Importancia de la familia

   Si el matrimonio no es para siempre no es matrimonio, y sin el matrimonio se mina el fundamento mismo de la sociedad, la familia, afirmó Juan Pablo II este lunes, al proponer actitudes positivas para combatir la mentalidad «divorcista».

   «Hay que superar la visión de la indisolubilidad como un límite a la libertad de los contrayentes, y, por tanto, como un peso, que en ocasiones puede convertirse en insoportable», afirmó el Santo Padre al hacer un balance de las actividades del último año del Tribunal de la Rota Romana, que entre otras cosas se pronuncia sobre sentencias de nulidad matrimonial.

   En este campo, explicó a los jueces y abogados, el reto actual para la Iglesia y para los que creen en el amor conyugal consiste en ofrecer una «presentación positiva de la unión indisoluble para redescubrir su belleza».

   Y esto se logrará, añadió, si esta belleza es testimoniada «por las familias, “iglesias domésticas” en las que el marido y la mujer se reconocen mutuamente vinculados para siempre, con un lazo que exige un amor siempre renovado, generoso y dispuesto al sacrificio».

   «No es posible rendirse a la mentalidad “divorcista”», dijo el Papa a los miembros del Tribunal al alentarles en su labor de defensa de la belleza del matrimonio.

   «Podría parecer que el divorcio está tan arraigado en ciertos ambientes sociales, que casi no vale la pena seguir combatiéndolo, difundiendo una mentalidad, una costumbre social y una legislación civil a favor de la indisolubilidad», constató.

   «Y sin embargo, ¡vale la pena! –exclamó el Papa Wojtyla– En realidad, este bien forma parte de la base de toda la sociedad, como condición necesaria para la existencia de la familia».

   Sería mal irreparable para la sociedad

   «Por tanto –insistió–, su ausencia tiene consecuencias devastadoras, que se propagan en el cuerpo social como una plaga –según el término utilizado por el Concilio Vaticano II para describir el divorcio (cf. «Gaudium et spes», n. 47)–, en influyen negativamente sobre las nuevas generaciones a las que se ofusca la belleza del auténtico matrimonio».

   «El valor de la indisolubilidad no puede ser considerado como el objeto de una simple opción privada: afecta a uno de los pilares de toda la sociedad», aseguró el sucesor de Pedro.

   De este modo, desarticuló «la idea bastante difundida, según la cual, el matrimonio indisoluble sería propio de los creyentes, de modo que no pueden pretender “imponerlo” a la sociedad civil en su conjunto».

   El obispo de Roma no sólo pidió a quienes creen en la indisolubilidad del matrimonio que se opongan a las medidas jurídicas que introducen el divorcio, o que lo equiparan a las uniones de hecho («incluso las homosexuales»), sino que además les propuso acompañar su acción con «una actitud positiva».

   Esta nueva mentalidad debe promover, subrayó, «medidas jurídicas que tiendan a mejorar el reconocimiento social del matrimonio auténtico en el ámbito de los ordenamientos jurídicos que por desgracia admiten el divorcio».

   Los abogados se involucran personalmente cuando favorecen el divorcio

   ABOGADOS Y JUECES NO PUEDEN ACTUAR CONTRA EL MATRIMONIO

   Les invita a convertirse en servidores de la familia

   ¿Qué debe hacer un abogado cuando un cliente recurre a sus servicios para alcanzar el divorcio, en ocasiones por motivos inconfesables?

   A este interrogante respondió este lunes Juan Pablo II al encontrarse con los abogados y jueces del Tribunal de la Rota Romana, institución de la Santa Sede encargada, entre otras cosas, de pronunciar sentencia sobre causas de declaración de nulidad de matrimonio.

   El pontífice afrontó de este modo una situación común en muchos países: el abogado es pagado para acabar con matrimonios. Una circunstancia que tampoco libera de problemas de conciencia a los jueces, que deben pronunciarse sobre este tipo de sentencias.

   El Santo Padre comenzó enunciando el principio de fondo: «los agentes del derecho en el campo civil tienen que evitar estar personalmente involucrados en todo lo que pueda implicar una cooperación con el divorcio».

   «Los abogados, al ejercer una profesión liberal, pueden declinar siempre el uso de su profesión para una finalidad contraria a la justicia, como es el divorcio», aclaró el Papa.

   «Sólo pueden colaborar en una acción en este sentido –siguió diciendo– cuando, según las intenciones del cliente, no está orientada a la ruptura del matrimonio, sino a otros efectos legítimos, que sólo se pueden alcanzar en un determinado ordenamiento jurídico a través de la vía judicial».

   Servidores de los derechos de las personas

   El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2383, explica que «si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral».

   El pontífice dejó claro de este modo, que la tarea del abogado no debe se la de destruir familias, sino la «de ayuda y reconciliación de las personas que atraviesan crisis matrimoniales».

   De este modo, aclaró, los «abogados se convierten verdaderamente en servidores de los derechos de las personas, evitando ser simples técnicos al servicio de cualquier interés».

   Es más complicada la situación de los jueces, pues como reconoció el Papa «los ordenamientos jurídicos no reconocen una objeción de conciencia para eximirles de pronunciar sentencia».

   «Por tanto –explicó–, por graves y proporcionados motivos pueden actuar según los principios tradicionales de la cooperación material en el mal. Pero también ellos tienen que encontrar los medios eficaces para favorecer las uniones matrimoniales, especialmente a través de una obra de conciliación conducida sabiamente».

   Puede darse la nulidad matrimonial que declara que nunca hubo verdadero matrimonio

   DECLARACIONES DE NULIDAD, SERVICIO A LA INDISOLUBILIDAD MATRIMONIAL

   El pontífice ilustra la grave responsabilidad de los jueces eclesiásticos

   Las sentencias de declaración de nulidad de los tribunales eclesiásticos deben ser un servicio «pastoral» de la Iglesia a la indisolubilidad del matrimonio, exigió este
lunes Juan Pablo II.

   El pontífice afrontó esta cuestión al encontrarse con los jueces y abogados de la Rota Romana, Tribunal de segunda instancia de la Santa Sede que, entre otras cosas, se pronuncia sobre sentencias de nulidad de matrimonio dictadas por tribunales eclesiásticos ordinarios.

   Según el Código de Derecho Canónico (CDC), los tribunales eclesiásticos tienen competencia para decidir si un matrimonio es nulo, es decir, que nunca ha existido.

   Esta declaraciones debe obedecer a causas precisas, por ejemplo, el que se haya realizado bajo violencia o por miedo, por engaño, o rechazando algunos de sus elementos esenciales (Cf. CDC números 1095-1107).

   En ese caso, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica (número 1629), «los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente anterior».

   Del todo distinta al divorcio.

   La nulidad no tiene nada que ver con el divorcio, que no es aceptado por la Iglesia Católica por enseñanza expresa de Jesús en el Evangelio (Mateo 19, 3-12), y que implica la ruptura de un matrimonio válido y lícito.

   El Santo Padre, en su tradicional encuentro de inicio de año con los jueces y abogados de la Rota Romana, explicó que su misión es decisiva, pues «sin los procesos y las sentencias de los tribunales eclesiásticos, la cuestión de la existencia o no de un matrimonio indisoluble de fieles quedaría relegada únicamente a la conciencia de los mismos».

   Una cuestión de conciencia que de otro modo sería complicadísima, insistió, sobre todo si se tiene en cuenta «el evidente riesgo de subjetivismo, especialmente cuando en la sociedad civil se da una profunda crisis de la institución del matrimonio».

   Por este motivo, aclaró el obispo de Roma, «toda sentencia justa de validez o nulidad de matrimonio es una aportación a la cultura de la indisolubilidad tanto en la Iglesia como en el mundo».

   «No sólo da certeza a las personas involucradas, sino también a todos los matrimonios y familias», añadió.

   Responsabilidad para que la vida no oscurezca las palabras «Por tanto –advirtió–, una declaración de nulidad injusta, opuesta a la verdad de los principios normativos o de los hechos, reviste una particular, gravedad, pues a causa de su relación oficial con la Iglesia favorece la difusión de actitudes en las que la indisolubilidad es afirmada de palabra, pero obscurecida con la vida».

   Por este motivo, el pontífice exigió el compromiso de los abogados y jueces de los tribunales eclesiásticos al servicio de la indisolubilidad del matrimonio, que «no significa obviamente prejuicio contra las justas declaraciones de nulidad».

   La Rota Romana es uno de los tribunales más antiguos del mundo, si bien su nombre, «Rota», surgió tardíamente, en el siglo XIV, en referencia quizá a una especie de mesa circular en la que se sentaban los jueces.

   A partir del siglo XVII, comenzó a tratar también las causas matrimoniales y dos siglos después, con Gregorio XVI, se convirtió definitivamente en tribunal de segunda instancia para causas eclesiásticas y del Estado Pontificio.

   Este Tribunal no recibe los procesos ordinarios de declaración de nulidad, que corresponde a los Tribunales Diocesanos del Matrimonio.

   Juan Pablo II, Ciudad del Vaticano, 28 enero 2002. (ZENIT.org .
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