Educación sexual

   Con su libro de 2003, Repensar la prevención del sida, el investigador Edward Green puso sobre la mesa lo que estaba funcionando y lo que estaba fallando en la lucha contra el sida en África. Y lo que decía era una voz disonante en el coro de los que todo lo cifraban en la distribución de preservativos. Ahora, Green muestra en su nuevo libro Broken Promises (Promesas rotas) cómo “el AIDS establishment ha traicionado al mundo en desarrollo” al imponer unas estrategias equivocadas que renuncian a cambiar las conductas sexuales de riesgo.

   Green ha trabajado durante más de treinta años en desarrollo internacional, y desde los años ochenta ha investigado la epidemia de sida, sobre todo en África. En la Universidad de Harvard ha sido director del Proyecto de Investigación sobre la Prevención del Sida, y es consejero de organismos dedicados a esta tarea.

   Green, que antes había trabajado para grupos de control de población, enfoca las estrategias de prevención del sida con una mente abierta, tratando de descubrir lo que funciona, sin prejuicios ideológicos. Cuando en 1993 visitó Uganda, observó el éxito que estaba teniendo la estrategia conocida como ABC para reducir las infecciones. El retraso en el inicio de las relaciones sexuales de los jóvenes (A), la fidelidad a una sola pareja (B) y el uso de condones (C) solo si no se vive lo anterior, había logrado reducir sustancialmente las tasas de infección.

   A pesar de estas pruebas, muchos “expertos” occidentales y los organismos extranjeros que financian los programas de prevención, siguieron manteniendo que era poco realista confiar en la abstinencia y en la fidelidad, y pusieron todo su esfuerzo financiero y educativo en el uso de preservativos.

   Con un enfoque pragmático, Green y los investigadores de su equipo habían estudiado los resultados de los programas basados en condones y habían concluido que no estaban siendo eficaces para frenar la epidemia. Compararon la prevalencia del VIH entre tres tipos de personas: los que nunca usaban condones, los que los usaban a veces, y los que los usaban siempre. Y no encontraron correlación entre el uso de preservativos y el estado respecto a la infección por VIH. Los que los usaban esporádicamente (que es lo más habitual en África y en otras partes) tenían la misma o mayor tasa de infección que los no usuarios. Los que decían usarlos siempre tenían tanta probabilidad de estar infectados como los que no los usaban.

   Cuando Uganda relajó la estrategia ABC, la tasa de infección por VIH volvió a subir (ver Aceprensa, 1-03-2010). En Broken Promises, Green explica cómo lo que llama el “AIDS establishment” prefiere ignorar las crecientes pruebas de que la prevención a través solo de condones es un fracaso. En este establishment incluye a activistas gays, grupos de control de población, fabricantes de condones y algunas ONG decididas a imponer su idea de revolución sexual en África. Este establishment piensa que los africanos son incapaces de cambiar su comportamiento sexual y que por eso la única respuesta posible son los condones. Sin embargo, la experiencia de países como Zimbabue (cfr. Aceprensa, 24-02-2011) indica que el principal factor del descenso de la tasa de infección por VIH ha sido el aumento de la fidelidad matrimonial y la reducción del número de parejas sexuales.

   En cambio, advierte Green, las campañas que presentan el uso de preservativos como equivalente a “sexo seguro” pueden generar un comportamiento desinhibido. Es lo que se llama “compensación de riesgo”, que lleva a asumir riesgos mayores en la conducta sexual cuando uno se cree protegido.

   Ideas preconcebidas

   Por eso a Green no le importó salir en defensa de Benedicto XVI cuando en su viaje a Camerún en 2009 dijo que el problema del sida en África exigía un cambio de conducta sexual y que no podía resolverse simplemente con la distribución de preservativos. Green piensa que el Papa “sintetizó lo que dice la mejor investigación actual sobre la prevención del sida en África”.

   En su libro, Green señala que una serie de ideas preconcebidas se convierten en obstáculos para prevenir el sida.

   En primer lugar, la creencia de que cada persona “tiene el inalienable derecho a escoger su comportamiento sexual y a expresarlo libremente, sin inhibición, juicio o censura por parte de la sociedad” se convierte en un valor que está por encima de toda otra consideración, incluso de la salud.

   Segundo, se da por supuesto que uno no puede cambiar de conducta sexual, lo que lleva a poner el acento solo en la “reducción de daños”.

   En tercer lugar, se adopta una postura relativista, según la cual nadie tiene derecho a criticar prácticas como la prostitución, la promiscuidad gay o el sexo entre adultos y chicas adolescentes. Según algunos expertos, gran parte de los contagios del virus del sida entre las jóvenes en el África subsahariana se deben a la actividad de los sugar daddies: hombres que ofrecen regalos o dinero a cambio de favores sexuales.

   Este enfoque ideológico ha llevado a que en el caso del sida no se hayan tenido en cuenta prácticas de salud pública que son normales en otras epidemias (búsqueda del origen del contagio, notificación a la pareja, promover un cambio de conducta…). La política oficial ha sido la de no adoptar medidas que pudieran hacer que los ya infectados se sintieran culpables por su conducta.

   Green piensa que si se hubieran adoptado esas medidas, la pandemia de sida podría haberse controlado.

   Con la autorización de: www.aceprensa.com
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