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   Hoy no he hablado con mis hijos. El día ha bajado rápido, como un torrente que, castigado por las mil piedras de la rutina, se rompe en un caos de imprevistos. Cuando he querido darme cuenta, los niños ya dormían. Los niños ya dormían, y yo había llegado tarde, y ya sus ceños puros, distendidos, escondían la culpa de mi ausencia.

   Que haya pasado un día, y no haya hablado con ellos… Que no les haya regañado, que no se hayan burlado de mí, que no haya olido su frente, ni acariciado sus manos, esas manos suyas que crecen, que cada día son más grandes, más nudosas, más capaces y más inocentes también, porque las manos habitan la soledad de todas las cosas, y en esa soledad, en esos pasillos de lo inevitable, se van haciendo cada vez más limpias, más transparentes, aunque no quieran…

   Añoranza y propósito

   Mañana les llamaré antes de tiempo. Se sorprenderán, porque no se habían dado cuenta, no se habían fijado en mi involuntaria deserción pasajera. Da igual, papá, si yo estaba estudiando sociales, lengua, matemáticas… ¡Matemáticas! ¡Ay, quién pudiera estudiar matemáticas! ¡Qué bien huelen los lápices, qué bien sudan los bolígrafos, cuando uno estudia matemáticas! Pero qué tonterías dices, papá, hijo mío. Ya, ya, tonterías… Cuadernos magullados, calcetines a la cesta, mañana al autobús, música en la mochila: ¡mis niños, y no haberlos hoy abrazado!

   Hay eternidades que pasan, todas las eternidades pasan, corren al encuentro del océano. Pero hay algunas que nunca, nunca deberíamos dejarlas irse sin ofrecer al menos resistencia, trampa, beso, dulzura que rescatar.

   Por Agustín Cerezales. Con la autorización de: www.fluvium.org
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