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   Miguel de Montaigne fue un escritor, moralista y pedagogo francés fallecido en 1592. Estamos, pues, en el año del cuarto centenario de su muerte. Escribió, entre otras obras, una nueva edición de los Ensayos, obra filosófica que compuso leyendo a Plutarco, a Séneca y a los poetas latinos, y comentándolos según su propia experiencia. La personalidad de Montaigne,con sus poderosas dotes de observación y análisis, parece ser el tema esencial del libro, pero como dijo Voltaire, “al pintarse él, pintó la naturaleza humana”.

   Se puede compartir o estar en desacuerdo con algunos principios filosóficos y pedagógicos de Montaigne, pero ningún lector del primer libro de sus Ensayos  medianamente sensible dejará de sentirse impresionado por la veneración con que habla de la amistad que le unía a su amigo Esteban de Boétie.

   Los hombres, para sobrevivir en la tierra, necesitan al menos, el afecto de otra persona pero cortan con harta frecuencia de un modo estúpido, el puente de salvación. Uno de estos puentes salvadores es la amistad. A los antiguos, la amistad les parecía el más humano de todos los amores. En el mundo moderno se ha perdido una parte de su relieve. Actualmente se usa de los amigos, pero se disfruta menos de lo desintere­sado de esa prodigiosa relación entre almas afines.

   La conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Montaigne, hombre que tuvo el privilegio de cultivar con hondura la amistad y de expresada con maestría en sus libros; el reciente fallecimiento del poeta y académico Luis Rosales, que nos ha hecho recordar la veneración que sentía por sus amigos Federico García Lorca y Joaquín Amigó, y el doloroso adiós de Felipe González a su colega político Willy Brandt en las exequias de éste en Berlín el último pasado día 17 me han traído al recuerdo vivencias personales relacionadas con la amistad, que me impulsan a reflexionar sobre ese sentido tan necesario para la realización de la persona y la convivencia humana.

   La amistad se define como un t afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato. La amistad enriquece, fortalece y ensancha el corazón del hombre y le hace invencible ante la adversidad. En la amistad el alma, de ordinario recóndita y en postura defensiva, se pone al descubierto, se desnuda de sus falacias y formulismos y se entrega tal cual es. En este clima de sencillez se hace posible una ósmosis que enriquece dos existencias. Uno agranda su visión y sencillez del mundo con la visión que del mundo tiene el otro. La amistad del otro nos sostiene en la dura tarea de seguir viviendo.

   El origen de una amistad puede ser una confidencia, un servicio prestado, una colaboración en la misma tarea. A través de eso se descubre en el alma del otro un encanto desconocido hasta entonces.

   Los cimientos en que se apoya la verdadera amistad son la sinceridad, la generosidad y el afecto mutuo.

   Una amistad cimentada sobre la simulación, el engaño y el egoísmo está siempre condenada al fracaso.

   La plenitud de la amistad se traduce en armonía y afinidad espirituales. Con el amigo se llora y se ríe. Las vibraciones vitales son unísonas. En la amistad no se subordina uno a otro, no hay señor ni esclavo, sino aliento para seguir adelante. La amistad plena está al margen de todo afecto sensual. Las almas se ponen en contacto y los cuerpos son pura expresión del mundo del espíritu.

   La amistad es posible entre personas del mismo sexo y entre personas de sexo diferente. Aun entre personas del mismo sexo, se vive muy le­jos de la homosexualidad, porque los amigos se colocan únicamente en un plano de fidelidad, de sacrificio, de sinceridad y de nobleza. La amistad entre personas de distinto sexo reviste características propias y puede ser, en muchos casos, un preludio del enamoramiento y del amor.

   Los educadores deben saber que el niño no tiene amigos, sino compañeros de juego y de colegio, que es a partir de los catorce años, más o menos, cuando empiezan las amistades, y que éstas pueden tener un carácter extraordinariamente sentimental. La misión de los padres y educadores, en esos momentos, es estar atentos a la evolución de las amistades de sus hijos y educandos, respetando en todo momento su Intimidad y ofreciéndoles todo el apoyo que necesiten para el desarrollo de unas relaciones amistosas sinceras y limpias. Las amistades sólidas no nacen, normalmente, hasta pasados los veinte años.

   No todos los hombres y mujeres tienen la suerte o la dicha de contar con amistades auténticas. Algunos no tienen amigos por culpa de su extrema timidez, por temor a que los demás no les acepten o porque en los primeros años de la vida sus padres y educadores no les entrenaron en las destrezas sociales o les educaron de forma superprotectora. Hay gentes a quienes les cuesta hacer amigos porque se sienten inferiores, son mezquinos y egoístas, repelen con sus modales o porque se muestran tan parcos en dar como afanosos en recibir.

   El destino de muchas personas está determinado por las amistades que han mantenido o rechazado. Es frecuente asimilar las virtudes y los vicios de los amigos. La verdadera amistad se contagia, se aprende y se debe enseñar con el ejemplo. Se cosecha amistad en la medida en que se haya sembrado amor, comprensión y sinceridad con nuestros semejantes, sin olvidar que la prueba de fuego de una verdadera amistad pasa necesariamente por la soledad y el infortunio.

   Cuando la distancia o la muerte nos separan de un amigo no debemos afligimos en exceso “porque lo que en verdad admiramos y queremos de él se hará más claro a nuestros ojos, como la montaña se muestra más clara a los ojos del alpinista, vista desde la planicie”. En la amistad, todos los deseos, ideales y esperanzas nacen, son compartidos y permanecen eternamente en una alegría silenciosa que brota del corazón. La verdadera amistad no muere nunca.

   José María Arroyo, maestro jubilado.

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