Televisión

   En algún artículo anterior hemos reflexionado sobre el control omnímodo que, en las sociedades que pomposamente se designan a sí mismas como `libres´, la propaganda ejerce sobre las conciencias; y hasta sobre el sentido común. Un control que no admite parangón con el que se haya ejercido en ninguna otra época anterior de la historia humana, tal vez porque la propaganda de antaño era percibida por sus destinatarios como una intromisión contra la que debían resistirse; y tal resistencia se fundaba en la existencia de vínculos fuertes entre las personas, que antes de adherirse a tal o cual directriz emanada de un poder coercitivo preferían adherirse a un depósito de sabiduría acumulada generación tras generación en el que hallaban respuesta a sus inquietudes. Pero hoy ese depósito ha sido expoliado, los vínculos que unen a las personas se han ido adelgazando hasta hacerse quebradizos e inconsistentes y las directrices emanadas por un poder coercitivo han dejado de ser percibidas como tales, para convertirse en mandatos benignos y protectores en los que ciframos nuestra esperanza, nuestro cobijo, nuestra salvación.

   Pruebas de esta vulnerabilidad que nos hace más y más permeables a la propaganda las hallamos por doquier. Algunas, contempladas con cierta distancia (o con los residuos maltrechos de sentido común que aún nos iluminan), adquieren ribetes grotescos. Así ha ocurrido, por ejemplo, con la `pandemia´ de histeria colectiva desatada por la llamada gripe A, que según nos aseguró la propaganda causaría millones de víctimas mortales. La Organización Mundial de la Salud puso los perros en danza, los medios de comunicación se encargaron de propalar sus ladridos y los gobiernos de los países occidentales iniciaron una demencial campaña de prevención que se saldó con la compra de tropecientos millones de vacunas con las que se pretendía detener el avance de una plaga que… nunca existió. En apenas unos meses, la propaganda logró convertirnos en criaturas desquiciadas que reaccionaban a sus estímulos como el perro de Paulov reaccionaba al sonido de la campana. Y, donde el perro de Paulov segregaba saliva, nosotros segregábamos miedo, como otras veces segregamos complacencia, o resignación, según le convenga a la propaganda. Sin apenas darnos cuenta, nos convertimos en una masa atolondrada que reclamaba con urgencia, con angustiada prontitud, remedios que, como el bálsamo de Fierabrás, poseyesen efectos milagrosos. Por supuesto, en medio de toda aquella tremolina, olvidamos que la llamada gripe A no había demostrado en modo alguno ser más nociva que la gripe común que cada año nos visita; la gripe común que cada año arrebata cientos de vidas en España y alrededor de medio millón en el mundo. Y es que la propaganda nos lo impedía: la Organización Mundial de la Salud no cesaba de lanzar alarmas desquiciadas, los medios de comunicación las divulgaban con denuedo y los gobiernos hacían el agosto de los laboratorios farmacéuticos que a estas horas están mondándose de la risa, mientras amasan los beneficios resultantes del engañabobos.

   Y así nos convertimos por unos meses en medrosos gurruños de carne que seguían al dedillo las más estrafalarias directrices de la propaganda. Nos dijeron que dejásemos de besarnos y obedecimos; nos dijeron que dejásemos de estrecharnos la mano y accedimos; y, si nos hubieran pedido que contuviéramos la respiración hasta notar los primeros síntomas de asfixia, sospecho que habríamos seguido sus indicaciones sin rechistar. En lo que se demuestra que, ante las directrices de la propaganda, somos capaces de renegar hasta de nuestro sentido común; lo que no se explica si antes no aceptamos que la adhesión a la propaganda ha alcanzado rango de culto idolátrico en las sociedades occidentales, que han llegado a creer ilusoriamente que el progreso de la ciencia y la búsqueda incesante de una mayor eficacia administrativa las hace invulnerables. Cuando este simulacro de invulnerabilidad se tambalea sobre sus cimientos de humo, la paranoia se desata; y entonces los amos del cotarro, antes de que la idolatría se desmorone, se sacan de la manga un `falso prodigio´ en forma de vacuna o antídoto. Falso prodigio que tal vez no funcione; o que ni siquiera sea necesario, como ha ocurrido con la llamada gripe A. Pero entretanto, alguien habrá hecho su agosto (detrás de toda idolatría siempre hay alguien que se lleva la pasta); y la propaganda habrá vuelto a demostrar que ejerce un control omnímodo sobre nuestras conciencias.

   Por Juan Manuel de Prada. Original del XLSemanal, 21-II-2010
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