El título de este escrito me ha sido sugerido por aquello de “No renuncies al amor ni a tu libertad”, parte integrante del “spot” de TVE invitándonos a participar en la lucha contra el SIDA.

   No es mi intención analizar el contenido y la forma del mensaje televisivo, pero sí reflexionar sobre la libertad, ese valor tan querido por todos y mal interpretado y ejercido por muchos.

   El instante más rico de la existencia de un vocablo es el de su nacimiento. Al cabo de un tiempo, y como consecuencia de su uso abusivo o incorrecto, pierde fuerza expresiva, se adultera y deja de transmitir su mensaje inicial.

   Esto les ha sucedido, por ejemplo, a los vocablos “amor” y “libertad”. Nacidos con cuerpo y alma, actualmente son palabras exánimes; tienen más envoltura que con­tenido. La ignorancia, la irreflexión y una actitud mimética han hecho que muchos hablantes empleen palabras huérfanas de contenido, erróneas, imprecisas y con una semántica distinta a la que tuvieron en sus orígenes.

   La palabra “libertad”, etimológica e históricamente, ha significado, muchas veces, ser totalmente libre. Esta significación absoluta es un intento de deificación o de anonadamiento; o todo o nada. A la práctica de la libertad sin fronteras le ha seguido, con harta frecuencia, su negación absoluta. En un principio designa ausencia de coacción exterior. El hombre libre es el que no es esclavo ni está preso; es el que obra como le viene en gana. Posteriormente se ha enriquecido con nuevos significados. Existe la libertad en general, la libertad física, social, política, ontológica, moral, psicológica, etc. Yo me circunscribiré a la libertad psicológica o instrumental, no sin antes afirmar que la libertad en el sentido de obrar como a uno le venga en gana, no es libertad sino esclavitud pasional.

   La libertad psicológica tiene su raíz en el cerebro y está limitada o condicionada por la herencia y el ambiente en que vive. Puede quedar totalmente anulada por determinantes patológicos y quedar muy reducida, debido a determinantes normales, tales como los instintos, los hábitos y el subconsciente.

   El comportamiento humano está mediatizado por determinismos. El deber, por ejemplo, es un determinante, aunque no sea de orden psicofisiológico, sino de categoría superior. A pesar de todo, la estructura psicofisiológica humana es tal que el hombre puede escoger entre diferentes determinantes y hasta controlarlos, pero siempre bajo la presión de alguno de ellos.

   La conducta del animal se rige totalmente por los determinantes internos y externos; el hombre puede controlar su conducta gracias a la duda que surge en su interior ante los determinismos. El hombre tiene conciencia de que puede preferir; más aún de que ha de preferir. El hombre no permanece pasivo ante los automatismos. Esa conciencia de que puede y ha de preferir constituye la libertad psicológica.

   La libertad viene condicionada por la herencia. En la actualidad se trabaja por mejorar la herencia e incluso controlarla, pero, por el momento, pesa negativamente, en la mayoría de los casos, sobre la libertad psicológica del individuo.

   El ambiente también mediatiza la libertad porque actúa en su psícofisiología. La cultura del sujeto es un elemento definitivo de su libertad y está muchas veces en función de la economía. Sin un mínimo ambiente favorable, el ejercicio de la libertad resulta imposible.

   La libertad es el punto más elevado de la evolución cósmica. Con la libertad, la evolución de todas las cosas creadas manifiesta el dinamismo interno que le empuja hacia adelante. La libertad es un riesgo enorme porque es una plenitud temporal. En el tiempo, toda grandeza es un riesgo. La libertad psicológica hace posible la entrada del mal en el mundo. No es un don gratuito: hay que conquistarlo.

   Existen unos preámbulos o presupuestos de la libertad activa: clima, política, alimentación, historia, hogar, cultura, etc. Procurar el advenimiento y la existencia benefactora de estos preámbulos es activar la evolución progresiva de la libertad psicológica.

   No basta, sin embargo, crear un clima favorable a la libertad; hay que ejercitar, además la facultad de preferir, no según las pasiones internas o las excitaciones externas, sino según normas extrasubjetivas. Preferir únicamente a tenor de la pasión y la excitación es volver la espalda a la dirección evolucionista y ahogar la libertad. Sería volver al reino animal, y caer otra vez en la esfera de los determinismos.

   La autoeducación, lo mismo que la heteroeducación de la libertad, presupone una higiene fisiológica, mental y ambiental, y una ascesis o ejercicio constante para conformarse a unos cánones superiores. La libertad, lo mismo la individual que la colectiva, sólo puede vivir apoyada en una ética.

   José María Arroyo, maestro jubilado.
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