Actualmente, tras la pretensión de liquidar los dogmas fundamentales, surgen nuevos dogmas como el de la moral subjetiva y la autonomía total del individuo.
    Para conseguir el cambio de los valores, Nietzsche (1844-1900) decretó la muerte de Dios, porque “si Dios no existe, todo está permitido”, como había dicho Dostoievski. Solo así el nuevo superhombre podía desprenderse del sentido del deber y proclamar la victoria de la autonomía absoluta.

    Es lo que Lipovetski llama el “crepúsculo del deber”, en una sociedad que desprecia la abnegación y el esfuerzo, estimulando los deseos inmediatos, en un Nuevo Mundo en el que solo se otorga crédito a las normas indoloras, a la moral sin obligación ni sanción.

    Un ejemplo lo encontramos en el director de cine Woody Allen en cuyas películas sus personajes se casan, son infieles, se divorcian, se deprimen…, se vuelven a casar de nuevo y repiten los mismos pasos. Son vidas donde cualquier idea sobre el deber o la responsabilidad es sofocada por deseos y sentimientos que crecen sin control. Los personajes son marionetas de sus impulsos. En esto consiste el superhombre de Nietzsche. El Felipe de Mafalda ya había dicho: “Hasta mis debilidades son más fuertes que yo”. Los personajes de Woody Allen no dominan las riendas de sus vidas y andan abandonados al escapismo inmaduro del carpe diem. El amor es sustituido por el sexo sin compromiso ni fidelidad.

   Los actores quieren ser felices pero utilizan a los otros como objetos de placer.

    Pero la realidad es que el placer es solo un ingrediente de la felicidad y el nuevo dogma desconoce que la felicidad se amasa con amor sacrificado y amistad generosa, con servicio a los demás y sentido trascendente de la vida.
José Pedro Sánchez
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