Cada vez son más las familias españolas que optan por instruir ellas mismas a sus hijos.
Entre las razonas aducidas para justificar su decisión, están, por supuesto, las de índole religiosa o moral, es decir, las convicciones de las que las creencias familiares no van a encontrar acomodo en el sistema de enseñanza, sea público o privado. Pero esa clase de razones no dejan de ser, al cabo, las que menos pesan. Lo que lleva a la gran mayoría de esos padres a escoger la llamada educación en familia es, paradógicamente, la pedagogía. O sea, lo que se supone que debería ofrecerles la escuela. En otras palabras: su decisión nace de la desconfianza, cuando no del rechazo, hacia el sistema. Y es que todos esos progenitores consideran que sus retoños aprenderán mucho más si pueden ir progresando a su aire, según sus propias capacidades, que si han de ceñirse al nivel del grupo que les ha tocado en suerte, máxime cuando este nivel, en la escuela actual, ya ni siquiera resulta de establecer la media entre el de cada uno de los alumnos que integran una clase, sino que es, pura y simplemente, el de los más rezagados.

   Con todo, no estamos ante una demasiado extendida. Al menos en España, donde sólo afecta a 2.000 familias, muy pocas en comparación con las 400.000 del conjunto de Europa o con los dos millones de Estados Unidos. No obstante, lo más sorprendente no es esto; lo más sorprendente es que la educación en casa no esté regulada, cuando sí lo está en casi todos los países europeos y, en especial, en los más ricos. Porque esta es otra. En las países donde más consolidada está esa modalidad educativa, más consolidado está el régimen de libertades. O sea, el respeto a los derechos fundamentales y, entre ellos, el de los padres a educar a sus hijos. Y quien dice el respeto dice la estricta observancia. Por eso en todos esos países la responsabilidad del Estado en materia educativa no entra en contradicción con la de los padres para con sus hijos. O, lo que es lo mismo, no entra en contradicción con la libertad.

   Claro que todavía puede extraerse otra lección de esa tendencia. Y es que allí donde la enseñanza obligatoria ha hecho ya todo el recorrido imaginable, allí donde ya está garantizada la escolarización de todos y cada uno de los ciudadanos hasta una edad más que suficiente -aunque que habrá siempre quien aspire a extenderla hasta la mismísima edad de jubilación-, allí, para aspirar a una educación distinta, a una enseñanza verdaderamente humanística, a lo que algunos llaman aún la excelencia, no queda más remedio que abandonar las aulas y encerrarse en casa. Y contar, claro, con que papá y mamá no hayan olvidado las tablas de multiplicar.

   Xavier Pericay. D/. Los domingos de ABC. 1 de marzo de 2009.
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