Familia

   ¿Da lo mismo el matrimonio que la mera cohabitación? ¿No hay diferencia entre crecer en una familia monoparental o ser criado por los dos padres? Muchas veces se presentan estas situaciones como meros estilos de vida alternativos, que la sociedad debe tratar por igual. Pero un buen número de investigaciones han puesto de relieve los beneficios que el matrimonio aporta a las familias y a la sociedad, lo que justifica que sea tratado como una opción social preferente. En Estados Unidos, un grupo de investigadores sociales ha sintetizado en la publicación Why Marriage Matters (1) las conclusiones de decenas de estudios sociológicos sobre este tema. Resumimos algunas.

   La cohabitación no es el equivalente funcional del matrimonio. En conjunto, los miembros de parejas de hecho en Estados Unidos se asemejan más a las personas solteras que a las casadas, por lo que respecta a salud física, bienestar emocional, salud mental, patrimonio e ingresos. Algo similar se observa en los hijos de estas parejas: por su situación se parecen más a los hijos de familias monoparentales (o de padres que han vuelto a casarse después de un divorcio) que a los de padres casados y no divorciados (4). Por múltiples motivos

   Mayor seguridad económica

   El matrimonio es una especie de seguro contra la pobreza de madres e hijos. Las investigaciones han mostrado de forma sistemática que tanto el divorcio como el tener hijos fuera del matrimonio hace que madres e hijos queden más desprotegidos económicamente. La influencia de la estructura familiar sobre la situación económica es considerable, aun después de descontar los efectos de otros factores, como la raza o los antecedentes familiares. Los cambios en la estructura familiar son una causa importante de que las personas caigan en la pobreza (si bien el descenso de los ingresos del cabeza de familia es la primera de todas). Lo que más hace subir la tasa de pobreza infantil es el aumento de familias monoparentales. Cuando los padres no se casan o el matrimonio se rompe, es más probable que los hijos sufran pobreza grave y persistente. La mayoría de los hijos extramatrimoniales pasan al menos un año en situación de pobreza extrema (ingresos familiares por debajo de la mitad del mínimo oficial). El divorcio, además del nacimiento de hijos fuera del matrimonio, tiene parte en ello: entre una quinta y una tercera parte de las mujeres que se divorcian caen en la pobreza tras la ruptura (5).

   Por término medio, los matrimonios crean más riqueza que las parejas de hecho o las familias monoparentales, en todos los tramos de renta (6). No es solo porque los matrimonios pueden contar con dos fuentes de ingresos; también se debe a algunas de las razones que hacen a los consorcios, en general, económicamente más eficientes: economías de escala, especialización, intercambio… Asimismo parece influir que el matrimonio fomenta la salud y la productividad, así como la acumulación de riqueza (por ejemplo, comprar una casa). Además, los casados reciben más ayudas económicas de los padres que las parejas de hecho; las madres solteras no reciben casi nunca ayuda económica de los parientes del padre.

   La estabilidad y orden del matrimonio parece una garantía

   Notas y drogas

   El divorcio o la cohabitación sin vínculo de los padres tiene una repercusión negativa, importante y duradera sobre el rendimiento académico de los hijos. Los hijos de padres divorciados o no casados obtienen peores calificaciones, y presentan mayor probabilidad de repetir curso y de no terminar la enseñanza secundaria (7). Estos efectos se dan con independencia de la raza o los antecedentes familiares. Los hijos de divorciados alcanzan un nivel de instrucción también inferior al de los hijos de viudos o viudas. En general, los hijos de padres casados de nuevo tras un divorcio no obtienen mejores resultados que los de madre soltera.

   Existe una relación entre matrimonio y tasas bajas de consumo de alcohol y drogas, tanto en adultos como en adolescentes. Los casados, hombres o mujeres, presentan tasas menores de consumo y abuso de alcohol que los solteros. Lo confirman varios estudios que han seguido la trayectoria de los sujetos durante años: los jóvenes que se casan tienden a reducir el consumo de alcohol y drogas. También los hijos de padres casados presentan tasas más bajas de consumo de drogas, con independencia de los antecedentes familiares (8). La proporción de adolescentes que han probado la marihuana se duplica entre los que viven en familias monoparentales o recompuestas, y se triplica en el caso de los que viven sólo con el padre. Los adolescentes cuyos padres permanecen casados son los menos inclinados a fumar o beber. Los datos obtenidos por la Encuesta Nacional de Hogares sobre Consumo de Drogas muestran que –con independencia de la edad, la raza, el sexo y los ingresos familiares– la probabilidad de consumir drogas, alcohol o tabaco es claramente inferior para los adolescentes que viven con padre y madre naturales.

   Porque se suman los problemas psicológicos agresivos

   Matrimonio y buena salud

   Los hijos de divorciados presentan tasas más elevadas de trastornos psicológicos y enfermedades mentales. Por lo común, el divorcio somete a los hijos a un golpe emocional considerable e incrementa el riesgo de enfermedad mental importante (3). Dichos peligros para la salud mental no se desvanecen poco después del divorcio. Al contrario, los hijos de padres divorciados siguen, en su vida adulta, expuestos a mayor riesgo de depresiones y otras enfermedades mentales: en parte, porque no llegan tan lejos en los estudios y porque presentan mayor probabilidad de divorciarse, de tener problemas conyugales y de sufrir dificultades económicas (10).

   Parece que los efectos psicológicos del divorcio varían según la intensidad del conflicto entre los cónyuges. Cuando el conflicto matrimonial es fuerte y prolongado, el divorcio supone un alivio psicológico para los hijos. No obstante, es necesario investigar más, pues parece que la mayoría de los divorcios tienen lugar en matrimonios con conflictos de baja intensidad.

   Las madres casadas presentan menores índices de depresión que las madres solteras o las que cohabitan. Un estudio realizado entre 2.300 adultos residentes en zonas urbanas concluyó que, para los padres de niños en edad preescolar, el riesgo de depresión era bastante mayor en las madres solteras que en las casadas (11). El matrimonio reduce el riesgo de depresión incluso en las madres menores de veinte años. En una muestra nacional de mujeres de 18-19 años con un hijo, el 41% de las solteras de raza blanca presentaban síntomas de depresión, frente al 28% de las madres casadas de raza blanca con la misma edad (12).

   La unión de hecho es bastante más violenta

   Malos tratos

   Las mujeres jóvenes deben saber que el matrimonio no es una buena estrategia para reformar a hombres violentos. Pero un amplio repertorio de investigaciones muestra que convivir con un hombre al margen del matrimonio va asociado a un riesgo mayor de sufrir malos tratos. Un análisis de datos recopilados por la Encuesta Nacional de Familias y Hogares (2001) concluye que la probabilidad de que las discusiones acaben en violencia es tres veces mayor en las parejas de hecho (13%) que en los matrimonios (4%). La tasa de violencia doméstica también varía según la raza, la edad y la educación; pero sigue siendo mayor en las parejas de hecho aun después de descontar la influencia de esos factores. Un especialista resume así los resultados de las investigaciones: “Con independencia de la metodología, los estudios llegan a conclusiones similares: en las uniones de hecho se da más violencia que en los matrimonios” (15).

   La selección influye poderosamente. Es menos probable que una mujer se case con un hombre violento, y es más probable que una mujer casada con un hombre violento se divorcie de él. No obstante, los expertos sugieren que también influye que los hombres casados están más integrados en la comunidad, así como la mayor dedicación mutua de los esposos.

   También un niño que vive con la madre soltera, el padrastro o el compañero de la madre tiene más posibilidades de ser víctima de malos tratos. Como concluyen Martin Daly y Margo Wilson, “vivir con un padrastro o una madrastra ha resultado ser el factor más frecuente en los casos de malos tratos graves” (16). Según un estudio, entre los niños en edad preescolar, la probabilidad de ser víctima de abusos deshonestos es cuarenta veces mayor para los que viven con un padrastro o madrastra que para los que viven con sus dos progenitores naturales (17).
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(1) Why Marriage Matters. Twenty-One Conclusions from the Social Sciences. Center of the American Experiment; Coalition for Marriage, Family and Couples Education; Institute for American Values. Nueva York (2002). 27 págs. 4 $. Más información en http://www.americanvalues.org/html/r-wmm.html.
Han participado en el estudio, entre otros, John Gottman, psicólogo de la Universidad de Washington (ver servicios 73/99 y 34/01); David Popenoe, sociólogo del National Marriage Project de la Universidad Rutgers (ver servicios 35/99 y 128/99); Linda J. Waite, socióloga de la Universidad de Chicago (ver servicios 128/99, 144/00 y 72/01) y la psicóloga infantil Judith Wallerstein (ver servicios 55/93 y 129/00).
(3) Entre otros estudios, E. Mavis Hetherington y John Kelly, For Better or For Worse: Divorce Reconsidered, Norton & Co., Nueva York (2002).
(4) Steven Nock, 1995: “A Comparison of Marriages and Cohabitation Relationships”, Journal of Family Issues 16: 53-76; Susan L. Brown, 2000: “The Effect of Union Type on Psichological Well-Being: Depression Among Cohabitators versus Marrieds”, Journal of Health and Social Behavior 41 (septiembre): 241-255; Lingxin Hao, 1996: “Family Structure, Private Transfers, and the Economic Well-Being of Families with Children”, Social Forces 75: 269-292; etc.
(5) Entre otros, Suzanne Bianchi, 1999: “The Gender Gap in the Economic Well Being of Nonresident Fathers and Custodial Mothers”, Demography 36: 195-203.
(6) Entre otros, Joseph Lupton y James P. Smith, “Marriage, Assets and Savings”, en Shoshana Grossbard-Schectman (ed.), Marriage and the Economy, Cambridge University Press, Cambridge (2002).
(7) Entre otros, William H. Jeynes, 2000: “The Effects of Several of the Most Common Family Structures on the Academic Achievement of Eighth Graders”, Marriage and Family Review 30 (1/2): 73-97.
(8) Entre otros, I. Sutherland y J.P. Shepherd, 2001: “Social Dimension of Adolescent Substance Use”, Addiction 96 (3) (marzo): 445ss.
(10) Entre otros, Catherine E. Ross y John Mirowsky, 1999: “Parental Divorce, Life-Course Disruption, and Adult Depression”, Journal of Marriage and the Family, 61(4) (noviembre): 1034ss.
(11) Ronald C. Kessler y Marilyn Essex, 1982: “Marital Status and Depression: The Importance of Coping Resources”, Social Forces 61: 484-507.
(12) Lisa Deal y Victoria Holt, 1998: “Young Maternal Age and Depressive Symptoms: Results from the 1998 National Maternal and Infant Health Survey”, American Journal of Public Health 88 (2): 266ss.
(15) Nicky Ali Jackson, 1996: “Observational Experiences of Intrapersonal Conflict and Teenage Victimization: A Comparative Study among Spouses and Cohabitors”, Journal of Family Violence 11: 191-203.
(16) Martin Daly y Margo Wilson, “Evolutionary Psychology and Marital Conflict: The Relevance of Stepchildren”, en David M. Buss y Neil M. Malamuth (eds.), Sex, Power, Conflict: Evolutionary and Feminist Perspectives, Oxford University Press, Oxford (1996), pp. 9-28.
(17) Martin Daly y Margo Wilson, 1985: “Child Abuse and Other Risks of Not Living with Both Parents”, Ethology and Sociobiology 6: 197-210.
    Con la autorización de: http://www.aceprensa.com ACEPRENSA 17/7/2002.-Servicio 101/02
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