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    En un pueblecito de labradores vivía un hombre, viejo ya, con su hijo. Casose éste con una muchacha buena y formal del mismo pueblo. Firmaron padre e hijo un contrato con el fin de vivir juntos los tres. Pero el padre y su hijo no se llevaban bien. Siempre estaban con disgustos y riñas.

    Un día regresó el padre a casa muy contento y satisfecho. Había cobrado unas cuentas que le debían. Desde aquel día, el hijo no volvió a reñir con su padre. Incluso se mostraba servicial y amable con él. Parecía que la paz volvía a reinar en el hogar. Pero no era la paz, era la avaricia del hijo que se recogía para dar un zarpazo terrible al pobre viejo. Y ese día llegó. Paseaban juntos padre e hijo un día por el campo. El lugar donde estaban era maravilloso. Rocas cortadas, arboledas junto al río y éste, rumoroso y tranquilo, bajaba entre las peñas. En la cumbre de la montaña había un nido de águilas. Llegaron padre e hijo a la altura de una barrancada. Y cuando más tranquilo caminaba el padre, su hijo le dio un fuerte empujón y el padre cayó al fondo de la barranca. El anciano labrador quedó muerto en el acto y abandonado entre aquellos peñascos.

    El hijo regresó al instante a su casa y se encerró en ella al momento.

    A las pocas horas del suceso, iba un turista por aquellos lugares, contemplando las bellezas del paisaje. Como llevaba una máquina fotográfica, sacó varias fotografías de los rincones más bellos de aquel lugar. Cuando ya se disponía a marchar, vio en la hondonada el cadáver de un hombre. Era el del viejo labrador asesinado por su hijo. Al verlo, sintió un escalofrío, pero recobró pronto la calma.

    Cogió su máquina fotográfica y serenamente sacó una fotografía del rostro del cadáver. Volvió a su alojamiento y reveló la placa.

    Mientras tanto, por el pueblo corría la noticia de que el viejo labrador había aparecido muerto entre las rocas. El turista llevó la foto al señor alcalde, por si algún día le pudiera ser útil. Se sospechaba del hijo, unos decían que era posible fuera él, otros dudaban.

    El alcalde habló con el cabo de la Guardia Civil sobre las sospechas que recaían sobre el hijo. El guardia tuvo una idea. Le pidió al alcalde la fotografía, y cuando ya habían pasado varios días y las cosas parecía que estaban tranquilas, conversando un día el cabo de la Guardia Civil con el criminal sacó el retrato de su padre y se lo puso delante de sus ojos, para que lo viera, y seriamente le preguntó: ¿Conoces a este señor?” El desgraciado joven, al ver el rostro de su padre, dio un grito, se estremeció de horror y cayó al suelo sin sentido. Cuando lo recobró confesó su crimen, diciendo que él había empujado a su padre contra las rocas y lo había matado.

    En el juicio final, cuando los réprobos vean, no la fotografía de Cristo, sino el mismo rostro del Señor en persona, sentirán un estremecimiento de horror y de espanto, como sintió el asesino al ver el rostro de su anciano padre.

       Por Gabriel Marañón Baigorrí

    Sugerencias metodológicas:

    Objetivo: Comprender el juicio particular y el juicio final.

    Contenido:    Llegará un tiempo, no sabemos cuándo, en que vendrá el juicio final. Primero habrá guerras, terremotos, las estrellas se bambolearán, el Sol dejará de alumbrar y la Luna de brillar. Y, por último, será el juicio universal. Jesucristo se aparecerá con gran poder y majestad ante toda la humanidad a juzgar el bien o el mal que hayamos hecho. Los malos estarán espantados por las iniquidades que hicieron. Los justos, gozando del bien que obraron. Vendrá Jesucristo acompañado de todos los ángeles. Se sentará sobre un trono de gloria. A los justos dirá: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino» Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, peregriné y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y vinisteis a verme”. Y, por último, añadirá: “En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a Mi me lo hicisteis”. Y el Señor dirá a los malos: “Apartaos de Mi malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui peregrino y no me alojasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Y por último, Jesús les dirá: “En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo. E irán al suplicio eterno. Y los justos a la vida eterna”.

    Dios ama tan profundamente el bien que hagamos a nuestros semejantes, que nos va a dar por recompensa su gozo eterno. Pero Dios aborrece de tal forma a los que dejaron de obrar el bien que los condenará al suplicio eterno. Jesús nos lo dice claramente: “Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras”.
    Actividades:

       1. Los chicos leen en silencio el texto. El profesor explica el Contenido.

       2. Contestar por escrito a estas preguntas:

       a) ¿Por qué mató el hijo a su padre?

       b) ¿Por qué se encerró el hijo en su casa?

       c) ¿Qué hizo el turista?

       d) ¿Cómo descubrió la Guardia Civil al asesino?

       e) ¿Qué pasará en el juicio final?

       3. Escribir en la pizarra las contestaciones a la pregunta e).

       Norma de conducta:

    Obraré siempre el bien, pues me va a juzgar Jesucristo.
   Reproducido con autorización de: www.encuentra.com
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