Capacidades

   LOS 10 PRINCIPIOS DE CATHOLICVOICES PARA UNA BUENA COMUNICACIÓN
   A continuación se exponen los diez principios que ayudaron a CatholicVoices a desarrollar las habilidades necesarias para su trabajo.

   1.- Busca la intención positiva detrás de la crítica.

   En vez de pensar en los argumentos que vas a tener que rebatir, piensa en los valores que están detrás de esos argumentos. Busca el principio ético cristiano (a veces escondido) que sostiene esos valores. ¿Qué otros valores (cristianos) está ignorando o no teniendo en cuenta el que critica? Los problemas acaban siendo neurálgicos cuando tratan de valores absolutos; los conflictos, como las guerras, surgen cuando esos valores se ven amenazados. Eso es lo que genera la mentalidad defensiva y el antagonismo

   En lugar de caer en esta trampa, cuando estés discutiendo piensa en los diferentes valores en juego y en cómo se deben sopesar. Después, reflexiona sobre como puedes, al principio de la discusión, unirte al valor que sostiene el que critica. Esto tiene un efecto cautivador y permite tener una discusión mucho más tranquila y considerada. Ya no eres un guerrero en una batalla cultural de valores absolutos, sino alguien que aporta tolerancia y sabiduría a un problema contencioso.

   A veces el valor que revelas puede no ser cristiano sino lo contrario, un valor opuesto a la concepción cristiana. Así pues, en muchas discusiones sobre el estado y la sociedad, podrás encontrarte con un punto de vista individualista o utilitario, pero la idea seguirá siendo válida. Es importante entender el valor detrás de la crítica y, si es posible, nombrarlo, para demostrar que hay un principio detrás de la discusión.

   La finalidad de este ejercicio de intención positiva es llegar a ser capaz de distinguir entre cuestiones primarias y secundarias; nuestro razonamiento parte de nuestros valores más arraigados y continúa hacia consideraciones secundarias. Saber distinguir entre las dos, tanto en nuestras propias discusiones como en las de los demás, tiene un efecto liberador en las dos partes.

   2.- Aporta luz y no calor

   Como personas de fe, queremos arrojar luz sobre los temas difíciles: los temas ya son acalorados de por sí. Y también queremos que se vea, por nuestro comportamiento y manera de hablar, la Iglesia a la que pertenecemos y que nos ha formado. Cuando hablamos (y por la manera en la que hablamos), dejamos ver lo que queremos decir.

   Si acudes a una discusión para aportar luz en vez de calor, el énfasis será completamente diferente. Escucharás con atención la opinión del otro por mucho que estés en desacuerdo. Tu objetivo será dejar que entren rayos de luz sobre el tema, y así abrir la discusión, respetando el punto de vista del otro pero manteniendo el tuyo.

   Al igual que se puede llegar a la fe al ver la vida de personas de fe que impresionan, también se puede llegar a la luz en una discusión por la manera en que se habla. Mantener la calma nunca falla.

   3.- La gente recuerda más fácilmente cómo les has hecho sentir que lo que has dicho

   Intelectuales y teólogos: cuidado. La erudición es lo contrario a la comunicación, la cual se sirve de palabras sencillas para explicar ideas complejas. La finalidad no consiste en que tus argumentos sean lúcidos, sino en que tus palabras sean entendidas.

   Por supuesto, es muy importante la verdad que hay en tus palabras. El objetivo de ser una Catholic Voice es, por encima de todo, clarificar. Lo que nos proponemos al responder a preguntas o críticas no es más que a iluminar allá donde haya oscuridad o confusión. Pero no somos nosotros los que persuadimos; es la Verdad. Nuestra tarea consiste en servir a la Verdad lo mejor que podamos. Y cuando mejor servimos a la Verdad es cuando no intentamos “derrotar” al que se opone, sino lo contrario, buscamos actuar con civismo, empatía y claridad.

   Las tácticas ingeniosas y retóricas pueden ser excelentes pasatiempos, pero no iluminan. Es poco probable que una discusión acalorada logre cambiar percepciones. El peligro está en que “ganarás” la discusión pero perderás a la audiencia, bien sea de dos personas o, en una emisora de televisión, de dos millones de personas.

   Así pues, evalúa, tras cada intercambio, según este criterio: ¿he ayudado a que los demás entiendan mejor la enseñanza o posturas de la iglesia? ¿Y cómo les he hecho sentir: animados o derrotados? ¿Inspirados o acosados? ¿Con ganas de escuchar más o aliviados de que se haya terminado?

   4.- No cuentes, muestra.

   Este principio fundamental de buena escritura se aplica a la comunicación en general. Solemos preferir una historia a una charla, y prestamos más atención a la experiencia que a los argumentos. Eso no quiere decir que no se deban utilizar argumentos. Pero siempre que puedas, complementalos con ilustraciones: anécdotas sobre experiencias personales o situaciones hipotéticas que ayuden a “imaginar” lo que quieres decir. En lugar de contar que la Iglesia ayuda a los que padecen SIDA en África, habla de los hospitales y dispensarios en los pueblos más remotos del campo africano, donde las monjas cuidan de los pacientes en cabañas que se caen a trozos. En vez de contar que necesitamos más hospicios (instituciones desconocidas para la gran mayoría), describe lugares en los que se ayuda y tranquiliza a los enfermos terminales, invítales a imaginar cómo sería la situación si dispusiéramos de más. No te sientas el portavoz de una compañía distante, sino un discípulo encantado de compartir historias.

   5.- Piensa en triángulos.

   Las discusiones pueden ser muy desorganizadas, deslizándose a ciegas cuesta abajo hasta que se nos olvida cuál era el tema principal. Asegúrate de que tu contribución es concisa, clara y que no dejas de lado a nadie. Pule tus ideas reduciéndolas a los tres argumentos que quieres proponer; suele ser difícil sacarlos todos, así que con que puedas tocar dos de los tres puedes darte por satisfecho. Aun así, es esencial que ordenes tus ideas en tres argumentos principales.

   Imagínatelos como un triángulo. Cuando estés hablando, piensa en cómo se relaciona el tema con ese triángulo y después argumenta. No dejes que los demás te distraigan y te hagan dejar tus ideas principales. Tampoco esperes al momento “ideal” para sacarlas, simplemente identifica en qué punto del triangulo puedes meter la discusión.

   A pesar de que los “mensajes principales” al final puedas tener más de tres, es un buen momento para elegir tus tres puntos. Al menos uno de esos mensajes debería tratar la intención positiva detrás de la crítica. Una vez hecho esto, te permite continuar con las otras dos ideas.

   6.- Sé positivo.

   Este es un principio básico de la comunicación y más importante aún cuando estamos argumentando el punto de vista de la Iglesia en contra de algo, lo cual puede ser común en la sociedad de hoy. La Iglesia se opone a muchas cosas, pero porque desea proteger y mejorar. Casi todo lo que proclama la Iglesia lo hace porque quiere conducir a la gente, y a la sociedad en general, a la plenitud de la vida, la salud y la prosperidad sostenible. La Iglesia no es como un policía moral con cara de huraño; es más bien como la Madre Teresa, que se entrega a la gente olvidada y débil. La experiencia (en la oración, la reflexión sobre las Escrituras, y los siglos de profunda inmersión en los problemas más trascendentes de la humanidad) han hecho de la Iglesia una “experta en humanidad”. Ofrece una serie de señales que indican las direcciones equivocadas y los callejones sin salida en el camino hacia la realización humana, tanto en la vida de cada uno como en la estructura de la sociedad.

   Ser positivo no es poner buena cara y ser “simpático”. Ser positivo consiste en conducir la discusión hacia la visión positiva que la Iglesia tiene para la gente: las interminables, maravillosas posibilidades de nuestra libertad. Los miembros de Catholic Voices tienen que ser idealistas y radicales, e invitar a la sociedad a escoger otro camino, uno mejor. Los pro-vidas tienen que ser como los que luchaban contra la esclavitud, no moralistas que riñen a la gente; los que se oponen a la muerte asistida tienen que ser promotores de hospicios en cada esquina. No seas el ángel del juicio, sino el que señala el camino luminoso.

   7.- Sé compasivo

   La compasión es la cualidad que debería distinguir a los cristianos, pero desafortunadamente, puede estar ausente en discusiones con un católico. La razón principal se explica si analizamos la intención positiva: sentimos que nuestros valores más preciados están siendo amenazados. Aquellos que creen fervientemente en sus valores suelen sentirse frustrados cuando otros rechazan o ignoran lo que es tan importante para ellos. Sin embargo, ese sentimiento es esencialmente egocéntrico. Pretenden que otra persona entienda y valore lo que ellos consideran importante. Pero el que critica también tiene sus propios principios y puede que también se sienta frustrado si no se valoran. Entramos así en un círculo vicioso.

   Ser compasivo, incluso en grandes discusiones, es esencial para salir de este círculo vicioso de reproche mutuo. Detrás de casi todos los temas neurálgicos de actualidad social, se encuentran profundas cuestiones de ética personal: sexualidad, muerte, enfermedad, creencia. Es muy problable que la persona con la que estés discutiendo haya tenido una experiencia directa con el tema neurálgico, ya sea personalmente o como testigo de primera mano; también es posible que haya tenido una mala experiencia con las autoridades o alguna institución que le haya dejado huella. Puede que sepas que esa persona ha tenido esa experiencia, o puede que no; si no, lo mejor es asumirlo. Dios es la cabeza de turco para la furia, un polo de atracción para las frustraciones, aunque sean vagas o imprecisas. Ser compasivo es poder entender esta furia y dolor, y así relacionarse con los demás como un ser humano a otro.

   Los que critican a la Iglesia se muestran particularmente sensibles al hecho de que los católicos aparezcan de forma sistemática repitiendo lo que les “dijeron” que debían pensar. La experiencia personal se opone a la ortodoxia institucional, la experiencia de cada víctima se contrapone al interés colectivo, y así sucesivamente. En estas contraposiciones, los católicos siempre salen perdiendo, sobre todo porque anteponer las personas a las instituciones es elemento esencial del mismo Cristianismo. Hay algunos que piensan que la Iglesia opera mediante mandatos papales devorados por gente deseosa de evitar pensar por sí misma. Pero es más importante la idea, o incluso lo llamaríamos intención positiva, de que la experiencia es la que tiene mayor autoridad.

   Para un Catholic Voice supone un reto constante evitar ser el frío e insensible representante de una institución humana distante. Hay muchas maneras de salir de esta trampa: hablar de tu propia experiencia, contar historias que muevan a la emoción, o dar ejemplos. Pero también puede ser que simplemente necesitemos saber escuchar y estar preparados para absorber la furia y el dolor que algunos sienten hacia la Iglesia; tan solo esto ya supone una herramienta de compasión completamente válida. Si es la primera experiencia que tienen de que alguien con fe les escuche, la compasión es el mejor testimonio que podemos ofrecer.

   8.- Ten datos preparados, pero evita actuar como un robot.

   Hay que partir de una buena preparación y tener datos que enmarquen la discusión. Pero recuerda que las estadísticas pueden resultar abstractas e inhumanas, o simplemente una tapadera: se suele pensar que los políticos que hacen uso de ellas están mintiendo. Sobre todo, intenta que la discusión no se convierta en un ping-pong de estadística, un juego del que muchos pagan por alejarse. Si usas estadísticas, no te compliques. Asegúrate de que las cifras sean redondas, claras y que todo el mundo pueda entenderlas: en vez de 30 de 100 personas, di “uno de cada tres”; y en ve de “25 por ciento” di “un cuarto”. Úsalas solo cuando realmente las necesites, no como simples refuerzos.

   La crítica hacia la Iglesia suele estar fundamentada en citas erróneas o falta de comprensión global. Por lo tanto, es importante ir a la fuente y comprobar dónde se ha torcido la verdad o en qué parte se ha interpretado mal. Céntrate en la visión de conjunto: el número de sacerdotes en Inglaterra y Gales es mucho más bajo que el de hace 30 años, pero todavía sigue siendo más alto (en comparación el número de Católicos) que en casi cualquier parte del mundo. Es muy difícil entender un dato sin contexto o perspectiva.

   Recuerda también que no puedes decirlo todo; el tiempo y la capacidad de atención son limitados. Ve al grano y céntrate en lo importante. Los temas menos relevantes los puedes dejar para luego.

   9.- No se trata de ti.

   Para una buena comunicación es esencial aparcar el ego. No es que el crítico no te valore o no te respete a ti, sino a lo que tú representas. Tu miedo, timidez y defensiva son los productos de tu ego que se queja. Piensa en Juan el Bautista, un comunicador sin miedo; la fuente de su fuerza fue su saber que él era la puerta por la que tenía que pasar la gente para llegar a Jesucristo.

   Ahora pasemos a zanjar la cuestión de si tu intervención va a ser fantástica o espantosa. Es inevitable sentirse un poco nervioso antes de hablar en público, la adrenalina ayuda a concentrarse. Pero un exceso de nervios suele tomarse como una señal de timidez. Recuerda que a la gente no le interesa lo que tú pienses, sino lo que les hagas pensar.

   Sin embargo, el ego nos engaña y nos hace pensar que nosotros somos el centro de la atención, lo que nos hace temblar por los nervios o hincharnos de absurdo orgullo. Respira hondo para calmarte antes de empezar y haz una pausa antes de responder a la pregunta. Por supuesto, la mejor forma de apagar los nervios es prepararse bien.

   Rezar antes de entrar en un plató o de empezar un debate es vital: no solo para apagar los nervios y aparcar el ego, sino también para recordar para qué y para quién vas a hablar. Reza para que el Espíritu Santo esté contigo y hable a través de ti. Usa la oración de Catholic Voices.

   Si sale mal, ¡alégrate! El éxito no tiene casi nada que enseñarnos. Pídele a alguien de confianza que repase la intervención contigo para ver dónde te equivocaste y lo que puedes mejorar. Es una oportunidad para aprender, así que agradece la lección.

   Y recuerda: es mucho menos importante de lo que crees y seguro que no lo hiciste tan mal como piensas.

   Estás trabajando para Dios lo mejor que puedes y eso ya es suficiente, aunque no salga bien. El ego intentará persuadirnos de que somos el mejor orador del mundo o la criatura más desgraciada que jamás haya hablado por un micrófono. La verdad es que no somos ni lo uno ni lo otro, y por lo general somos bastante buenos, por lo que te puedes quedar tranquilo.

   10.- Vas a dar testimonio, no a ganar.

   Uno de los periodistas encargados de cubrir el viaje papal estaba descansando en Londres después de escribir sobre el segundo día de Benedicto XVI en dicha ciudad. En la mesa de al lado había dos mujeres que miraban sin demasiado interés el seguimiento en directo de la llegada del Papa a Hyde Park. Dos miembros de Catholic Voices estaban siendo entrevistados y comentaban, explicando con precisión y entusiasmo, lo que el Papa significaba para ellos, para los católicos y para el Reino Unido. También contaban por qué creían que el viaje en cuestión era un beneficio para la sociedad en general. Una vez hubieron terminado, una de las mujeres se giró y le dijo a la otra: “Bueno, parece que no todos están locos.”

   El periodista nos dijo: “Entonces me di cuenta de que el proyecto había funcionado.”

   El poder de estas reacciones no es algo fácil de medir. Sin embargo, bastante gente que vuelve a la Iglesia después de muchos años o que decide interesarse por convertirse al catolicismo, suele alegar haber oído o visto a alguien decir algo que les causó impresión y siguió dándole vueltas en la mente.

   No obstante, no suele ser el resultado de una discusión brillante o de una frase bonita. Casi siempre se trata de una “reformulación”: un prejuicio o una preconcepción que es rebatida o incluso dada la vuelta. A esto lo llamamos “conversión”. Nuestro modelo es San Pablo, quien pasó de ser un perseguidor profesional de cristianos a uno de los testigos más famosos de Jesús. Su conversión le trajo una nueva forma de ver las cosas. Tras escandalizarse por el Cristianismo y habiendo querido destruirlo, se dio cuenta de que lo que le escandalizaba no era otra cosa que la Verdad.

   CatholicVoices existe para contarle a la gente la verdad sobre la Iglesia y que así la pueden ver con otros ojos.

   Sabemos que en ocasiones la fe católica puede “escandalizar”: incitar reacciones bruscas así como preguntas difíciles. Pero conviene considerar que un “escándalo” es un obstáculo en el camino. Hace que la gente se pare y piense; que se pregunte cosas. Y esto puede significar el comienzo de un nuevo camino: un camino que nos lleve a ver la vida de otra manera. O por el contrario, que nos lleve a abandonar el camino y darnos la vuelta, de lo que nos previene Jesús. El cometido de Catholic Voices es entrar en ese momento preciso, el momento del “escándalo”, cuando la gente todavía no se ha dado la vuelta pero está indignada, confundida o curiosa. Cualquier reto es para nosotros una oportunidad de ser testigos: disipar malentendidos, difundir luz donde hay mito y confusión, demostrar empatía y compasión así como una visión más profunda.

   El enemigo de ese testimonio es el deseo de “vencer” y “derrotar”. Una actitud de rivalidad y victoria, de ganadores y perdedores, de “nosotros contra ellos”, de “bien y mal”… Este es el idioma de las batallas y ataques, de la guerra y la persecución. Hay algunos católicos a los que les gustaría levantar el puño en contra de los que atacan a un Papa que, según ellos, está siendo injustamente atacado en temas como la adopción por homosexuales o el abuso sexual clerical. Pero aunque tienen el derecho a defenderle y a explicar mejor las cosas, también deberían evitar formar parte del ciclo de acusación y defensa.

   Tomemos como ejemplo a Jesús en el Evangelio según San Juan: a pesar de ser acosado y denunciado continuamente, nunca adopta la actitud de víctima amenazada.

   Y, como es bien sabido, nadie está más fuera de ese ciclo que el mismo Papa Benedicto. ¿Qué fue lo que hizo tras aterrizar en Escocia? Bendijo al país, agradeció su hospitalidad, besó bebés y derritió corazones. Dijo palabras fuertes, palabras provocadoras, a los que le escuchaban; pero eran palabras razonables, llenas de compasión y dichas con convicción. No daba órdenes, sino que hacía un llamamiento. Demostró compasión, empatía y verdadero amor. Por ese testimonio que dio de si mismo, la gente del Reino Unido estuvo dispuesta a escucharle. Esa fue su victoria, el único tipo de victoria que tenemos que perseguir.

   Original de www.catholicvoices.org.es
==============
Otros temas relacionados:
Aprender a organizarse
Cómo mejorar la comunicación con nuestros hijos
Otros artículos sobre CAPACIDADES

Enviar a un amigo

Anuncios