Relatos

   Vivimos en una sociedad laica y hemos de tener leyes laicas. Lo decía en televisión uno de esos desconocidos que, con frecuencia, opinan de lo que saben, de lo que no saben y de lo que haga falta. Uno pensaba que las leyes, con independencia de lo que sea la sociedad, han de ser justas. Pero el susodicho no opinaba así. Con su lógica de papel, podía haber dicho que a una sociedad multicultural le corresponden leyes multiculturales, que a una sociedad racista y chapucera le corresponden leyes que justifiquen el racismo y la chapuza… Creo recordar que pedía leyes laicas a propósito de la eliminación de embriones sobrantes, y que era director o gerente de una clínica especializada en reproducción asistida. “En yendo contra mi gusto, nada me parece justo”, aclaraba un personaje de Calderón. A nuestro personaje televisivo no le parecía justa ninguna restricción a su negocio privado, y menos la prohibición de manipular y tirar al cubo de la basura unos embrioncillos insignificantes.

   Así que leyes laicas. El propio Rodríguez nos ha lanzado, desde su Olimpo recién estrenado, un aviso bien claro: “ha llegado la hora de una visión laica, en la que nadie impone sus creencias ni en la escuela, ni en la investigación, ni en ningún ámbito de la sociedad”. Por lo que parece, los adjetivos laical y laicista son tan imprecisos que se están convirtiendo en un peligroso cajón de sastre: en el gran argumento para defender la postura libertaria e irresponsable del todo vale. A nuestro director o gerente de clínica privada –y reconozco que esto es solo una suposición fundada– no se le pasó por la cabeza que el problema de los embriones no tiene nada que ver con el laicismo, sino con su propio estatuto: ¿son personas o son un mero trozo de carne? De hecho, algunos de los laicistas más famosos de Europa adoptan, ante los embriones, posturas mucho más razonables. Norberto Bobbio ha escrito que la ética laica se diferencia de la religiosa no tanto por los preceptos como por la forma de justificarlos: “la prohibición de matar es fundamentada por la ética religiosa en un mandamiento divino; una ética laica la justifica racionalmente”. A Bobbio –principal referente, durante décadas, del pensamiento laico en Italia– no le importó verse unido a los católicos a la hora de dejar claro su neta oposición al aborto, y lamentó públicamente que “los laicos dejen a los creyentes el honor de afirmar que no se debe matar”.

   Umberto Eco Con los embriones hay que ser, como mínimo, muy prudentes. Porque, si son personas, no se puede decir que sobren. La misma duda tiene, en este caso, una enorme fuerza argumental. Podrá discutirse y habrá que sopesar los argumentos, pero está claro que, en la duda, es obligatorio respetar: nadie dispara en el bosque cuando duda si lo hace sobre un hombre. Frente a los embriones, Umberto Eco –otro de los abanderados del laicismo–, nos dice que “tal vez estemos condenados a saber únicamente que tiene lugar un proceso cuyo resultado final es el milagro del recién nacido, y que decidir hasta qué momento se tiene derecho de intervenir en ese proceso y a partir de cuál ya no es lícito hacerlo, no puede ser ni aclarado ni discutido”. Y lo dice después de afirmar que no está vinculado a otro magisterio que no sea el de la recta razón. Sin complejos.

   José Ramón Ayllón. Original de www.fluvium.org
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