Los males de la sociedad

    Todos sabemos que para atajar el mal y eliminarlo lo primero que hay que hacer es detectarlo y conocer en qué consiste; luego, procurar averiguar sus causas y por último comenzar un tratamiento correcto que conduzca a vencerlo y erradicarlo.

    Matar a un ser humano siempre, pero sobre todo cuando es inocente, es el mayor mal que puede concebir y cometer el hombre o la mujer, y por desgracia esto es lo que sucede en los tiempos actuales con el aborto provocado, que es dar muerte a un ser humano en el vientre de su madre, ante el dolor, la sorpresa, la pasividad o la indignación de tanta gente.

    Cuando una sociedad, en lugar de emprender el camino de evitar el gravísimo mal del aborto –porque todos estamos de acuerdo en que es un mal- con todos los medios a su alcance para evitarlo, apoyando económica, jurídica y socialmente a las mujeres embarazadas, lo que hace es despenalizarlo, legalizarlo y realizarlo cada vez en mayor proporción (112.000 en el año 2007, sólo en España) y favorecer con su voto a los Partidos políticos que lo admiten, lo justifican o lo defienden, puede afirmarse que esa sociedad está profundamente corrompida.

    Este es el mal más grave de nuestro tiempo. A continuación debemos preguntarnos cuáles han sido sus causas, y como éstas pueden ser muchas y diversas, voy a centrarme en las que considero principales.

    La mayor causa en mi opinión, es la utilización generalizada de anticonceptivos para evitar el embarazo de la mujer en las relaciones sexuales, tanto en los matrimonios como fuera de ellos. En este caso, el aborto es un anticonceptivo más, el último de la cadena de los que pueden ser utilizados. No hay más que asomarse a la bajísima tasa de natalidad en España que lo demuestra a las claras y en los demás países europeos y occidentales ricos y civilizados ocurre otro tanto. Se quiere disfrutar del placer sexual pero evitando a toda costa el embarazo, la concepción de un hijo, porque se piensa que no se pueden asumir los problemas económicos que su venida al mundo lleva consigo, por lo que, en general, muchos matrimonios se limitan a tener “la parejita” a poder ser niño y niña.

    Esta situación social tiene unas consecuencias terribles y escandalosas en la educación de los hijos: los padres quedan incapacitados, desprovistos de la autoridad moral necesaria para educarlos en el bien y en la virtud, si no totalmente, si en una parte importante y fundamental de su actuación ante ellos, y aunque lo quieran, no pueden evitar esa frustración interior y éstos a su vez quedan libres para actuar de modo semejante desde temprana edad. Sucede lo que se llama el permisivismo de la autoridad paterna. Los fines de semana de una gran parte de la juventud, llamados del “botellón”, demuestran este hecho, los jóvenes, ellos y ellas, pasan esas noches ausentes de su hogar, dedicados a fomentar mutuamente los vicios posibles a su alcance, como el alcohol, drogas y sexo en sus diversas manifestaciones. Luego, algunas muchachas se quedan embarazadas con 14, 15 o 16 años y tienen que recurrir a píldoras abortivas o al aborto.

    En segundo lugar está la corrupción generalizada de las costumbres de muchas mujeres de nuestra época que, desde mediados del siglo pasado, hasta el comienzo del actual, viven en gran medida en esa corrupción sin que seguramente sean conscientes de ella, y que, aunque esa corrupción no sea tan terrible e importante como la anteriormente descrita, produce, como se suele afirmar con evidente realismo, el que “corrompida la mujer, corrompida la sociedad”.

    Veamos algunos ejemplos significativos: demasiadas mujeres utilizan la minifalda mostrando la parte superior de sus piernas provocando el deseo sexual de los hombres y esto en actos o reuniones sociales en los que no viene a cuento exhibir esa parte de su anatomía, como sería por ejemplo en el deporte, en la piscina o en la playa; en estos últimos lugares, demasiadas mujeres exhiben gran parte de su cuerpo por medio de la prenda llamada “bikini”, sin manifestar ningún pudor, por no hablar del “topless”,
de las playas nudistas y del exhibicionismo de los cuerpos desnudos, con el pretexto del arte o de manifestaciones democráticas.

     De estas consideraciones y otras muchas que podrían hacerse sobre el grado de
corrupción de la mujer actual, del que se aprovechan muchos políticos que nos gobiernan, bien sean masones, ateos, agnósticos o cristianos hipócritas, así como los capitalistas, que basan en el poder, el dinero, las riquezas y los falsos honores, la finalidad de su vida, fomentando con sus leyes y sus decisiones la perversión de las costumbres, en su propio beneficio. Ahí están tantos programas de TV tan llenos de zafiedad, groseros, e incluso blasfemos para demostrarlo. Por otra parte, hay una indudable sintonía de intereses e ideales entre las personas que se dejan llevar por esas perversiones y los votos que alcanzan a lograr en las elecciones democráticas esos Partidos y políticos
sin escrúpulos. Véase el apoyo incondicional al PSOE de la mayoría de los artistas de cine “de la ceja” y su animadversión al otro Partido mayoritario, el PP. Algunos de esos políticos argüirán que esas costumbres son SIGNOS DE LIBERTAD, cuando en realidad son SIGNOS DE LIBERTINAJE tan nefastos para la sociedad como el soborno o la utilización de cargos públicos para enriquecerse.

Otros, más agresivos e injustos y menos inteligentes tacharán estas
consideraciones de retrógradas, fascistas, anacrónicas o cualesquiera otros calificativos despectivos. De donde se deduce otro axioma comúnmente admitido: “cada país tiene los políticos y el gobierno que se merece”.

    Pues bien, para merecer un mejor gobierno en España, necesitamos en primer lugar, una auténtica regeneración moral personal de base que rechace el uso generalizado de los anticonceptivos, como algo indigno de la persona y del aborto como lo que es, el crimen de un ser humano antes de nacer. En segundo lugar, que se estimulen y se alaben las virtudes humanas, además de los valores, como la justicia, la igualdad y la libertad, como lo que son: algo bueno y necesario para la convivencia democrática en paz. Y en tercer lugar, no menos importante, que el Estado representado por el Partido en el poder, trate de ayudar con todas sus fuerzas y recursos económicos, sociales, fiscales, y jurídicos a las personas que se deciden a fundar una familia natural estable para que vivan su matrimonio abierto a la vida, recibiendo a los hijos como un don, sean cuales sean sus cualidades, deficiencias o enfermedades, y no como una carga insoportable. Así, muchos padres permisivos, podrían exigir a los políticos y a sus propios hijos un comportamiento moral que ellos mismos se esforzarían por vivir previamente con su conducta diaria, cosa que ahora, a juzgar por el aborto y la perversión de las costumbres expresada, no ocurre, o al menos no sucede con la intensidad con la que debería, para tratar de reducir la corrupción de la sociedad –nunca se podrá eliminar totalmente- en lugar de favorecer su incremento con Leyes perversas e injustas.

    Roberto Grao Gracia
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