Nuevos errores

   Jesucristo se presentó ante los hombres como la luz del mundo y afirmó que quien practica la verdad se aproxima a la luz “para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21). Exhortó a caminar en la luz y no en las tinieblas, pues “el que camina en tinieblas no sabe dónde va” (Jn 12,35). A los discípulos los previno para que no se dejaran engañar por falsos profetas que se “acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces”; deberían conocerlos “por sus frutos” (cf. Mt 7,15-20). Los frutos que no presenten las marcas del Espíritu de Cristo no se pueden reconocer como venidos de él. Por su lado, san Pablo, al saber de cristianos engañados por mensajes que les presentaron algunos, les exhortó a abrir los ojos para reconocer que se estaban apartando del verdadero Evangelio (cf. Gal 1,6-9). Estas alertas valen para los cristianos de hoy que se dejan confundir y engañar. Que busquen en la Iglesia, en sus múltiples propuestas, y encontrarán en ella la verdadera luz de Cristo, el evangelio y una auténtica familia espiritual.

   Hoy en día hay mucha gente con la sensación de vacío en el alma. Más aún son los que experimentan malestar, incomodidad y problemas múltiples en la vida. Buscan soluciones o una mayor satisfacción espiritual y se encuentran con propuestas atractivas que les hablan de modo positivo, algunas veces con la indicación de haber recibido mensajes de figuras sobrenaturales como Jesús, la Virgen María, un ángel o un santo. Entonces dicen recibir de esas entidades celestes consuelo para sus problemas e instrucciones sobre el modo de resolverlos.

   Con frecuencia, tales propuestas mezclan en una especie de “macedonia” ingredientes de diferentes tradiciones religiosas y espirituales con elementos de psicología o de pensamiento positivo. Enseñan la práctica de ejercicios de concentración, en ambiente relajado, a veces con incienso oriental… Prometen bienestar, cura, desarrollo espiritual, felicidad… y todo muy fácil y gratificante. Los maestros son simpáticos, las actividades atractivas, y los grupos comprensivos y cálidos. Venden libros, cursos, conferencias, CDs… y todo lo que permita continuar la práctica en casa de las enseñanzas recibidas.

   Las propuestas van al encuentro de las necesidades del “yo” y de su bienestar. Todo está a su alcance. ¡Y el “yo” es un dios! Este “yo” hinchado, hipertrofiado, infantilizado es, sin duda, una de las características principales de estas ofertas. Quien sigue por este camino tiende a aislarse, a no oír a quien le lleva la contraria, pensando que está en un mal momento, porque el “yo” es quien tiene la verdad. Siempre siente más deseos de cultivar lo que aprende y de reunirse con quien piensa del mismo modo. Así se logra una dependencia cada vez mayor, porque la persona ha perdido el sentido crítico, se apasiona y sólo ver virtudes en el camino que ha abrazado.

   Las propuestas de “terapia del alma” o espiritistas no son compatibles con la fe católica. Sobre todo, porque su fuente son visiones o “mensajes” que pretenden recibir de entidades sobrenaturales y cósmicas, y no de la Palabra de Dios ni del Evangelio de Jesucristo. Su imaginación los lleva a creer que oyen a estas entidades. Algunos hablan de una conexión con un “Yo superior”, una especie de mitad de la persona que es invisible y está en el cielo. Esto no corresponde en modo alguno a la visión católica sobre la persona humana como unidad de cuerpo y alma. Hablan también del “karma” de la persona, que es un concepto de las religiones orientales y nada tiene de compatible con el mensaje cristiano. Admiten la existencia de vidas pasadas y de la reencarnación, conceptos igualmente incompatibles con la convicción cristiana de que la vida de la persona, creada por Dios mediante la generación humana, es única e irrepetible, teniendo su plenitud en la eternidad después de la resurrección. Conciben a la persona como energía, algo que no se corresponde con la noción bíblica y cristiana de espíritu.

   ¿Puede adherirse un católico a estas propuestas? No, si pretende ser fiel a su identidad de discípulo de Cristo. Como ya he señalado, el propio Jesús alertó a sus discípulos para que no se dejaran engañar por los falsos profetas que vendrían en su nombre para seducir a los creyentes. Cuando una pretendida terapia espiritual se centra en el “yo”, en sus deseos e intereses, lleva a la gente a actitudes egocéntricas, creando división, adhiriéndola a ideas y convicciones ajenas a la fe cristiana, y al final los frutos no son tan humanizadores y generadores de bienestar como las personas creen.

   Cuando alguien que está en la playa va a mojar sus pies en el mar y es sorprendido por una ola que lo arrastra, puede perder la vida. Algo semejante, en el campo espiritual, puede sucederle a quien se aproxima al espiritismo y a las propuestas de “terapia del alma”, a grupos de meditación o de espiritualidad, de ofertas para la ampliación de la conciencia, el despertar de la energía personal y la conexión con entidades celestes. Son propuestas de moda que seducen a algunos católicos poco seguros y mal informados sobre la identidad de la fe cristiana. En este camino corren el riesgo de ser envenenados, perder la verdadera fe cristiana e incluso la salud o el bienestar mental.

   Por el vicario general de la Diócesis de Leiria-Fátima, el P. Jorge Guarda, Original de RIES
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