puso sobre su bestia de carga, y lo acompañó hasta una posada. Allí lo cuidó toda la noche. A la mañana siguiente sacó dos monedas de su morral y las entregó al posadero, diciendo: “Cuida de él, y si necesitas gastar más, hazlo. Cuando regrese te pagaré”. (más…)

    Esaú mantenía siempre vivo su odio a Jacob, con motivo de la bendición que le había dado el padre; y dijo en su corazón: Vendrán los días de luto de mi padre, y yo mataré a mi hermano Jacob. Tuvo de esto noticia Rebeca, la cual, enviando llamar a su hijo Jacob, le dijo:

    – Mira que tu hermano Esaú amenaza que te ha de matar. Huye a casa de mi hermano Labán y estate con él algún tiempo, hasta que se amanse el furor de tu hermano. Isaac le aconsejó que aprovechase el viaje para buscarse esposa en el país de su madre, en casa de su tío Labán. (más…)

 

Un día hablaba con un amigo.  Tendría tu misma edad.  Durante la conversación me hizo esta pregunta: «¿Por qué es conveniente rezar al levantarnos?». «Tú mismo vas a descubrir la respuesta», le contesté. «¿Saludas a tus padres todos los días por la mañana?». «Sí». «¿Por qué lo haces?», le pregunté de nuevo.  (más…)

 

 

    Érase una vez una mujer que tenía dos hijas. La hija mayor era muy parecida a la madre en el semblante y los modales. Ambas eran tan antipáticas y orgullosas que era imposible vivir con ellas.

    La hija menor se parecía al padre, pues era bondadosa y de buen carácter, y muy bella. Como la gente suele gustar de los que son semejantes, la madre era muy aficionada a su hija mayor, y sentía gran antipatía por la menor. La hacía comer en la cocina, y trabajando todo el tiempo.

    Entre otras cosas, esta pobre niña debía ir dos veces por día a recoger un cubo de agua del manantial del bosque, a gran distancia de la casa.

    Un día, cuando llegó al manantial, una pobre mujer se le acercó y le pidió un trago.

    -¡Oh sí! De todo corazón, señora –dijo la bonita niña, y recogió agua fresca y cristalina del manantial y sostuvo la jarra para que la mujer pudiera beber fácilmente.

    Cuando terminó de beber, la mujer dijo:

    -Eres muy bonita, querida, tan bondadosa y amable, que no puedo evitar darte un regalo.

    Ahora bien, esta anciana era un hada que había cobrado la forma de una pobre campesina para ver cómo la trataba la niña.

    -Este será mi regalo –continuó el hada-: con cada palabra que digas, una flor o una joya caerá de tu boca.

    Cuando la niña llegó a la casa, su madre la reprendió por haberse demorado en el manantial.

    -Perdón, mamá –dijo la pobre niña- por no apresurarme más. –Y, mientras hablaba, cayeron de su boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

    -¿Qué veo aquí? –exclamó la sorprendida madre-. ¡Perlas y diamantes caen de la boca de esta niña! ¿Cómo es posible, hija mía? –Era la primera vez que la llamaba “hija mía” o le hablaba amablemente.

    La pobre niña le confió a su madre todo lo que había sucedido en el manantial, y le habló de la promesa de la anciana, entretanto, le caían joyas y flores de la boca.

    -Esto es delicioso –exclamó la madre-. Debo enviar a mi querida hija a la fuente. Ven, hija, mira lo que cae de la boca de tu hermana cuando habla. ¿No te agradaría, querida, que te dieran el mismo don? Sólo tienes que llevar el cubo al manantial del bosque. Cuando una pobre mujer te pida un sorbo, dáselo.

    -Lo único que faltaba –replicó la niña egoísta-. ¡No iré a recoger agua! Esta mocosa puede darme sus joyas. Ella no las necesita.

    -Sí que irás –dijo la madre-, e irás al instante.

    Al fin la hija mayor accedió, gruñendo y rezongando sin cesar, y llevándose el mejor cubo de plata de la casa.

    Acababa de llegar al manantial cuando vio a una bella dama que salía del bosque, quien se le acercó para pedirle un sorbo. Tengamos en cuenta que era la misma hada que había encontrado su hermana, pero que ahora había cobrado la forma de una princesa.

    -No vine aquí para darte agua –dijo la orgullosa y egoísta doncella- ¿Te crees que traigo este cubo de plata para darte de beber? Puedes sacar agua del manantial, igual que yo.

    -No eres muy cortés –dijo el hada-. Ya que eres tan ruda y grosera, te daré este don: con cada palabra que digas, saldrán sapos y culebras de tu boca.

    En cuanto la madre vio venir a la hija mayor, exclamó:

    -Querida niña, ¿viste a la buena hada?

    -Sí, madre –respondió la niña orgullosa, y dos sapos y dos culebras le cayeron de la boca.

    -¿Qué es lo que veo? –exclamó la madre-. ¿Qué has hecho?

    La niña trató de responder, pero a cada palabra le salían sapos y culebras de los labios.

    Y así fue para siempre. Gemas y flores caían de los labios de la hija menor, que era tan bondadosa y amable, pero la hija mayor nunca pudo hablar sin una lluvia de sapos y culebras.

    Versión de Charles Perrault. El libro de las virtudes. Vergara.

 

    SUGERENCIAS METODOLÓGICAS

            Objetivo.- Ser amable y servicial con los demás.

         Contenido.-  Obediencia

    Obedecer es cumplir la voluntad del que manda. Hay virtud en obedecer cuando el encargo se cumple porque se le reconoce la autoridad de la persona que manda.
    En la familia, en la ciudad y en la nación hace falta una autoridad, que organice y busque el bien común de esa sociedad.
    Que tu obediencia no sea rutinaria, ciega o mecánica, sino inteligente y voluntaria.
    No te limites a hacer el mínimo necesario para justificarte. Debes ser generoso haciendo incluso más de lo que se te pide.
    No critiques ni de pensamiento, a la persona que tiene autoridad.
    No intentes pasar el encargo recibido a otra persona.

          Actividades.- 

            1. Los alumnos van leyendo en voz alta este texto y el profesor comprueba que lo han comprendido.

            2. Individualmente contestan a estas preguntas:

                a) ¿Cómo era la hija mayor? ¿Y la menor?

                b) ¿Cómo trataba la madre a la hija menor?

                c) ¿Cómo recompensó el hada a la hija menor?

                d) ¿Qué pasó con la hija mayor y el hada de la fuente?

                e) ¿Cómo podemos comportarnos con los demás?

            3. Varios alumnos leen sus respuestas. 

 

    Érase una vez una mujer que tenía dos hijas. La hija mayor era muy parecida a la madre en el semblante y los modales. Ambas eran tan antipáticas y orgullosas que era imposible vivir con ellas.

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