En la época actual se habla mucho de democracia, tolerancia y libertad de expresión, pero observamos que no todo es tan real.

   En la práctica muchos de esos valores no se respetan ni son aceptados por todos, pues depende si lo que se defiende está dentro de los parámetros de lo políticamente correcto o no lo está.

   Algunos quieren imponer el relativismo ético que vendría a decir que todos los valores valen lo mismo y no hay valores absolutos. Esto parece que llevaría a una tolerancia entre todos los hombres, pero en la realidad esto no es así, como podemos ver en dos ejemplos.

   Hay muchos que piensan que los niños necesitan a un padre y a una madre para desarrollar armónicamente su personalidad y otros piensan que una pareja de homosexuales pueden realizar esa misma función con los chicos adoptados. También sostienen que los homosexuales merecen respeto y hemos de acoger y acompañar por seres humanos. Ante esta diversidad de opinión, con frecuencia se levantan oleadas de protestas de activistas gays y de quienes les apoyan ejerciendo su poder para acallar la postura respetuosa con los homosexuales y en defensa de la educación de los chicos por un padre y una madre. En este caso no se respeta la igualdad entre los valores ni la libertad de expresión porque sería políticamente incorrecto.

   Otro ejemplo de la incoherencia actual es el tema del aborto. La ciencia acepta de forma generalizada que desde el momento de la concepción ya hay un ser humano con todas las potencialidades genéticas que se desarrollarán a lo largo de su vida. Este pequeño ser está defendido por la Declaración de los Derechos Humanos. Muchos piensan que ante un embarazo no deseado hay que defender tanto a la madre como al bebé que lleva en su vientre. A la madre hay que ayudarle a que pueda atender satisfactoriamente a su chico dentro de su propia familia o en Casas-cuna que están apareciendo en distintas ciudades. También habría que informarles de los riesgos psicológicos que suelen padecer las madres que abortan. Y también se defiende al niño o niña que tiene derecho a vivir como cualquier persona. Pero los movimientos abortistas sólo se fijan en el derecho de la madre para elegir y niegan cualquier otra postura.

   En los dos casos se observa una incoherencia radical: se defiende que todos los valores valen lo mismo, pero en realidad no toleran las opiniones de los demás. Los que siguen lo políticamente incorrecto defienden el relativismo de las ideas de los demás para anularlas, pero sus propias ideas son dogmas intocables.
   Ya es hora de que realmente seamos tolerantes con todas las personas y se respete la necesaria libertad de expresión.
   José Pedro Segundino

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