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   Quizá porque procedo de una familia rural, quizá porque de niño paseaba infatigablemente por el campo con mi abuelo, he profesado siempre un amor reverencial a la naturaleza. Confrontado con la naturaleza, el hombre es invadido por un sentimiento de nobleza, de pertenencia a la Creación; y siente el impulso de preservarla, de protegerla, también de sublevarse contra cualquier intento de profanación. He escrito `profanación´ a sabiendas de que es una palabra que presupone la existencia de lo sagrado; y es que la contemplación de la naturaleza, en efecto, revela al hombre un orden sagrado del cual él mismo forma parte. De ahí que el amor a la naturaleza sea, en última instancia, una vocación humana de supervivencia: el hombre se sabe partícipe de la Creación, se sabe también investido de una responsabilidad especial (puesto que es la única criatura capaz de `dominar´ la naturaleza), y esta doble certeza lo obliga a garantizar la supervivencia de la naturaleza, que es también su propia supervivencia.

   Uno de los rasgos más nefastos y característicos de nuestra época es la intromisión de la ideología en los ámbitos de lo estrictamente humano. Y la ideología siempre actúa desecando lo humano, porque convierte aquello que debería ser floración natural del espíritu en un conglomerado de intereses partidistas y doctrinarios. En un principio, puede parecer que esos intereses partidistas y doctrinarios coinciden con la vocación natural humana, y ésta es la razón por la que los hombres nos abrazamos a ellos y les entregamos nuestros desvelos; pero, una vez que les hemos ofrecido nuestro abrazo, las ideologías nos esclavizan y aherrojan, obligándonos a contemplar la realidad con anteojeras. Así, el amor a la naturaleza, que es vocación natural del hombre, degenera en ideología cuando se convierte en ecologismo; y la ideología acaba creando malformaciones en la vocación natural del hombre, porque todas las ideologías tienen como rasgo común una vocación de absolutismo o confiscación de lo que es propiamente humano. El ecologismo, por ejemplo, propugna el respeto a las más diversas formas de vida, pero suele mostrarse indiferente ante el crimen del aborto; contradicción que sólo puede explicar la interferencia de la ideología, pues lo natural sería que la execración del aborto y de –pongamos por caso– las cacerías indiscriminadas de focas formaran parte de un mismo impulso natural.

   Constantemente percibimos signos de interferencia de la ideología en el ecologismo. Ocurre así, por ejemplo, en la exaltación de los biocombustibles como alternativa a los productos derivados del petróleo. Parece comprobado que los combustibles derivados del petróleo liberan gases nocivos a la atmósfera que contaminan el aire que respiramos, dañan la capa de ozono y aceleran el cambio climático. Se afirma, en cambio, que los combustibles derivados de la soja o el maíz no provocan estos efectos perniciosos, cosa que no entraremos a discutir aquí. Algunos gobernantes, como el brasileño Lula da Silva, han logrado erigirse en paladines del ecologismo por promover la fabricación de estos biocombustibles. Nadie se detiene a considerar, sin embargo, que para obtener estos biocombustibles es preciso destinar miles y miles de hectáreas a cultivos agrícolas; y, como la extensión del planeta no es ilimitada, resulta que tales tierras de cultivo se logran a expensas de arrasar superficies arboladas. La destrucción de la selva amazónica propiciada por la fiebre de los biocombustibles está alcanzando magnitudes pavorosas; y a todos nos enseñaron en la escuela que la selva amazónica era uno de los principales pulmones del planeta. Uno podría llegar a entender que se destruyese la selva amazónica para la siembra de soja o maíz que contribuyeran a paliar las hambrunas que afectan a más de la mitad de la población mundial; que tales cultivos se dediquen a aprovisionar de combustible nuestros coches parece menos justificado, desde una perspectiva humana. Pero las anteojeras ideológicas nos impiden contemplar la realidad con una mirada meramente humana; y aceptamos que abogar por el empleo de biocombustibles constituye un rasgo de ecologismo.

   Podríamos aducir otros mil ejemplos. A la postre, se llega a la conclusión de que, con frecuencia, nuestro ecologismo no es sino una coartada ideológica, una suerte de aspaviento que nos permite acallar nuestra mala conciencia de seres que reprimen el sentimiento natural de pertenencia a la Creación.

   Autor: Juan Manuel de Prada. Original: XLSemanal

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LECCIÓN DE ECOLOGISMO

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