Todavía se oyen los ecos de los reproches lanzados por una multitud encolerizada de la ciudad inglesa de Liverpool contra los dos niños de diez años acusados de haber torturado y asesinado al pequeño James Bulger, de dos años.

   Este hecho criminal, por ser algo muy excepcional, no debe ser motivo para acusar de maldad a todo un pueblo ni al colectivo de adolescentes y jóvenes. Pero, si tenemos en cuenta los numerosos delitos cometidos por individuos menores de edad en sociedades que se consideran progresistas, es justificable relacionar la delincuencia juvenil con el declive social y educacional.

   En mi escrito “¿Quiénes son los culpables?”, publicado en este Diario en fechas pasadas, hacía algunas consideraciones sobre hechos criminales, cuya causa, en muchos casos, son los conflictos derivados de adaptaciones anormales, favorecidas por ciertos comportamientos sociales. Hoy, a la vista del hecho delictivo referido, he creído oportuno centrar mi exposición, de manera genérica, en la delincuencia juvenil, fenómeno que nos afecta y preocupa.

   El término “delincuencia juvenil”, tal como se define en las leyes de los tribunales para menores, se refiere a la violación de una ley u ordenanza municipal por menores, o conducta, por parte de tales personas, tan gravemente antisocial que menos­caba los derechos de otras personas o amenaza el bienestar del propio delincuente o de la comunidad.

   La delincuencia juvenil es un problema que ha existido desde el amanecer de la historia y probablemente siempre estará con nosotros. En la actualidad reviste mayor gravedad porque se ha extendido a zonas de población y a sectores sociales en los que no se daba en tiempos pasados, y porque son otras las motivaciones. Estas eran, principalmente, fruto de la exuberancia juvenil, afán de aventura, sentimiento mal orientado de diversión y deseo de adquirir influencia en la pandilla. En el presente, la delincuencia es sobre todo producto del vicio y del deseo de llamar la atención o ser un “personaje”.

   Las causas de la conducta delictiva son múltiples y están relacionadas entre sí. De los estudios comparativos hechos se desprende que los niños y adolescentes normales cometen transgresiones menores, los delincuentes, en cambio, dan una historia de mala conducta persistente y grave, como robo, delitos contra el orden público, vagabundeo, haraganería, asaltos v golpes, En sus actividades emocionales, los delincuentes tienden a ser hostiles, desairados, resentidos y suspicaces. Tienen un fuerte sentimiento de que no son apreciados. Son personas insatisfechas.

   La personalidad del delincuente juvenil está fuertemente condicionada por las actitudes familiares y las relaciones paterno-filiales. Los trastornos emocionales, el retraso mental, el alcoholismo, la drogadicción y la conducta amoral y delictiva de los padres están en el origen de la conducta delictiva y antisocial de muchos menores.

   Otro importante factor es la clase de disciplina que reina en el hogar. La disciplina consistente y sólida es la mejor para prevenir. La disciplina errática, que varía entre la laxitud y el rigor, ejerce el efecto más perjudicial para el niño. La libertad que excusa al niño en vez de disciplinarlo, es otro mecanismo causal de la delincuencia.

   La diferencia de delincuencia juvenil en diferentes paí­ses y regiones sugiere que los factores causales dominantes son sociales en vez de individuales. En el caso de la delincuencia, como en el alcoholismo, drogadicción, homosexualidad, prostitución y suicidio, las razones deben buscarse, antes que en otra parte, en el medio social.

   La integración en la comunidad es un fuerte factor disuasorio. Las comunidades con estabilidad emocional y social tienen poca delincuencia. Por el contrario, la delincuencia es más alta en las comunidades inestables o socialmente desorganizadas.

   Los medios de comunicación, aunque no motivan al comportamiento delictivo, pueden determinar el contenido de los delitos. Frecuentemente presentan modelos de conducta que las mentes delictivas preparadas están demasiado dispuestas a aceptar. Una sociedad en la que a los jóvenes se les induce a creer que divertirse es la finalidad . principal de la vida, se reduce a su mínima expresión la restricción moral y la responsabilidad personal, la autoridad de los padres, profesores, Iglesia y gobernantes es sistemáticamente criticada o motivo de burla, cría delincuencia.

   El remedio contra la delincuencia se encuentra en el entorno a un sentimiento de responsabilidad personal, una actitud disciplinaria más estricta hacia los niños, atención a la educación de los hijos en virtudes más austeras de honestidad, confianza en , sí mismos y trato justo. Es fundamental el ejemplo de la conducta de los adultos.

   La buena conducta no puede esperarse de niños y jóvenes si se les perdonan hechos delictivos, desviaciones e innumerables deshonestidades menores, o si se les imparte una educación que posterga los valores estéticos, éticos y religiosos, justamente los que dan el verdadero sentido a la vida humana.

   José María Arroyo, maestro jubilado.
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