Religión

   A través de prácticas orientales, mezcladas con la parapsicología y el ocultismo –entre otras creencias y técnicas–
la Nueva Era nos promete lograr un mundo sin distinción entre las religiones, donde se vive en armonía con la Madre Tierra y cada ser humano disfruta de una salud holística. ¿Esta cosmovisión podría llegarse a materializar? ¿Qué hay más allá de todas estas promesas?

   ¿Te suena familiar alguna de estas frases?: “Haz lo que te dicte tu corazón”, “voy a enviarte energía positiva”, “crea tu propia realidad con el pensamiento”, “reinvéntate cuantas veces quieras”, “alcanza la sabiduría interior”, “desarrolla tu potencial”, “aprovecha la energía sanadora del universo”, “visualiza cualquier cosa que desees conseguir”… ¿Sabes qué tienen en común? Estas expresiones, cada vez más frecuentes en el lenguaje cotidiano, se presentan como la panacea para lograr paz, amor, salud, prosperidad y felicidad. En estos tiempos de crisis económica, ¿quién no se aprovecharía de semejante oferta para mejorar su situación? Pero, ¿realmente nos llevan a ese camino de bienestar que prometen?

   Visualizar una meta al trazarse un proyecto es algo normal en el proceso de planeación. Querer cambiar algún aspecto de nuestra vida que no marcha bien es lógico y razonable. Hacer lo que está en nuestras manos para solucionar un problema o curar una enfermedad es propio del ser humano… Sin embargo, detrás del modo en que están formuladas estas frases hay toda una filosofía que promete un “magnetismo” o capacidad para atraer a nuestra vida todo aquello que visualizamos, y presenta el universo como si fuera un dios con el que tenemos que trabajar al unísono para que se hagan realidad nuestros anhelos.

   Es la cosmovisión de la Nueva Era, un movimiento ecléctico que toma creencias y prácticas prestadas de gran cantidad de fuentes: ideas y tradiciones de Asia, las religiones paganas y el antiguo gnosticismo; creencias del budismo, el hinduismo, el zen, y las religiones indígenas de América; técnicas de la parapsicología, la salud holística y el ocultismo; investigaciones científicas como las teorías de Darwin y la física cuántica, entre otras.

   Este movimiento se ha ido extendiendo entre nosotros a la velocidad del fuego. Basta mirar alrededor para encontrarnos con la proliferación de clases de yoga, prácticas adivinatorias, terapias alternativas, sanación por medio de la energía universal, meditación trascendental y oración centrante, cursos de desarrollo del potencial humano y centenares de libros de autoayuda. Todo ello con un envoltorio sofisticado y un lenguaje seductor que conquista al hombre de hoy.

   Lo curioso es que, tal como indica Stratford Caldecott, director del Centro de Fe y Cultura de la Escuela de Artes Liberales Tomás Moro en Oxford, “los únicos elementos nuevos de la Nueva Era proceden del toque moderno que se le da a estas ideas”. Sus orígenes son tan remotos como los movimientos teosóficos y espiritualistas del siglo XIX y comienzos del XX, pero también hay que irse a las antiguas herejías gnósticas que se extendieron en los primeros días del cristianismo e, incluso, varios siglos antes de Cristo.
Son creencias y filosofías antiguas, adaptadas al hombre actual, y cada uno tiene la posibilidad de construirse una espiritualidad a su medida según el momento que atraviesa en su vida. De ahí que la expansión del relativismo haya sido clave para su propagación. El documento vaticano Jesucristo portador del agua de la vida (2003), editado para dar una respuesta cristina a la Nueva Era, explica que el grado de acogida que ha alcanzado este movimiento se debe a que “la cosmovisión en que se basa ya estaba ampliamente aceptada. El terreno estaba bien preparado por el crecimiento y la difusión del relativismo, junto con una antipatía o indiferencia hacia la fe cristiana”.

   Es más, uno de los objetivos principales de la Nueva Era es desprestigiar a la Iglesia católica, encargada de salvaguardar las verdades de la fe. Libros como El código Da Vinci y películas como La brújula dorada (2009) –basados en parte en la filosofía de la Nueva Era–, dan testimonio de ello. Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), comenta que “las distintas corrientes de la Nueva Era propugnan, anuncian y defienden la Era de Acuario, una época nueva en la que se dará el paso de la religión (mala) a la espiritualidad (buena), dejando de lado todo lo institucional”. Pero además, este movimiento se propone instaurar esa nueva espiritualidad. La propuesta se basa en una religión sin exigencias dogmáticas, morales o institucionales, que aboga por la fusión entre las religiones. De ahí que sus seguidores prefieran distanciarse de la palabra “religión” y hablan de una “espiritualidad”, “un término más difuso en el que están más cómodos”, puntualiza Santamaría.

   Un cambio de conciencia

   La Nueva Era es un movimiento sin agenda unitaria. Sin embargo, según advierte Luis Santamaría, sí tiene una finalidad común: el cambio de conciencia. Esta transformación tiene que ser “tanto personal como global, llevando a un cambio de paradigma. La psicología, la ciencia, la ecología, la religión, la medicina, la filosofía… todo esto tiene que cambiar”.

   Ese cambio comenzó en la década de los sesenta, época del jipismo y la “cultura alternativa”. Fue entonces cuando el término Nueva Era se popularizó para anunciar la inminente llegada de una nueva civilización de paz, armonía y amor universal. La letra de la canción “Aquarius” del musical Hair (1969) –hoy usada en anuncios de TV– lo pregona: “Cuando la luna esté en la séptima casa, y Júpiter se alinee con Marte, entonces la paz guiará a los planetas, y el amor conducirá a las estrellas. Es el amanecer de la Era de Acuario… Abundarán la armonía y la comprensión… una revelación mística cristalina, y la auténtica liberación de la mente…”.

   Para lograrlo, la Era Cristiana debía dar paso a la nueva era astrológica de Acuario, que traería consigo una transformación definitiva en la conciencia de los hombres. Stratford Caldecott señala que cada vez son menos los que piensan que esto es inminente, sin embargo, todavía hay quienes tienen la esperanza del advenimiento de una Nueva Era: “Algunos se ven a sí mismos viviendo un período complejo de ‘oscuridad’ antes de que nazca la nueva civilización y llegue por fin la conciencia religiosa mundial”.

   José Luis Pivel, filósofo y teólogo que ha investigado el fenómeno, indica que la adquisición de esa ‘conciencia integral’ se basa en la experiencia de sí mismos, en el esoterismo y en fenómenos ocultos. Durante la transición de la Era de Piscis (Era Cristiana, que va del año 4 d. C. al 2.146 d. C. según algunos astrólogos) a la Era de Acuario (del año 2.146 d. C al 4.296 d. C), se prepararía a los “hombres nuevos”, algo así como una nueva especie de superhombres o seres con la misma conciencia de Cristo. Pero “el Cristo” que predica no es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Nueva Era se refiere a Dios como la Energía Divina, la Energía del Amor o la Gran Inteligencia Universal. “Su propósito es que toda la humanidad llegue a ‘la conciencia de Dios’, que es la conciencia de que cada uno es dios”, subraya Pivel.

   En este orden de ideas, Luis Santamaría puntualiza que “las personas deben descubrirse como partes de un Todo, que lo abarca todo, y todo lo diviniza. No hay diferencia entre la divinidad y la humanidad, ya que somos chispas de la gran energía divina universal”. Así, la energía viene a sustituir a Dios y su gracia. En esta espiritualidad –insiste Santamaría– “no hay un Dios que dicte lo que está bien y lo que está mal. La salvación se consigue por el propio esfuerzo. Se propone una gran variedad de métodos y técnicas, de cursillos y Prácticas, para lograr el perfeccionamiento personal”.

   ¿Quiere decir entonces que las prácticas de la Nueva Era son malignas? Stratford Caldecott afirma que algunas prácticas asociadas a ciertos grupos de la Nueva Era son nocivas y peligrosas, como pueden ser los ‘espíritu guía’, la dependencia de la astrología, o la participación en la regresión a vidas pasadas. Hay otras que resultan más ambiguas, como el yoga o ciertas formas de meditación o de terapia, por ejemplo. Algunas, no son necesariamente perjudiciales –como la acupuntura–, pero el peligro de ser ecléctico es terminar eligiendo lo que a cada uno le parece suficientemente atractivo, sin examinar si es cierto y así caer en un especie de “consumismo” espiritual inquieto, que es muy perjudicial para el desarrollo de la fe.

   Clare McGrath-Merkle, quien estuvo involucrada en yoga, reiki y oración centrante durante varios años, y sufrió dolorosas consecuencias, adopta una postura más contundente: “Hay razones complejas para evitar todas estas cosas. El discernimiento puede ser difícil… Por eso, suelo decirles a los católicos que uno puede tomar un vaso de agua limpia y añadirle una gota de veneno, entonces ya no tendrá un vaso de agua pura con un poco de veneno, sino agua envenenada. Si uno está navegando y dirige el barco algunos grados al margen del rumbo, puede alejarse kilómetros de su ruta en cuestión de días”.

   ¿Buscar una “alternativa”?

   Stratford Caldecott, en su texto “Catholicism and the New Age Movement” (El catolicismo y el movimiento Nueva Era), que será publicado en The Catholic Church and the World Religions (La Iglesia Católica y las Religiones del Mundo, Ed. Gavin D’Costa, 2011), demuestra algunas contradicciones en los planteamientos de la Nueva Era. Se busca someterse a una autoridad (un gurú, por ejemplo), pero se evita a toda costa la autoridad real de la Iglesia, instituida por Cristo. Se busca el amor, pero se rechaza el compromiso de por vida. Se respeta la naturaleza, pero se quiere escapar de las limitaciones que ésta impone. Se quiere llegar a ser inmortal, pero a la vez se pretende evolucionar hacia algo diferente y mejor a sí mismo.

   Manuel Guerra, sacerdote miembro de la RIES y autor de 100 preguntas-clave sobre ‘New Age’, apunta una incoherencia más: “la Nueva Era se presenta como la ‘alternativa’ de las religiones, la medicina, la música, la dietética… tradicionales, pero ‘alternativa’ no significa que cada uno podrá escoger. Se trata de una alternativa sustitutiva, o sea, que cuando llegue el ‘Aguador’ que nos va inundar de paz, gozo y armonía, va a tener lugar la desaparición de las religiones (especialmente del cristianismo), y la imposición generalizada e inevitable de la espiritualidad, la terapéutica, etc., de la Nueva Era”.

   Por eso él advierte de que Nueva Era y cristianismo son mutuamente excluyentes. Para ilustrarlo, basta con fijarse en una creencia como la reencarnación, propagada en Occidente por la Nueva Era: “Quien cree en la reencarnación (‘renacimiento’ en el budismo) no cree en la redención, ni en Jesucristo Redentor, ni en la gracia divina, ni en la subsistencia del alma espiritual entre la muerte y la resurrección, ni en la resurrección de los muertos, ni en el infierno, ni en la purificación tras la muerte (Purgatorio)…”.

   Ante la confusión que han generado estas creencias, Stratford Caldecott –él mismo ex simpatizante de la Nueva Era y converso– recuerda que Juan Pablo II y Benedicto XVI han pedido responder a la Nueva Era con una “Nueva Evangelización”. “Hacen falta sacerdotes católicos que comprendan las razones por las que las personas podrían sentirse atraídas por ideas y prácticas de la Nueva Era, además de ofrecer una ‘catequesis continua’ sobre los misterios y los símbolos de la fe”. El reto es para cada católico: no hay que dejarse confundir por promesas milagrosas que llegan de tantos sitios. En la Iglesia se viven verdaderos milagros, como el milagro de Jesús hecho Eucaristía, que están a nuestro alcance cada día. La verdadera respuesta a las inquietudes del corazón del hombre están en este manantial de agua viva.

   Mentiras propagadas por la Nueva Era

   Sharon Lee Giganti, ex simpatizante de la Nueva Era, advierte sobre los principales errores que ha propagado este movimiento:

   El potencial humano es ilimitado: “No hay nada que no se pueda tener, o hacer, o ser”.

   La desinstitucionalización de la religión: las instituciones religiosas son villanas, especialmente la Iglesia católica, su jerarquía, su dogma y su doctrina.

   El relativismo: no existen absolutos morales (el bien y el mal); no existe una norma divina, trascendente, que guíe el comportamiento humano, por eso no tenemos derecho a juzgar o a “imponer nuestra moral” a los demás.

   La libertad sin límites: la “nueva tolerancia” pregona una libertad absoluta, que debe reinar por encima de todo.

   Las definiciones erróneas de Dios y del ser humano: Dios es una “energía”, una “fuerza”; es el Universo entero, es todo lo que es. Y tú eres “conciencia”, tú eres dios.

   Los sentimientos como guía: “Tus sentimientos son la guía más sabia para todos tus asuntos”.

   La fusión de las religiones: todas enseñan la misma verdad y todos los caminos conducen a Dios.

   La ley de la atracción: “Tú atraes todo lo que te sucede gracias a las vibraciones que generas con tu pensamiento”.

   La búsqueda de la “totalidad”: “Todos somos una sola ‘conciencia’ y esa unidad es Dios”, “la separación es ilusoria”, por eso: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, ya que tu prójimo eres tú.” (Eckhart Tolle).

   El engaño de la ilusión: “El mundo físico es una ilusión; estamos viviendo un sueño y nosotros podemos cambiar cualquier aspecto del sueño con el pensamiento”.

   El mito de la proyección: todos los acontecimientos externos son “proyecciones” de tus pensamientos y sentimientos internos, que surgen como una imagen en una pantalla.

   La negación del pecado original: los conceptos de pecado, culpa y castigo son el resultado del “condicionamiento social” y han sido perjudiciales para la raza humana.

   La divinización de la naturaleza: El hombre y la naturaleza tienen el mismo valor, sólo se diferencian en su grado de “conciencia”, por eso, el hombre debe adaptarse a la maternidad de la Tierra y obedecer las leyes naturales.

   La creencia en la reencarnación: La conciencia se reencarna y es posible acceder a vidas pasadas a través de los sueños, de regresiones y de técnicas de meditación.

   El Nuevo Orden Mundial

   Aunque parece sólo una nueva espiritualidad, los influjos de la Nueva Era llegan hasta la ciencia o la política. Tal y como explica Luis Santamaría, hay señales que llaman la atención: “Todos los movimientos ecologistas radicales, como la ecología profunda o deep ecology acaban poniendo al mismo nivel a los seres vivos y a todo el medio ambiente, lo que lleva a una reducción del valor peculiar del ser humano, y propugna una redivinización de la Tierra”.

   Esta consideración de la Tierra como una realidad superior viene corroborada por proyectos como La Carta de la Tierra, patrocinada por la ONU, como señala el profesor Michel Schooyans, doctor en Filosofía y Teología de la Universidad de Lovaina. La Carta de la Tierra abandona, e incluso ataca, el antropocentrismo judeocristiano y romano. El documento se define como una declaración de principios fundamentales para la construcción de una sociedad global justa, sostenible y pacífica en el siglo XXI. Propugna cambios fundamentales en los valores, instituciones y formas de vida, con el fin de evaluar e impulsar la aceptación universal del documento expresamente elaborado para sustituir a los Diez Mandamientos, y llegar a ser el nuevo paradigma ético del nuevo milenio, como declaró en 1992 uno de sus promotores: Mijaíl Gorbachov.

   Éste es un ejemplo de cómo iniciativas internacionales tienen detrás elementos de la Nueva Era: que el mundo constituye un todo, dotado de más realidad y valor que las partes que lo componen. En ese todo, el hombre surge como un mero avatar en la evolución de la materia.

   En este Nuevo Orden Mundial, las religiones han de fusionarse. Para Luis Santamaría, iniciativas como las cumbres de líderes religiosos auspiciadas por organismos como la ONU “buscan un contacto entre las confesiones religiosas que aboca a la fusión, olvidando las diferencias irrenunciables, más que al verdadero intercambio de identidades”. Una de las promotoras de La Carta de la Tierra, Wangari Maathai, Premio Nobel de la Paz y Mensajera de la Paz de la ONU, declaró: “Hay que reescribir la Biblia. Una biblia, en la que el hombre, el medio ambiente y Dios formen parte de un todo en el que no haya diferencias, para romper con la tradición abrahámica del judaísmo, el cristianismo y el islam, dominada por el antropocentrismo en el que se le da a la naturaleza una importancia secundaria”.

   Alertas

   La energía. “Según la Nueva Era, existe la energía y solamente energía. La fe cristiana cree en la existencia de lo estrictamente espiritual: Dios, ángeles, demonios, alma humana”, nos recuerda Manuel Guerra

   La magia y las prácticas adivinatorias. “Dios prohíbe a sus hijos tomar parte en prácticas de magia, adivinación y brujería. Él prohíbe aquello que pueda hacernos daño o arruinar nuestra relación con Él. Según la definición clásica, es magia todo aquello que implique la manipulación de los ‘poderes del universo’ con el fin de forzar la realidad para que se acomode a nuestras necesidades”, indica Sharon Lee Giganti

   Movimientos ecologistas. “El proyecto Gran Simio y algunas propuestas éticas del mismo estilo tienen mucho que ver con la reducción del valor peculiar del ser humano. También algunas iniciativas de promoción del diálogo interreligioso ‘desde arriba’ (Administraciones públicas y organismos como la UNESCO)”, advierte Luis Santamaría

   Sanación por la manipulación de “energía”. “La pregunta a hacerse a la hora de considerar una técnica en particular es si trabaja con una falsa idea de la energía ‘espiritual’ que puede ser manipulada. Alerta sobre el reiki, pues se basa en la magia tántrica. Cuidado con el yoga, pues sus mismas posturas tienen significados ocultos e influencias en la psique”, advierte Clare McGrath-Merkle

   Por Isabel Molina E. y Ángeles Conde. Original de: www.revistamision.com
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