Tolerancia

   Mientras que el pluralismo es la manifestación más positiva del derecho a la libertad, el relativismo representa el abuso de una libertad que se cree con derecho a juzgar arbitrariamente la realidad. Cuando no se admite lo real, la inteligencia no puede reconocer que las cosas son como son y tienen consistencia propia. El relativista se niega a reconocer las cosas como objetivamente son y afirma que son lo que subjetivamente pueden parecer o le conviene que sean.

   Pongamos un ejemplo: lo que para Don Quijote eran gigantes enemigos, para Sancho son molinos de viento. De la misma manera, lo que para Sancho era una bacía de barbero, para Don Quijote es el yelmo de Mambrino. Pero los dos personajes no pueden tener razón, porque la realidad no es doble.

   La dictadura del relativismo no reconoce nada como definitivo y deja como medida última el propio yo y sus ganas. Parte de que todas las opiniones valen lo mismo, aunque sean contradictorias.

   El terrorista defiende su derecho a matar, mientras que el ciudadano pacífico aborrece el asesinato. ¿Ambas opiniones tienen el mismo valor? Lo mismo podemos decir de los derechos esgrimidos por un nazi y un judío, y entre un defensor del aborto y un defensor de la vida. ¿Es igual de respetable un vendedor de periódicos que un vendedor de droga? ¿No venden un producto y cobran un dinero? Para ambos vendedores el derecho subjetivo les confirma en su conducta como algo positivo y aceptable. Lo mismo podríamos decir entre el que conduce sobrio y el que conduce borracho y entre el que vive fuera de la ley y el que vive dentro.

   El relativismo afirma que no hay verdad ni mentira. Ambas opiniones son válidas. Abre así la puerta al ‘todo vale’, por donde siempre podrá entrar lo más descabellado y lo irracional.

   Los políticos relativistas quieren dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a su gusto como si fueran los verdaderos creadores del mundo. En nuestra avanzada cultura democrática se está imponiendo por vía de fuerza el principio de que todas las opiniones valen lo mismo, y por tanto, que nada valen en si mismas sino sólo en función de los votos que las respaldan.

   Se cuenta que le preguntaron a un político corrupto si el robar era una acción éticamente buena o mala y él respondió: Nada es bueno ni malo, todo es relativo. A mí personalmente si no me cogen robando, es bueno porque dispongo de mucho dinero, pero si me descubren el delito, entonces robar es malo porque me pueden meter en la cárcel. Pero se puede culpar a los periódicos y la televisión por haber descubierto el robo y actuar con fines partidistas.

   Si la ética fuera subjetiva, el terrorista, el vendedor de droga, el conductor borracho, el político corrupto y el violador podrán estar actuando éticamente y podrían defender todas sus acciones como buenas.

   El relativismo es probablemente la enfermedad más grave de la sociedad europea en el momento presente y considerar la enfermedad como salud es la peor de las dictaduras.

   Arturo Ramo
www.aplicaciones.info
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