Amor en la familia

   El hogar no debe ser una suma de soledades propias de una pensión u hotel donde los que viven bajo el mismo techo cohabitan pero no conviven, sino que es el lugar donde los miembros de la familia comparten lo que son y lo que tienen.

   En estos tiempos en que se intenta descaradamente desde la legislación destruir a la familia, sin embargo el matrimonio y la familia son aún hoy la respuesta más adecuada a las necesidades afectivas, sexuales y sociales del varón y de la mujer. La familia está fundada sobre el amor que sobrepasa los intereses individuales y mantiene juntos a los seres humanos. Es bueno que los cónyuges sepan disfrutar del amor de su comparte, dándose cuenta de lo que el otro me ha aportado y aporta a mi vida. La familia, fundada sobre el matrimonio contraído libremente, es la más íntima y profunda sociedad natural fundada sobre el amor y desempeña un papel decisivo en la formación y madurez de las personas que la componen y en su desarrollo personal y social. Supone en sí un proyecto de vida escogido libre y responsablemente, una convivencia estable, una residencia compartida, un reparto del trabajo y de los roles, ayuda mutua, relaciones sexuales exclusivas y abiertas a la procreación y educación de los hijos. Benedicto XVI, y eso permanece aunque estemos en Sede Vacante, insiste en los principios no negociables, haciendo especial hincapié en el bien de la familia basada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, la tutela de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, y el derecho y la obligación de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones morales y religiosas.

   La familia es un patrimonio de la humanidad, el espacio donde mejor se compenetran conyugalidad y procreación, un modelo para todas las demás formas de convivencia humana, un bien para la sociedad y una institución natural anterior a cualquier otra, incluido el Estado, al que corresponde como una de sus tareas principales servirla y ayudarla. Valores como la amistad profunda, el amor desinteresado e incondicional al otro, la solidaridad vivida, la unión permanente e indisoluble de la pareja, las alegrías y las penas compartidas, la comunicación de bienes, la preocupación por los demás, encuentran en la familia el clima más adecuado para hacerse vida. La familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Matrimonio y familia contribuyen a la digna transmisión de la vida y tienen un papel fundamental en la tarea educativa, debiendo ser protegidas y cuidadas porque son buenas para el individuo y la sociedad, pues hacen posible nacer, crecer y vivir en el seno de una convivencia basada en el amor.

   El amor entre esposos y entre padres e hijos es la más perfecta imagen del amor trinitario y la escuela más rica en humanidad, pues hay una estrecha relación entre el amor de Dios hacia nosotros, nuestra respuesta positiva a Dios y el amor entre los miembros de la familia, pues estos amores se complementan y ayudan. La gracia de Dios es el fundamento del amor verdadero, sin la ayuda de Dios fracasamos. “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5), nos advierte Jesús, que también nos avisa: “Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20).

   El amor debe encontrarse en los orígenes del matrimonio, dando sentido y protegiendo la libre elección de los que van a casarse, elección que empeña su persona y destino. El amor conyugal nace del enamoramiento y continúa en la convivencia. El amor es y debe constituir la fuerza y el clima de la vida conyugal entera, un amor que no se queda en palabras y emociones, ni se deja encerrar en la vida propia, pues sabe salir de sí para dirigirse hacia el otro, y va más allá de la pareja y de los hijos, porque está abierto a los demás y sus problemas, pero sobre todo a Dios, para que Él lo perfeccione de tal modo que no sólo aporte ayuda y consuelo, sino también salvación. Por supuesto que vivir el amor es bastante más que hacer el amor, aunque la sexualidad en el ámbito matrimonial sea el lenguaje privilegiado del amor. Las parejas felices no son consecuencia de la buena suerte, sino de una conducta ejemplar en el cotidiano vivir juntos.

   La comunidad conyugal no existe, sin más, por el hecho de casarse, sino que se va construyendo paulatinamente. En el matrimonio se encuentra lo que al mismo se aporta y tal como son las personas que se casan entre sí, así será el matrimonio, por lo que para que un matrimonio sea un éxito, se necesitan dos personas en plena realización. Por ello, el amor hay que cuidarlo para que se mantenga y desarrolle y no desaparezca, lo que lleva consigo procurar agradar al otro, incluso en el aspecto físico, saber compartir el tiempo, hablar y escuchar mucho y con sinceridad, aunar criterios, especialmente en lo referente a la educación de los hijos y en el reparto de las tareas del hogar, siendo muy importante la buena administración del dinero por ambas partes, comunicarse preocupaciones y alegrías, de tal modo que el otro sea mi confidente, pero sin agobiarle, rezar juntos etc., sin olvidar nunca que la mejor oración es la participación en la Eucaristía y la recepción frecuente de los sacramentos.

   El hogar no debe ser una suma de soledades propias de una pensión u hotel donde los que viven bajo el mismo techo cohabitan pero no conviven, sino que es el lugar donde los miembros de la familia comparten lo que son y lo que tienen, llegando así la familia a ser algo más y distinto de la suma de los individuos que la componen. Cuanto más se profundiza, tanto más el matrimonio se hace amor estable y fiel, y esto se experimenta sobre todo en los momentos difíciles, como pueden ser las enfermedades graves, en las que con frecuencia el otro esposo aporta una enorme dosis de amor.

   Pedro Trevijano. Original de www.religionenlibertad.com 5-III-2013
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