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   El jugador de fútbol portugués Cristiano Ronaldo tiene 29 años y un sueldo en 2014 de 21 millones de euros en el Real Madrid. Es el máximo goleador de la historia de la selección portuguesa, el portugués que más goles ha marcado en la Champions League, el madridista que menos partidos necesitó para alcanzar los cien goles de Liga, el primer futbolista en la historia de la Liga que consiguió marcarle a todos los equipos a los que se enfrentó en una temporada, y el único futbolista que ha conseguido marcar en seis visitas consecutivas al Camp Nou.

   Todo eso -y mucho más- pudo haberse perdido si un médico hubiera cedido a los miedos y desesperanza de su madre y lo hubiera abortado a su petición. Su madre, Maria Dolores dos Santos Aveiro, lo ha contado en una biografía reciente. La Razón ha publicado este extracto.

   Nerviosa y con miedo, María Dolores sabía que había llegado el día. Tenía que hablar con el médico y pedirle que pusiera fin a su embarazo. Era su cuarto embarazo, que tanto le preocupaba y que tantas dificultades iba a traer a su casa. Teniendo en cuenta la petición de la afligida madre, las palabras del médico no podrían haber sido más lacónicas.

   –De ninguna manera! Usted tiene sólo treinta años y ninguna razón física por la cual no pueda tener este bebé. ¡Ya verá como es la alegría de la casa!

   Dolores se echó a llorar: no podía creer que no tuviera la connivencia del médico para llevar a cabo la interrupción. Pero peor aún fue el comentario sobre la alegría que traería el bebé cuando ella no sabía ni cómo iba a alimentarlo cuando naciese.

   Regresó a su casa derrotada por el miedo a lo que el futuro le depararía. No estaba convencida de que aquel bebé debiera nacer. ¿Qué vida le esperaría?

   El aborto casero que no funcionó

   En conversación con una de las hijas de la madrastra, su vecina, que era consciente de las dificultades que Dolores y su familia vivían, le recomendó una receta casera para aquellos que quieren evitar que el embrión continúe su camino dentro del útero materno. La solución era muy simple, tal vez demasiado simple. Todo lo que la mujer embarazada tenía que hacer era hervir una cerveza negra, bebérsela y, una vez ingerido hasta el último sorbo del líquido caliente, correr hasta sentir que su cuerpo realizaba un gran esfuerzo. Pasadas un par de horas, la reacción sería espontánea, y lo que los médicos no querían que aconteciera sucedería a la velocidad de un parpadeo. El embrión saldría tranquilamente del vientre de aquella que nunca sería su madre.

   Dolores, con su desesperación nacida del miedo, siguió las indicaciones. Pasadas dos horas… ¡Nada! Buscó en su bajo vientre desconfiada, a la espera de noticias, y no vio ninguna señal. Reinaba la paz en su cuerpo. El embrión parecía estar en un tranquilo y profundo sueño, sin querer salir antes de lo previsto.

   Dios tiene una voluntad

   Con la mano en su vientre, unas pocas horas después del intento de aborto, María Dolores tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre, a pesar de que en ese momento no era consciente de su importancia.

   –Si la voluntad de Dios es que este niño nazca, que así sea.

   Las creencias y el instinto materno de Dolores hablaron más alto. Seguiría el designio de Dios y dejaría que aquel embrión llegara a término.

   La convicción que llevó a Dolores a aceptar al bebé que venía en camino era fuerte, tan fuerte como la realidad que la rodeaba.

   Por más horas que trabajase, ella no conseguía darle a sus hijos lo que necesitaban. Todo lo que ella quería era que estudiaran, pero la verdad es que el camino que pisaban les llevaría, más tarde o más temprano, a abandonar la escuela e ir a trabajar para ayudar a mantener a la familia.
   Paolo Sousa Costa. Fuente: www.religionenlibertad.com
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